¿Es tiempo de que la Universidad de Sonora tenga una rectora? La historia dice que sí 


Corre ya el año 2017, en el que la Junta Universitaria de la Universidad de Sonora deberá nombrar nuevo rector a más tardar el  16 de marzo. Hay 14 aspirantes debidamente registrados, mismos que, al cumplir con los requisitos básicos solicitados por el máximo órgano de gobierno de la institución, el 16 de diciembre pasado superaron, por decirlo de alguna manera, el primer filtro establecido en la Convocatoria.

 

Ahora viene lo difícil para la Junta Universitaria, pues al cumplir los 14 aspirantes con los requisitos, ¿en qué se basará para ir eliminando del listado a quienes tienen “menos méritos”, o qué evaluará para, como dice el Artículo 22 de su Reglamento Interno, “establecer un juicio de idoneidad académica entre el bien de la Universidad y las características de cada candidato”, para nombrar rector?

 

En otras palabras, ¿qué buscará la Junta en los aspirantes para darles su pase de candidatos, y después, a esos mismos que ya vio por todos lados no una, sino dos veces, volverlos a ver para escoger a uno, sólo uno, que dirija los destinos de la máxima casa de estudios de la entidad durante el periodo del 16 de junio de 2017 al 15 de junio de 2021? Duro trabajo el de este órgano de gobierno, no cabe duda.

 

Como no sabemos en qué basa sus decisiones la Junta Universitaria, podemos imaginar y aventurar algunos puntos sobre los aspectos que podrían pesar a la hora de la evaluación de los aspirantes. Insisto que nadie sabe, fuera del claustro del órgano de gobierno, qué es lo que se toma en cuenta y qué no; por tanto, lo que se diga en ésta y todas las columnas no oficiales queda en calidad de especulación. Bienintencionadas, desde luego, pero finalmente especulaciones.

 

Debemos convenir en que el bien de la Universidad ya no se fundamenta sólo en “la idoneidad académica” y las características de cada aspirante a la hora de nombrar rector. Esa línea del Reglamento Interno de la Junta Universitaria fue escrita hace casi 25 años, y de entonces a la fecha la alma mater ha cambiado diametralmente, y ha fortalecido no sólo sus funciones sustantivas (docencia, investigación y extensión de la cultura y los servicios), sino que ha incorporado como ejes prioritarios de su quehacer algunas funciones adjetivas que le dan un amplio sentido a la vida institucional, por lo que suscribirse estrictamente a la idoneidad académica es desechar o simplemente dejar de lado otras “idoneidades”, para utilizar el mismo término.

 

Así, del perfil de cada aspirante la Junta tendría que ponderar, además de su currículum vitae, sus logros personales y colectivos, su experiencia no sólo dentro de la Universidad y el impacto de su trabajo dentro y fuera de la institución, y revisar los entramados sociales que se han tejido entre la comunidad universitaria y la sociedad como producto de la labor de cada aspirante.

 

Igualmente, las opiniones que se deslicen en favor de los aspirantes en las auscultaciones son indudablemente un punto importante, pero no es el único factor que tendría que inclinar la balanza hacia alguno de ellos, pues habrá quienes tengan mayor capacidad de motivación y movilización de simpatizantes, y otros que no, y si surgiera ese desequilibrio se perderá la equidad que tanto se ha impulsado y fomentado en este proceso.

 

Está claro que la máxima casa de estudios no necesita a un superhéroe como nuevo rector: requiere un gestor permanente, un líder, una figura inspiradora, una persona sensible y culta que conozca y respete no sólo la historia de la Universidad, sino también a la comunidad universitaria y a la sociedad sonorense.

