Las cajas de Pandora



Conforme transcurre el tiempo, y se complica más y más la vida de las personas en las comunidades mexicanas, las presidencias municipales se han convertido en auténticas cajas de Pandora. Recipientes que guardan todos los males del mundo… al menos del nuestro. No importa su tamaño, la densidad poblacional, o la entidad federativa a la que pertenezcan los municipios, las alcaldías [en su gran mayoría] están resultando ser el Waterloo de los políticos -tanto varones como damas- que las ocupan. Tumbas para las futuras aspiraciones electorales que sin lugar a dudas todos y todas tienen. Paredones de un fusilamiento ejecutado por los ciudadanos [residentes, visitantes o incluso ausentes] que enjuician y condenan muchas veces con poco sustento, y a veces sin ninguno en lo absoluto. Pero la consigna populachera es ejecutar, con o sin razón, con arma corta o larga.

Las contiendas electorales en los municipios resultan ser siempre las más calientes, las más fragorosas y accidentadas, llegando en ocasiones incluso a la violencia física, verbal y de cualquier otro tipo, cosa entendible si consideramos que el municipio constituye el nivel de autoridad más cercano a la gente, a su vida diaria y a sus tribulaciones y problemas de naturaleza urbana, suburbana, psicológica, sociológica, económica, conyugal y lo que sea. Vuelvo a insistir: lo mismo da si son municipios grandes, medianos, o pequeños, todos tienen y mantienen en su interior los gérmenes de la trifulca urbana socializada, es decir la pedriza [o pedorriza, al gusto] ciudadana dura y constante que no cede, porque los ciudadanos sienten o suponen que no están obteniendo la satisfacción a sus problemas cotidianos, que son legión y que no admiten el mínimo lapso de espera.

Es más que evidente que, dentro de esta protesta consuetudinaria, se encuentra la mano agitadora de los partidos y grupos de oposición desplazados que viven de cazar los errores y deficiencias de los munícipes, y que un día sí y otro también atizan la hoguera del descontento popular, todo con el propósito de llevar agua a sus respectivos molinos político-electorales. No es la prosecución del bien común, es la consecución del beneficio político personal o del grupúsculo al que se pertenece. El ingrediente final, la cereza en la punta del pastel, es el hecho de que estos cazadores de oportunidades no necesitan esperar mucho para ver los resultados de su labor destructiva, porque cada tres años se renuevan las autoridades municipales, y tres años se van volando.

Aunque en todas partes se cuecen habas, por razones naturales las capitales de los estados son las piezas más codiciadas. Siendo ellas las sedes donde radican los poderes estatales, convirtiendo a los alcaldes en pequeños virreyes que, hagan lo que hagan y logren los éxitos que logren, no pueden escapar a la densa sombra que proyectan los gobernadores de las entidades que, como es natural, reclaman para sí y sus gobiernos la máxima atención y reconocimiento posible a su labor, dejando para los alcaldes un remanente que bien puede compararse con las sobras de un banquete.

Repito: Hablo de Guanajuato, de Nuevo León, de Veracruz, Chiapas, Sinaloa, y de cualquiera de las demás entidades federativas, y obviamente también hablo de Sonora, donde también hace aire, un aire que a veces se convierte en ventarrón. En el momento presente esa situación, que se puede entender como normal dentro de un sistema político como el que tenemos en México, se ve afectada en forma y medida extraordinaria por el hecho de que en Sonora tenemos por vez primera en su historia un gobernante de género femenino, lo cual añade un ingrediente extra al peso ya de por sí descomunal que los gobiernos estatales imponen sobre las presidencias municipales de cualquiera de las ciudades capital, dentro de las cuales se cuenta Hermosillo, of course.

La gobernadora Claudia Pavlovich y el alcalde Manuel Ignacio Acosta -a quien se le conoce popularmente como “El Maloro” en recuerdo de su abuelo paterno- son un par de políticos contemporáneos, muy jóvenes ambos, que militan en el mismo partido político y que además son, hasta donde yo sé, grandes amigos, lo cual no deja de ser un elemento de gran importancia y significancia dentro de un ambiente político usualmente hostil y enrarecido, donde las rivalidades y las fobias son el denominador común en las relaciones entre los niveles de gobierno y de los funcionarios que en ellos se desenvuelven, con mayor o menor fortuna y eficiencia.

