La impunidad



En cualquier diccionario que usted consulte encontrará que la definición unánime del término “impunidad” es la ausencia de castigo. Así, lisa y llanamente, sin adornos ni elucubraciones o discusiones estériles. Y hoy en día en todo México y muy en especial en Sonora, todo el mundo habla de la impunidad y se queja de ella, y la utiliza como una maza con púas para golpear al gobierno en cualquiera de sus tres niveles, y dentro de ellos a los legisladores, jueces, magistrados, ministros, fiscales, procuradores, ministerios públicos, agentes de las corporaciones policíacas, y así hasta llegar incluso al más humilde recolector de basura. Porque de entrada, y sin importar que lo sean o no, todos en mayor o menor grado son señalados con índice de fuego como presuntos corruptos, y por ende son beneficiarios automáticos de la santa cobija de la impunidad.

Motivos para semejante juicio sumario desde luego que hay, y de sobra, pero hay que marcar los límites y establecer como premisa fundamental aquel viejo refrán popular que previene: “ni tanto que queme al santo, ni tan poco que no lo alumbre”. Dicho de otra manera: “calma y nos amanecemos”, o bien, “calmado el venado”. O sea que para poder hablar de la impunidad con propiedad y derecho pleno, primero hay que tener la mente, la boca, las manos, el entresijo y la conciencia limpios. Dicho lo anterior, y parodiando al Maestro Jesús cuando interviene en defensa de aquella mujer acusada de adulterio y sentenciada a morir lapidada por la turba sedienta de castigo: “Aquel que esté libre de culpa, que arroje la primera piedra”. Obviamente nadie la arrojó, y en cambio se retiraron del lugar avergonzados y con la cabeza baja.

No cabe duda de que la Biblia contiene pasajes aplicables a toda situación de vida, sea la que sea. Y este episodio bíblico de los lapidadores de la adúltera nos viene como anillo al dedo en lo que respecta a nuestra interpretación de lo que es la impunidad. Porque resulta que para la sociedad -entendida como un conjunto abigarrado de ciudadanos de todos pelos, colores, edades, y formas de pensar- la impunidad únicamente es aplicable a aquellos delincuentes que han cometido actos de corrupción o crímenes de diversa índole y gravedad, y que gracias a diversas estrategias (tráfico de influencias, concertaciones políticas, tratos en lo oscurito, fueros constitucionales, boquetes jurídicos, etcétera) logran evadir el castigo que les corresponde. Eso, desde luego, es impunidad, y resulta inadmisible y objetable bajo cualquier criterio o punto de vista.

Pero muy rara vez, por no decir nunca, es aplicable a nosotros en lo que corresponde a nuestros actos y conductas en el día a día de nuestras existencias individuales. Dentro de la vida comunitaria la impunidad es un fenómeno tremendamente destructivo que se ha extendido tanto que afecta incluso hasta las acciones más insignificantes de los ciudadanos. ¿Por qué cree usted que el creciente desorden urbano que se percibe en las ciudades y poblados ha crecido tanto, llegando a los límites intolerables e incontenibles que ha llegado, si no es porque todos y cada uno de nosotros sabemos perfectamente que no seremos sancionados, hayamos incurrido en la transgresión que sea, hayamos violado la ley o reglamento que sea, o nos hayamos pasado por el arco del triunfo la totalidad del catálogo de las reglas de conducta establecidas, y que regulan las relaciones entre la autoridad y el ciudadano, y entre un ciudadano y otro ciudadano?

De ahí, y por esa razón es que todos los días vemos cómo las personas se estacionan en lugares prohibidos, dejan sus automóviles en doble fila o en las banquetas obstruyendo el paso de los peatonas, circulan a altas velocidades por las angostas y abarrotadas calles poniendo en peligro la vida de los transeúntes, arrojan la basura donde les da la gana, desperdician el agua regando las banquetas aunque saben que está prohibido, utilizan los lugares reservados para los minusválidos, obstaculizan las entradas a las cocheras privadas, construyen donde y como les da la gana, golpean a los cónyuges y a los hijos, agreden al prójimo, maltratan a los animales, hacen volar los insultos y las mentadas de un auto a otro, no respetan a los adultos mayores ni a los que tienen algún impedimento físico, realizan ruidosas bacanales hasta altas horas de la madrugada, fuman en lugares donde no está permitido, compran y consumen drogas abierta o subrepticiamente, se roban las cosas de los vecinos, y toda la inmensa variedad de grandes y pequeñas cosas que ocurren en nuestras contaminadas aldeas, que poco a poco se tornan inhabitables.

Es la impunidad, estúpido, dirán con agresividad algunos lectores, solo para estar a la moda. Y sí, pero no. Es la impunidad, desde luego y sin duda, pero no es tanto cuestión de estupidez cuanto de una irresponsabilidad y un importamadrismo que resultan criminalmente dañinos para el ambiente de armonía y convivencia comunitaria que cada día se nos enrarece y deteriora más y más, perjudicando en forma irreparable nuestra menguante calidad de vida.

