Semana Santa, en palabras



Hoy es el primer día de la Semana Santa de 2017. Algunos suelen llamar también “Semana Mayor” a la Semana Santa, no sé exactamente por qué motivo. Yo, que me considero más un tradicionalista que un revolucionario, prefiero seguirle llamando Semana Santa a estos días, porque además, si usted se fija, la Semana Santa tiene solamente seis días, ya que empieza hoy lunes y termina a la media noche del sábado próximo. El siguiente domingo se festeja la Resurrección del Señor, el misterio más importante para el mundo católico y los que profesamos esta Fe. Así pues, desde el punto de vista de que la Semana Santa en realidad solo tiene seis días ¿por qué entonces llamarle “semana mayor”? En todo caso mejor sería llamarle “semana menor” ¿no le parece a usted? Bueno, dicho sea lo anterior con una pizca de buen humor, es cosa de cada quien, y del ánimo en que ande.

Ayer, Domingo de Ramos, día en que los católicos festejamos la entrada triunfal de Jesús a Jerusalem, para luego iniciar la ruta dolorosa hacia la cruz que le aguardaba en el Gólgota, concluyó el tiempo de la cuaresma. Es importante hacer notar que cuando Jesús entra a Jerusalem cabalgando sobre un humilde borrico, recibiendo palmas y entre los vítores de los judíos, ÉL sabía perfectamente bien lo que le aguardaba más adelante, aunque nadie más lo supiera. Partiendo de aquí, podemos considerar que el drama eterno de su pasión se inicia en el momento en que cruza los portales de Jerusalem, considerada “La Ciudad Santa” por la cristiandad. El saber en lo más íntimo de su ser que iba a morir, a pesar de que en ese momento era recibido por su pueblo como El Salvador, debe haber sido profundamente doloroso y desgarrador. Pero lo que dicen las Escrituras debía cumplirse… y se cumplió.

Cada año, desde más de dos mil años, los cristianos repetimos incesantemente los rituales involucrados en la cuaresma, y su remate, la Semana Santa, con la pasión, muerte y resurrección de el Dios-Hombre que vino para traernos la salvación, lavando los pecados de la humanidad con su sangre derramada en la cruz. Las llamadas “Siete Palabras”, que en realidad fueron las siete últimas frases que Jesús pronunció mientras agonizaba en la cruz, todas y cada una de ellas -desde la primera hasta la ultima- sirven y han servido para generar homilías muy hermosas, y reflexiones de gran profundidad. Siete frases impregnadas del dolor de aquel hombre que, siendo Dios, estaba pagando con su cuerpo y su sangre las culpas de los hombres de todos los tiempos pasados y por venir.

Pero hay una frase que Jesús pronuncia en un momento previo a su pasión y muerte, que tiene para mí un especial significado. Me refiero al momento en que Jesús dice: “Padre mío, si puedes, aparta de mis labios este cáliz amargo”. Me cala hasta los huesos, porque en ella se refleja la profunda humanidad de Jesús. Sabiendo a qué había venido al mundo, y habiendo aceptado un destino irrenunciable, aún así le pide al Padre Eterno que le evite el sufrimiento, y le evite la tristeza, la soledad, el abandono y el doloroso desprendimiento -el “cáliz amargo”- que le aguardaba. Más humano, imposible.

Vienen los días de los otros rituales: la bendición de los santos óleos, el lavatorio de los pies, las visitas a los siete templos, el rezo de los 33 credos -uno por cada año que Jesús vivió-, el rosario de pésame a la Virgen y las demás tradiciones, algunas de las cuales lamentablemente han caído en desuso. Y el viernes vuelve a repetirse la tragedia más grande de todos los tiempos: el juicio, la pasión y la crucifixión a muerte de aquel que vino para salvarnos, y no fuimos capaces de aceptarlo, a pesar de que ofreció su sangre para lavar las culpas de una humanidad que sigue sin entender, y que sigue sin caer de rodillas, arrepentida por tanto pecado y tanta atrocidad.

