Mirando hacia atrás



“Muévete y el mundo se moverá contigo, no te muevas y el mundo se moverá sin ti”

En los casi treinta y cuatro años que llevo escribiendo, debo haber publicado miles de artículos. A lo largo de esos años me he acabado varias máquinas de escribir, primero, y después una docena de teclados de computadora, como mínimo. Puedo asegurar a usted que, como se dice, no he dejado tema sin tocar. Desde luego la política ha sido el tema predominante, encontrándonos como nos encontramos desde hace décadas inmersos, empapados, sumergidos y a punto de ahogarnos en un mundo donde la política propone y decide todo, lo ordena y desordena todo, lo coloca y lo descoloca, lo pone y lo quita, nos guste o no nos guste. El periodismo de denuncia ha sido mi estilo desde el primer día, y dicen por ahí que soy un radical, un inconforme, un cascarrabias y un frustrado de pies a cabeza. Desde luego, usted es el mejor juez.

Yo me auto califico simplemente como un ave de tempestades que -desplumadas y lo que usted guste y mande- aún tiene las alas lo suficientemente fuertes para seguir volando. Y con eso tengo bastante.

Miles de artículos y centenares de miles de palabras tratando de expresar… ¿qué? Tratando de exponer lo que pienso y siento… ¿para qué? ¿Por qué y para quién? Más del 40% de mi ya larga vida lanzando mi voz al viento, gritando tan fuerte como he podido a los cuatro puntos cardinales, y no he logrado que se mueva ni una sola hoja del árbol más pinchurriento. Si a eso se refieren los que pretenden insultarme llamándome “frustrado”, y estrictamente bajo ese punto de vista, se puede considerar que efectivamente, soy un frustrado y un fracaso. Es duro enfrentar una realidad de ese tamaño y de ese peso, después de haber albergado tatos sueños e ilusiones y de haber aceptado el reto supremo de intentar cambiar el mundo a empujones, a base de ideas y palabras, con un optimismo que realmente nunca tuvo justificación plena.

Pero mi mundo no siempre ha estado dentro del periodismo y la comunicación. En mis tiempos de estudiante de arquitectura, primero en el Tec de Monterrey entre 1956 y 1959, y luego en la UNAM donde concluí mis estudios profesionales, siempre supe que en mí no habitaba ningún titán de la arquitectura, tipo Frank Lloyd Wright, Alvar Aalto, Richard Neutra, Mies Van der Rohe, Walter Gropius o algún otro genio por el estilo. Que no tenía la capacidad ni el don de la creatividad suficientes para dejar una huella indeleble en el campo de la arquitectura. Y no me amargué por ello, ni mucho menos me pegué un tiro en la cabeza. Simplemente decidí seguir adelante haciendo las cosas lo mejor que sabía, lo mejor que podía.

En aquellos lejanos años la biblia de los estudiantes de arquitectura era aquella estupenda novela de Ayn Rand llamada “El Manantial” (The Fountainhead). Ayn Rand es el seudónimo adoptado por Alisa Zinóvievna Rosembaum, de origen ruso y emigrada a Estados Unidos, donde escribió su libro más famoso “Atlas Shrugged” que aún provoca polémicas. La lectura y relectura de “El Manantial” era cosa obligada entre quienes estudiábamos arquitectura a mediados del siglo pasado. El gran problema estriba en que en ese libro el personaje central es Howard Roark -un genio monumental y un personaje inconformista y rebelde tamaño familiar- e inevitablemente llegaba el momento en que tenías que enfrentarte a la realidad, profundamente dolorosa, de que los genios en arquitectura o en cualquier campo, se cuentan con los dedos de ambas manos.

Nunca supe por qué tomé la decisión de estudiar arquitectura. En aquella época había que seleccionar la carrera al salir de la secundaria, de manera que uno tenía que tomar una determinación de tanta trascendencia a una edad en la que no se está preparado para ello. Eso es definitivo: A los 16 años uno trae la mente en muchas cosas, y no se tiene la madurez mínima necesaria para tomar una decisión de tanta trascendencia. Pero había que hacerlo, y lo hice. Además, dicho sea en mi descargo, la carrera de arquitectura tenía un ‘glamour’ especial que ninguna otra carrera tenía. Un arquitecto de entonces era un personaje importante, culto, hasta cierto punto sofisticado, amante de las artes y su comportamiento reflejaba una formación académica en la que se mezclaban en partes iguales el humanismo y las artes con la técnica.

Mis primeros años en la práctica de la arquitectura fueron en México, D.F. donde estaban los principales despachos de arquitectura de aquella época: Augusto H. Álvarez, Pedro Ramírez Vázquez, “El Pelón” de la Mora, Mario Pani, etcétera, eran los que en aquellos días partían el queso, y trabajar como “chambero” con cualquiera de ellos era como obtener un posgrado gratuito, pero al mismo tiempo recibiendo una paga, así fuera reducida, pero… ¿qué más podía pedirse?