Todos nos quejamos del absoluto desorden que prevalece, todos rezongamos y protestamos por la insufrible situación, pero nadie mueve un dedo para ponerle un hasta aquí. Ni las autoridades, que hacen como que hacen, ni nosotros, que ni siquiera disimulamos. Y por consiguiente, el mal se esparce por todos los rincones de las ciudades y poblados como un cáncer que se desencapsula y termina por invadir todos los órganos del cuerpo.

Se entiende, y se acepta sin dificultad como una verdad de a kilo, que la impunidad genera corrupción, o cuando menos la fertiliza y la fomenta. Es obvio que los delincuentes, sean de cuello blanco o de cuello prieto, cometen sus fechorías por la muy alta probabilidad de no ser castigados, convencidos de que podrán gozar de impunidad, ya sea por los medios usuales de gestión ya mencionados, o bien por la inaudita porosidad que existe en los códigos penales, por un lado, y por otro en los manuales de derechos humanos que perecen haber sido diseñados más para defender a los malandros que a los ciudadanos decentes. El entramado punitivo, a pesar de su complejidad y la constante adición de nuevas leyes y sanciones, sigue teniendo resquicios y huecos que permiten y favorecen que el delincuente no sea castigado, o salga en libertad con asombrosa facilidad. De esta incomprensible situación surge la noción ampliamente extendida de que delinquir reditúa porque no habrá penalización, o si la hay, esta será sumamente leve. La impunidad es ausencia de castigo.

Y todos somos usufructuarios de ella. En nuestra vida privada, y en nuestra vida pública. Aquí, ahí, allá y acullá. En todas partes y en todo momento el respeto que le debemos a la autoridad, y el que nos debemos unos a otros se ha ido por el caño del drenaje, y desde hace ya mucho tiempo reina entre nosotros y dentro de nuestros lugares de residencia la abominable ley de la selva, ante la impotencia de las autoridades que no saben, no pueden o no quieren poner remedio a esta perniciosa situación. Y ante este patético y descorazonador escenario, las comunidades apáticas que creen que los problemas se van a resolver solos, sin la participación de los ciudadanos.

En los tiempos que corren, la matriz que genera la gran mayoría de los problemas que padecemos es la pérdida del respeto a la autoridad, y esta surge de las entrañas mismas de la familia. En el pasado las familias eran muy numerosas -ocho, diez y más hijos, más papá y mamá- y todo funcionaba a la perfección porque la autoridad de padre y madre era indiscutible, y se respetaba. Derivado de ello se respetaba también la autoridad de los que gobernaban. La sociedad era más sana y vivía con orden y en armonía. Y paradójicamente hoy que la familia promedio es de tan solo cuatro o cinco miembros, mantener el orden y la armonía familiar resulta casi imposible.

Y es que con los cambios radicales que han sufrido los valores y las costumbres, y con el advenimiento de una nociva y muy sui-generis “democracia familiar” mediante la cual los hijos discuten y cuestionan las órdenes y directrices que les dan sus padres, el tradicional principio de autoridad y el respeto indispensable han ido mermando paulatinamente hasta casi desaparecer por completo. Esta situación se traslada a las escuelas y centros de trabajo y, por consiguiente penetra en todos los espacios de la vida urbana cotidiana, en nuestras actividades normales y en nuestras relaciones comunitarias, en las que el respeto a la autoridad, y a la ley y al orden, prácticamente han desaparecido también.

¿Resultados? Una anarquía creciente. El desorden. El caos urbano. El derrumbe de la sociedad pacífica, armónica y ordenada. El desprecio por el derecho ajeno. El “primero yo y los demás que se jodan”. El crecimiento del egoísmo y la insensibilidad. El reto constante a la autoridad familiar de padre y madre, a la de los maestros y los gobernantes, cuya responsabilidad fundamental -que por lógica se ha convertido en su gran fracaso- es proveer de paz, seguridad y orden a la sociedad, incluso antes de la prioridad de proporcionar a los ciudadanos servicios de calidad y a precio justo, todo lo cual repercute en la lamentable calidad de vida que tenemos hoy en día.

De manera que antes de ponernos a despotricar, quejándonos de las incuestionables fallas y los evidentes errores del sistema judicial en general, y del deficiente comportamiento de los fiscales, procuradores, jueces, magistrados y ministros, agentes de las policías municipaes y judiciales estatales y federales y elementos de la marina y el ejército, veamos primero la enorme tranca de palofierro que llevamos clavada en nuestros propios ojos. Para poder juzgar a los demás, primero debemos juzgarnos a nosotros mismos… con severidad y sin andarnos por las ramas con disculpas, explicaciones y paliativos: La impunidad existe porque nos conviene; y por eso hemos permitido que sus flores malignas crezcan, florezcan y fructifiquen.

Agradeceré su comentario a continuación, o envíelo a oscar.romo@casadelasideas.com

En Twitter soy @ChapoRomo

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