 

No necesita a un adorador de la sabermetría para saber dónde está situada la Universidad, sino un conocedor de lo que hace la casa de estudios, quiénes son sus principales usuarios locales y qué les aporta, para hacer los ajustes necesarios cuando sea necesario y tener un mayor impacto entre la ciudadanía y ofrecerle los mejores y mayores beneficios, sin recurrir al limbo numérico que determinan los rankings de organismos que miden parámetros tan subjetivos como transigentes. Es decir, necesita de alguien que proponga mecanismos para comparar objetivamente a la institución con la misma institución, con base en sus logros, frutos e impacto social, y cuyo principal referente y permanente evaluador sea la sociedad.

 

La Universidad de Sonora no necesita a un genio, sino a alguien que sepa mover las palancas del poder interno y externo para alcanzar las metas y ponerlas en práctica en beneficio de la ciudadanía, sin necesidad de que ésta lo pida, porque en el trabajo cotidiano de los universitarios está implícita la sociedad, esa masa sin voz ni rostro que espera de la institución las propuestas de solución de sus problemas más inmediatos.

 

No necesita a un dictador o a un iluminado, sino a alguien que sea conciliador, un mediador que privilegie el diálogo y mantenga una universidad de puertas abiertas; una persona que tenga una visión no sólo de las estructuras internas, sino también de los caminos que llegan desde el exterior a fortalecer el quehacer de los universitarios, que a su vez, en un círculo virtuoso, eleva el nivel de vida de la sociedad, porque allá van la Universidad y los egresados: a cultivar el presente para construir el futuro social que Sonora y los sonorenses merecemos.

 

Además, es importante que los candidatos hayan tenido esa distancia sana y crítica que le otorga haber laborado o colaborado en otros entornos: en la administración federal o en las estatales o municipales, en instituciones paralelas o en el terreno particular, porque acaso es lo único que podría validar los puntos IV y VI de la convocatoria emitida por la Junta Universitaria para el Proceso de Nombramiento de Rector de la Universidad de Sonora para el periodo 2017-2021: “Haberse distinguido relevantemente en su especialidad profesional y tener reconocidos méritos académicos, culturales o de investigación científica”, y “Gozar del reconocimiento general como persona honorable y prudente”, respectivamente, porque esa distinción y ese reconocimiento recibido fuera de la alma mater se otorga básicamente por el trabajo y esfuerzo diario, y es, finalmente, una distinción y un reconocimiento que también se le confiere a la Universidad de Sonora.

 

En sus más de siete décadas, la Universidad de Sonora ha tenido 15 rectores oficiales: Aurelio Esquivel Casas (1942-1944), Francisco Antonio Astiazarán Varela (1944-1946), Manuel Quiroz Martínez (1946-1953), Norberto Aguirre Palancares (1953-1956), Luis Encinas Johnson (1956-1961), Moisés Canale Rodríguez (1961-1967), Roberto Reynoso Dávila (1967-1968), Federico Sotelo Ortiz (1968-1973), Alfonso Castellanos Idiáquez (1973-1982), Manuel Rivera Zamudio (1982-1987), Manuel Balcázar Meza (1987-1989), Antonio Valencia Arvizu (1989-1993), Jorge Luis Ibarra Mendívil (1993-2001), Pedro Ortega Romero (2001-2009) y Heriberto Grijalva Monteverde (2009-2017).

 

¿Y las mujeres? La Rectoría, sustantivo femenino, nunca ha sido ocupada por una mujer en la Universidad de Sonora. ¿Por qué? Nadie sabe. Muchos pensamos que no es por misoginia, aunque en la historia reciente de los procesos de nombramiento de rector ha habido excelentes candidatas al cargo que se han quedado en el camino, mujeres que han esforzado tanto o más que sus equivalentes varones, de acuerdo a los parámetros vigentes.

 

Según datos recientes, más de la mitad de los estudiantes de la Universidad son mujeres, y al menos el 50% de los funcionarios de la actual administración son mujeres también. Dos de tres secretarios generales son mujeres, y dos de tres vicerrectores también son mujeres: con ello se comprueba que sí pueden desempeñarse como rectoras. Sólo falta que la Junta Universitaria lo decida.