Este próximo viernes volveremos a escuchar aquellas siete palabras/frases que Jesús pronunció mientras moría clavado en la cruz. Y como en cada una de ellas se revela la inmensidad del drama, la inmensidad del dolor, y la inmensidad del significado de aquella crucifixión, considero oportuno repasarlas, con profundo respeto y con el ánimo de encontrar su sentido íntimo, y la inmensa riqueza espiritual que contienen.

1.- “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” [Lc.23,34]

Jesús nos perdona desde la cruz. Porque no sabemos lo que hacemos, o porque aún conociendo las consecuencias de lo que hacemos, lo hacemos de todas maneras. Jesús nos perdona, por su vida y en el nombre de Su Padre. En estos tiempos de ira infinita, de ríos de sangre inocente derramada, de violencia, genocidios y muerte, el perdón que Jesús consiguió para toda la humanidad en todos los tiempos, resulta el único bálsamo curativo para la maldad incurable de los seres humanos.

2.- “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso” [Lc.23, 42-43]

Jesús muere crucificado entre dos ladrones… Simbolismos… ¿Ironía? ¿Burla? ¿Escarnio?

Dimas “El Buen Ladrón” símbolo de la conversión, de la penitencia y el arrepentimiento. Gestas, símbolo de la rebeldía y la desesperación. El premio por el arrepentimiento sincero y oportuno, y el castigo por la no aceptación, y por el no reconocimiento.

3.- “Mujer, he ahí a tu hijo. Hijo, he ahí a tu madre” [Jo.19-26-28]

El hijo que se desprende de su madre en el momento de la muerte, último y supremo desprendimiento humano, cuando el corazón se desgarra. La generosa entrega de su propia madre a su amado discípulo Juan, para que se cuiden y protejan mutuamente en los duros tiempos por venir. Una hermosa página de amor y generoso desprendimiento.

4.- “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has desamparado? [Mt.27,46]

Dolorosa y muy humana expresión de abandono y soledad… La soledad del ser humano consumido por el pecado. La soledad que se experimenta ante el dolor físico. La soledad de Jesús ante el abandono afectivo de los suyos, que han huido, que lo han negado, y que lo siguen a distancia.

5.- “Tengo sed” [Jo.19,28]

Cristo tiene sed. Su cuerpo pide agua. El Dios Hijo sufriendo a causa de su humanidad, y clamando por un poco de agua para calmar su sed, ante la tremenda pérdida de sangre, luego de horas de permanecer clavado en una cruz, en lo alto de un cerro. Nuevamente la soledad… el abandono. En vez de agua, una esponja empapada de vinagre. El simbolismo otra vez.

6.- “Todo se ha consumado” [Jo.19,30]

Finalmente se han cumplido las profecías. El contenido de las Escrituras ha sido satisfecho. El plan del Padre se ha cumplido. La obra del Hijo se ha cumplido. La tarea del Espíritu Santo, comienza.

7.- “Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu” [Lc.23,46]

Diciendo lo anterior, Jesús expiró. Volver al Padre, y volver a integrarse a la Santísima Trinidad, misterio inescrutable y supremo de todos los tiempos. “Padre” es la primera palabra que Jesús pronuncia al llegar al mundo [Heb.10,7] y la última que pronuncia al abandonarlo. “Y de ahí ha de venir para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin”, decimos en nuestra repetida confesión de fe. Vivamos cada día como si fuera el último, es la mejor recomendación posible.

Finalmente, le ofrezco a usted el hermoso soneto que sintetiza el sentimiento que debe privar en nosotros, en estos días y siempre:

“No me mueve mi Dios para quererte

El cielo que me tienes prometido;

Ni me mueve el infierno tan temido

Para dejar por eso de ofenderte.

 

Tu me mueves, Señor; muéveme el verte

Clavado en la cruz y escarnecido;

Muéveme el ver tu cuerpo tan herido;

Muévanme tus afrentas y tu muerte.

 

Muéveme al fin tu amor, y en tal manera

Que aunque no hubiera cielo, yo te amara

Y aunque no hubiera infierno, te temiera.

 

No me tienes que dar porque te quiera;

Pues aunque lo que espero no esperara,

Lo mismo que te quiero, te quisiera.

Agradeceré su comentario a continuación, o envíelo a oscar.romo@casadelasideas.com

En Twitter soy @ChapoRomo

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