No hay ninguna duda respecto a la buena voluntad que existe entre ambos. Se ve, se siente, se palpa, se respira en el ambiente. Se ha demostrado y comprobado en innumerables momentos y ocasiones a lo largo del tiempo que ambos llevan gobernando, a partir de su llegada en septiembre de 2015. Sin embargo, y a pesar de su amistad, empatía y militancia política, sus estilos de gobernar son muy diferentes, y tal vez hasta contrastantes, diría yo. Simplemente a partir de la forma como Claudia y “El Maloro” se acercan a la gente es posible empezar a diferenciarlos. El fuerte de ambos es el acercamiento, ni duda cabe, y mientras más cercano el contacto, mejor. Pero ahí terminan las semejanzas. Para “El Maloro” es parte de su naturaleza y tal vez por su estatura física, o por ese carisma natural que posee, cuando se acerca a la gente despierta una suerte de ternura, de afecto instintivo. De lejos, es otra cosa.

Ningún presidente municipal, repito: ninguno, en ninguna parte del país, tiene actualmente la capacidad de  resolver en forma expedita y a la medida de los deseos de cada uno de los gobernados, los problemas, necesidades y situaciones que les aquejan. Es imposible, y al mismo tiempo entendible: para cada uno de ellos SU problema es el más importante, el más urgente y el que no puede aguardar el turno de ser resuelto. En cada avenida, en cada callejón, recodo y cañada están las bombas de tiempo, esperando que se consuma la mecha para estallarle en la cara a las autoridades en turno. Por lo menos en Hermosillo ningún alcalde, desde hace infinidad de años, ha conseguido salir bien librado de sus tres años de administración. A los ojos de la mayoría de los ciudadanos poco o nada de lo que hacen está bien, y aunado a lo anterior lo que no hacen o dejan de hacer es motivo de una crucifixión semejante a la que sufrió el Nazareno en el Gólgota.

De todo lo dicho con anterioridad surge automática la pregunta: ¿por qué entonces ese empeño, casi obsesión, de tantos aspirantes a las presidencias municipales por resultar electos? A sabiendas del tormento y de la ejecución pública que les espera [si es que obtienen el voto de los futuros verdugos] resulta inconcebible que insistan en postularse, y eventualmente en elegirse por las buenas, o por las malas, o como sea. No puede ser por amor al servicio de los demás, porque en política eso resulta una vil patraña, y si es por el dinero o los negocios que sabemos se hacen al amparo del poder, pero que ahora con las nuevas leyes anticorrupción, las fiscalías con dientes y todo eso, son cada vez más celosamente vigilados, menos aún se comprende. Si no hay vocación real, y la ambición/corrupción desmedida se paga tan cara hoy en día, entonces ¿qué los mueve a ellos, qué las mueve a ellas?

Yo no tengo la respuesta a esta gran interrogante. Ojalá la tuviera para poder compartirla con los dos o tres lectores que me quedan, pero por desgracia no la tengo. Tal vez usted, que posee más inteligencia y agudeza que quien esto escribe, pueda arrojar luz sobre el particular. Se vale compartir. Como sea, siendo este 2017 un año pre electoral en el que se van a definir las candidaturas que estarán en disputa en 2018, los mexicanos tendremos la oportunidad de comprobar las formas como se manejan, y los fondos que ocultan todos y cada uno de los aspirantes a los diferentes puestos de elección, desde la Presidencia de la República hasta el más modesto y humilde de los municipios. Si es cierto que en la variedad está el gusto, habrá una amplia colección de sujetos y sujetas, porque ahora con las recientes leyes de paridad de género, habrá un 50% de sujetos y un 50% de sujetas, así que agarren piedras, como solía decir el siempre bien recordado Moisés “El Cuervito” Zamora.

“El Maloro” va sobre el segundo año de los tres que le corresponden, y me parece que las perspectivas no son tan claras como él quisiera. En mi modesta opinión ha hecho un buen trabajo, mucho mejor que el que hicieron sus dos antecesores, para no ir muy lejos. Pero no hay suficiente reconocimiento a sus esfuerzos. La carga es demasiado pesada y las realidades de una ciudad tan complicada como lo es Hermosillo tienden a inclinar la balanza hacia el lado negativo. Y además, el golpeo desatado por los partidos y grupos opositores, e inclusive por algunos de sus propios correligionarios, ha sido feroz. No obstante, todavía le queda tiempo, aunque no demasiado.

Igualmente Claudia transita por el segundo año de los seis que le corresponden. Pero a diferencia de su amigo y compañero “Maloro”, a quien a lo sumo le queda un año y medio para enderezar algo de lo mucho que está torcido en esta ingobernable ciudad, a ella le quedan cuatro años para componer cualquier descarrilamiento que pueda ocurrir en el dificultoso trayecto estatal. Y esa diferencia en los tiempos de gobierno establece en el futuro cercano de ambos una gran, definitiva y evidente diferencia, valga la redundancia. Al tiempo.

Agradeceré su comentario a continuación, o envíelo a oscar.romo@casadelasideas.com

En Twitter soy @ChapoRomo

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