 

En cierta forma, esto refrenda uno de los principales valores institucionales: la Equidad. Y al ser fruto de un valor universitario, este equilibrio no parece ser fruto de una negociación de cuotas de género, sino una realidad elemental: cuando se buscan capacidades y perfiles para ocupar un puesto, hombres y mujeres están en igualdad de circunstancias; sin embargo, en el presente proceso sólo dos de los 14 aspirantes son mujeres.

 

No creemos que en pleno siglo XXI la Junta Universitaria comulgue con la visión filosófica griega que sostuvo que la mujer era inferior al hombre por naturaleza, ni con la ley romana, que concedió a las mujeres un estatus social bajo, ni con el pensamiento de Platón y Aristóteles, que consideraban a las mujeres como seres humanos defectuosos e inferiores.

 

Por el contrario, la Junta está en su capacidad soberana de reconocer plenamente el trabajo cotidiano, la tenacidad, el esfuerzo y la visión de las mujeres universitarias. No hay que olvidar que las universitarias han sido protagonistas y piedra angular del pasado de la Universidad, del presente de la institución y del futuro prometedor de la máxima casa de estudios de Sonora, porque son la luz que ha señalado el curso de nuestra alma máter desde su nacimiento.

 

¿Cuál sería el aporte de una mujer en la Rectoría? El mismo que un varón puede ofrecer, además de todo aquello que ha adquirido en su transitar por los diversos peldaños de la vida en una sociedad y una cultura que hasta hace muy poco ha ido cambiando su visión sobre ellas, porque si bien nacer mujer no es una elección personal, esforzarse por ser siempre mejor sí lo es: y las dos aspirantes son prueba de ello; se han multiplicado en varias personas a la vez: madres, esposas, amas de casa y, además, cumplir con una jornada de trabajo. En otras palabras, han atendido las ocupaciones invisibles de toda mujer en casa y las obligaciones visibles de toda mujer en el trabajo. Ello, guste o no, fortalece el temple como persona sin endurecer el espíritu ni la sensibilidad.

 

La Universidad de Sonora se enfrenta a la magnífica oportunidad de crear nuevas realidades en su interior para ofrecerle a la sociedad una nueva manera de hacer las cosas y sentir los beneficios, pues, como dice la abogada y jurista italiana Lia Cigarini: la autoridad femenina no replica a la autoridad tradicional porque la diferencia femenina no se mide con la masculina, y añade que la práctica que crea autoridad simbólica de mujeres también crea nuevas realidades sociales. Y nuevas visiones y nuevas sensibilidades en el trato cotidiano, podríamos añadir.

 

Con todo, no es posible saber si una rectora tendrá un mejor desempeño que los rectores que han encabezado a la institución, así como tampoco es posible saber si cualquiera de los aspirantes varones puede convertirse en un buen rector. Pero en todo caso, la figura de autoridad femenina no debe medirse teniendo como referente a una figura masculina, sino a su propio género. Y ello podría abrir una brecha nueva en las relaciones internas y externas de la institución que dignifique la presencia de la mujer en todos los escenarios universitarios.

 

La Junta Universitaria sabe que la dignificación de la mujer no tiene que ver con porcentajes ni con números fríos, sino con el reconocimiento a los méritos, con el respeto al ser humano, con la solidaridad con los individuos, con el honrar las capacidades de la persona y de su contribución social no a un grupo sino a toda una comunidad que requiere de su presencia y su participación.

 

Y porque, como dice la Dra. Rosa María Ruiz-Murrieta: “Ser y hacer mujer es humanizar en compañía y con apoyo de los otros”. Así, una rectora en la Universidad de Sonora pondría en todos los escenarios esa humanización. Y no: esto no es una utopía.

Comentarios

Comenta ésta nota

Su correo no será publicado, son obligatorios los campos marcados con: *