Diez años viví en el D.F. (1961-71) y de ellos ocho fueron ya ‘matrimoniado’ con la que hoy es mi esposa. Nuestros dos primeros hijos nacieron allá y, haciendo un recuento retrospectivo puedo decir que fueron buenos años, muy formativos profesionalmente, pero sobre todo como pareja. Allá, en medio de aquella enorme cuidad, rodeados por algo así como ocho millones de personas sin rostro ni identidad, solos y atenidos a nuestros propios recursos, aprendimos que para ser feliz no se necesita gran cosa, y que la independencia es un tesoro que vale la pena buscar con denuedo, y defender a brazo partido.

Pero un día se presentó la oportunidad de regresar a nuestra tierra con una buena oferta de trabajo, y nos vinimos, yo lleno de esperanzas y mi esposa con lágrimas en los ojos porque ella no quería regresarse. Sin embargo, bajo mi argumento de que allá nunca podría yo ser un arquitecto independiente, y de que más vale ser cabeza de ratón que cola de león, empacamos nuestros tilichis y agarramos carretera rumbo al norte.

Han pasado 46 años de nuestro regreso, y ahora mi mujer y yo somos un par de viejos dedicados a cuidarnos el uno al otro, a disfrutar de la amistad y el compañerismo que queda después de una vida compartida y de un amor plenamente disfrutado durante los casi 54 años que llevamos de matrimonio, y a querer tanto como nos es posible a nuestros tres hijos y tres nueras, y a los siete nietos que son nuestra adoración, y que despuntan como seres hermosos y altamente prometedores, que van caminando con paso firme rumbo a su propio destino… y pensar que hay quien me califica de frustrado. JaJa.

En el camino de mi vida, un día venturoso se me presentó la oportunidad de colaborar en El Imparcial, que durante muchos años fuera el periódico más influyente de esta capital y uno de los más importantes en el estado. Ahí estuve escribiendo durante la friolera de 25 años, hasta que los cambios en materia de línea editorial y de principios y valores periodísticos de ese periódico sufrieron una variación tan grande que resultó imposible para mí continuar colaborando ahí. Fue bueno mientras duró, y cuando llegó el momento de presentarle mi renuncia al director general lo hice sin vacilaciones y sin arrepentimientos. Adiós, san-se-acabó y vámonos con la música a otra parte. Son los ciclos de la vida.

Como comunicador tuve un programa en Telemax durante dos años y medio, entre 2004 y 2007, y actualmente tengo otro programa de televisión  en Megacanal de Megacable que ya cumplió los seis años de transmisiones y ahí sigo, rodeado de un grupo selecto de amigos que me acompañan en las tareas de conducción y análisis. También fui colaborador durante diez años del periódico diocesano “En Marcha”, cuando lo dirigía mi inolvidable amigo, el padre Teodoro Pino. He gozado y he sufrido los avatares de esta profesión cruel a veces, injusta con frecuencia, y apasionante siempre. Ese es otro mundo que sigo explorando y que me ofrece todos los días retos e interrogantes. Voy que vuelo rumbo a los 80 años y sigo en la pelea, me siento todavía fuerte y me divierte cuando algún troll me llama anciano decrépito, viejo bombo, chapo corrupto y otras linduras… JaJaJa, me río y tomo esas cosas con humor, convencido de cuando los perros ladran es señal de que alguien anda haciendo ruido en el traspatio.

En 2009, siendo alcalde de Hermosillo Ernesto Gándara Camou, y director del Instituto Municipal de Cultura y Arte mi buen amigo Alberto Nevárez Grijalva, tuve la satisfacción y el honor de que me publicaran el libro “A Contracorriente. 25 años desde la trinchera”, con una selección de artículos con temática diversa, un impecable trabajo de selección realizado por Imanol Caneyada. Dicho libro fue presentado por la Sociedad Sonorense de Historia, y los presentadores fueron José Rómulo Félix e Ignacio Lagarda, ante un auditorio repleto de amigos que acudieron a acompañarme en aquella noche memorable que jamás olvidaré.

Como puede usted comprobar, no es mucho lo que llevo en mi ajada maleta de viaje, pero para mí es el bagaje de mi vida, y es más que suficiente… mas lo que se acumule, por supuesto, porque siempre he dicho que el día que me vaya saldré de este mundo como los viejos cowboys del oeste: con las botas puestas y los pies por delante.

Parafraseando al inmortal Amado Nervo, he sido el arquitecto de mi propio destino, y por ello puedo decir con gratitud infinita, con serenidad en mi mente y paz en el corazón: “Amé, fui amado, el sol acarició mi faz… Vida nada te debo, vida estamos en paz”.

Agradeceré su comentario a continuación, o envíelo a oscar.romo@casadelasideas.com

En Twitter soy @ChapoRomo

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