Coincidencias y circunstancias


El día 31 de mayo cumplió seis años de vida “CasadelasIdeas”TV, y precisamente el día de hoy cumple siete años de vida este portal de Internet “Casa de las Ideas”. Y en medio de estas dos fechas, que para quien esto escribe tienen tanta trascendencia e importancia, se ubica la celebración del Día de la Libertad de Expresión y del Periodista. Para algunos será simplemente una coincidencia y nada más, pero para mí es un augurio muy significativo, tratándose de los dos proyectos que enmarcan el tramo final de mi vida como persona, y como comunicador. En estos dos ámbitos de comunicación se respira a bocanadas plenas la libertad de expresión, una de las libertades más significativas por cuanto atañe a la noble tarea de servir como enlace entre el comunicador y los recipientes de lo que el comunicador desea comunicar.

Cuando se rompe o se afecta dicho enlace, en particular en los casos en que desde cualquier instancia de poder -público o privado- se aplica cualquier tipo de presión, coerción, amenaza o chantaje en contra de quien ejerce el oficio de comunicador, llámese articulista, reportero, columnista, locutor, conductor o cualquier otra clase de actividad periodística, se incurre en la violación del libre derecho de expresión, del cual se deriva lo que comúnmente se conoce como “Libertad de Expresión”. Esta libertad forma parte de las diez libertades individuales que ha costado ríos de sangre, torrentes de sudor y mares de lágrimas instaurar entre los derechos humanos que son universales e inalienables.

Mucho se ha dicho y mucho más se habrá de decir en los tiempos por venir acerca de la libertad de expresión, principalmente por el hecho de que uno de los principales problemas que los seres humanos enfrentan en estas épocas es la creciente dificultad de comunicarse, lo cual constituye una tremenda paradoja en estos tiempos de alta tecnología y de artilugios casi mágicos que rompen las barreras del tiempo y la distancia, convirtiendo las horas en segundos y los kilómetros en milímetros. A pesar del asombroso desarrollo de la tecnología y del incesante surgimiento de equipos que hace cinco o diez años ni siquiera se soñaban, los hombres encuentran cada vez más difícil y complicado comunicarse con sus semejantes, y más difícil aún entenderse con ellos. Pareciera que sobre la humanidad hubiera caído una terrible maldición: Hablamos pero no nos entendemos y nos comunicamos pero cada vez comprendemos menos. Es como si el planeta Tierra se hubiera transformado en una gigantesca Torre de Babel.

¿Somos nosotros los que controlamos a esos maravillosos aparatos ultra modernos, o son ellos los que poco a poco nos controlan a nosotros? ¿Está destinada la raza humana a ser esclava de las cada vez más complejas y sofisticadas creaciones generadas por su propia inventiva? Parecería un tema apropiado para una de esas películas futuristas de ciencia de ficción, llena de efectos creados por computadora donde se conjugan la robótica avanzada con la inteligencia artificial.

Pero volviendo al presente, el problema sigue siendo la libertad de expresión, y las amenazas que penden sobre ella. Es un hecho irrefutable que las empresas de comunicación -consorcios y cadenas de radio, televisión y periódicos- son negocios, y mientras más grandes los consorcios y las cadenas, más grandes y lucrativos son los negocios que hacen. Dichos consorcios y cadenas son entes amorales, es decir, no tienen moral alguna, para los cuales el único valor que existe es el beneficio económico, y sobre todo, el ejercicio del poder que trae consigo el control de la información. Los comunicadores y periodistas que en ellos trabajan no son otra cosa que peones dentro del tablero de ajedrez en que se ha convertido la cada vez más complicada y comprometida comunicación moderna. Abejas industriosas que proveen el polen para fabricar la miel. O soldados cuya labor es proteger la colmena.

Quien piense que siendo parte de alguna de esas mega empresas puede seguir aspirando a la independencia de criterio, y a gozar de una completa libertad de expresión, está definitivamente mal de la cabeza, o vive en un mundo de fantasía. Las empresas fijan los márgenes de la libertad de expresión, controlando sus alcances y decidiendo qué se dice y qué no se dice ante cámaras y micrófonos, y qué se publica y qué no en las revistas y periódicos que aún subsisten así sea en forma precaria, e incluso en los portales de Internet que son víctimas del mismo mal.

Los adalides y superhombres del periodismo y la comunicación supuestamente libres e independientes viven en un escenario de fantasía creado por ellos mismos para venderlo al público que se trague la píldora. Los caballeros andantes de bruñida armadura que a lomos de una cabalgadura y espada en ristre acometen contra los monstruos que oprimen y subyugan a los pueblos, son tan falsos como los ídolos que tienen los pies de barro, y la lengua de longaniza. El autoengaño también actúa como elemento fundamental en la fórmula de una ficción que se generaliza cada día más y más, y la censura -la más terrible guillotina que cercena el cuello de la verdad- reina en un mundo de ciegos donde el tuerto es rey.

Lo más terrible en este escenario es que la masa humana no está consciente de lo anterior, o cuando mucho y si acaso tiene una muy leve idea de lo que es en la actualidad ese mundo de tinieblas en que se ha convertido el periodismo, una de las profesiones más hermosas y heroicas que ha habido en tiempos que nunca han de volver.

Es conveniente aclarar que desde cierto punto de vista no existe el periodismo libre e independiente que algunos pregonan. Todos los periodistas, sin excepción, tenemos un interés que nos mueve. Una filia, una fobia, una preferencia, una idea fija, una pasión, un agravio o alguna cuenta por cobrar. Y desde luego, está el dinero maldito que nada vale, pero que todo lo mueve y corrompe. Confío en que al menos en una parte importante de mis compañeros periodistas quede todavía una rastro importante de solvencia ética y de integridad profesional, lo suficiente al menos para reconocer que todo, o buena parte de lo que he dicho, tiene un fondo de verdad.

De otra manera, y si a pesar del incesante cúmulo de testimonios y evidencias que se nos ofrecen cada día, decidimos seguir escondiendo la cabeza en los desérticos arenales del mundo actual, y si de plano hemos perdido ya el último vestigio de honradez e integridad profesional, podemos afirmar entonces con toda seguridad que todo está perdido, y que no hay salvación para la palabra -sea hablada o escrita- como instrumento para resolver el abismo de soledad e incomprensión en que viven los seres humanos en la actualidad.

Agradeceré su comentario a continuación, o envíelo a oscar.romo@casadelasideas.com

En Twitter soy @ChapoRomo

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