Parábola del pueblo oprimido



Dedicado a los pueblos de Venezuela y México, y a todos los pueblos del mundo que en una u otra forma, en una u otra medida, sufren bajo la opresión y la tiranía.

 

“En los campos de la República Dominicana crece una hierba que los campesinos llaman “junquillo”. Tiene media docena de hojas alargadas. Por debajo de la tierra se van extendiendo sus raíces en todas direcciones, de tal manera que, cuando se arranca una planta, a los pocos días nace otra al lado. Es imposible eliminarla.

Un día vi echar una capa de asfalto en el patio de una casa para acabar con todo el junquillo. Pero, unos días después, unas hojas pequeñas empezaron a sacar sus cabezas verdes a través del asfalto negro.

¿Cómo unas hojas tan frágiles pueden atravesar un asfalto tan duro? ¿Cómo se incuba en el misterio de la tierra esta vida tan fuerte?

Cuando nos insertamos entre los hombres oprimidos por estructuras duras como el asfalto, no solo encontramos la muerte, sino también una sed de vida, de resistencia, de organización, de solidaridad, que la opresión no ha podido eliminar.

Caminamos hacia el encuentro de los oprimidos, e inseparablemente caminamos, con los mismos pasos, hacia el encuentro con un Dios oprimido bajo el asfalto. Un Dios que crea inagotablemente vida y libertad en el secreto de esta tierra fecunda, hasta que llegue la hora y brote la justicia”.

ooOoo

El texto anterior corresponde a la “Parábola del pueblo oprimido” tomada del libro “Bajar al encuentro con Dios” escrito por Benjamín González Buelta, S.J. y publicado por Editorial Sal Terrae en 1988.

Lo reproduzco porque me parece perfectamente aplicable a la situación que está viviendo en estos momentos el pueblo venezolano bajo la tiranía de Nicolás Maduro, y el que hemos vivido en México en forma intermitente desde hace largo tiempo bajo la benevolente tiranía de nuestro sistema. Una vez más se pone a prueba la capacidad de resistencia de la gente, su instinto de supervivencia y el espíritu inmortal de los pueblos de latinoamérica. Parece una parábola escrita especialmente para describirnos a los venezolanos y a los mexicanos y la forma como, sometidos una y otra vez a los más grandes abusos y medidas opresoras a lo largo de los tiempos de la historia, no ha sido posible doblegarnos ni eliminarnos y, como el junquillo de la parábola, siempre sobrevivimos y brotamos de nuevo desde el interior de esta tierra que es nuestra, sin importar lo dura y gruesa que sea la capa de injusticias que se nos eche encima.

La actual dictadura de Venezuela, igual que en el pasado lo han hecho tantas otras en tantos otros países, sigue empeñado en su tarea destructiva… y su pueblo, terco, indomable e irreductible, como el junquillo dominicano, se empeña en vivir, en no morir, en sacar la cabeza de debajo del asfalto de la iniquidad, el salvajismo y la injusticia. La sangre empapa el suelo venezolano, y el espíritu de lucha no decae.

Dentro de tres meses cumpliré 80 años, de manera que puedo decir que he vivido lo suficiente como para afirmar que he sido testigo de muchos episodios en la vida nacional, y también en el extranjero, y de infinidad de situaciones buenas, malas y peores, que han puesto a prueba el aguante y la reciedumbre de los seres humanos que sufren y pagan con sangre y dolor sus ansias de libertad.

Tiempos hubo en que, ocupado y preocupado por labrarme un futuro para mí y mi familia, poca o nula atención prestaba a las cosas que ocurrían en mi país y fuera de él. Fueron años de lucha intensa y a brazo partido, que me permitieron abrirme paso en la vida hasta lograr una modesta estabilidad económica. Y fueron indudablemente los años que me prepararon para lo que, sin siquiera sospecharlo, vendría más tarde.

Y entonces empecé a abrir los ojos a lo que estaba sucediendo en mi derredor. Poco a poco me fui dando cuenta de que había algo más, mucho más, que el simple ganarse la vida y acumular bienes materiales. Que si bien a mi me estaba yendo más o menos bien, había muchos otros hermanos a los que la injusticia, la marginación, la inequidad y los abusos del gobierno y de la propia sociedad los estaba sentenciando de por vida.

Y salí un día a combatir contra mis propios molinos de viento, sin Rocinante ni Sancho Panza, al lado de una Dulcinea que ha sido mi escudo, mi fortaleza e inspiración a lo largo de la vida, y con una pluma en lugar de lanza. Una pluma que más adelante, una vez que le hube perdido el miedo a la tecnología moderna, habría de convertirse en un teclado de computadora.

A partir de la década de los 70 del siglo pasado empezó a gestarse la situación que habría de convertirse en la nueva forma de vida de los mexicanos. Gustavo Díaz Ordaz fue el último presidente que ofreció a los mexicanos crecimiento, prosperidad y hasta cierta abundancia. Fue también, y así lo consigna la historia, un individuo sin un ápice de carisma y terriblemente represivo. En su sexenio se dieron los hechos de Tlatelolco.    Y su peor pecado, el error que lo marca y define a pesar de las cosas buenas que hizo en su gobierno, es el haber impuesto como su sucesor al demente Luís Echeverría Álvarez, a quien el lector seguramente recuerda. Y de ahí pa’l real, como dicen los rancheros.

Empecé a escribir y a publicar mis escritos en forma constante, lo cual me obligó a mantenerme al tanto de los sucesos nacionales y locales. Fui testigo y víctima de los desastrosos sexenios de José López Portillo y Miguel de la Madrid. Viví y sufrí la serie pactos económicos con los que supuestamente se corregirían los tremendos líos financieros del país. Me tocó vivir aquellas épocas aciagas de los controles de cambio, de la nacionalización de la banca y el nacimiento del Fobaproa que aún pende como guillotina sobre nuestro cuello, aunque ya ni importancia le demos y lo tomemos como una espinilla que nos hubiera salido en la nariz.

Todos conocemos lo que está sucediendo en Venezuela desde hace buen rato. Hemos visto con espanto las escenas de sangre y de barbarie. Si acá los mexicanos sufrimos por los dislates del gobierno y por la desintegración de la sociedad, allá en Venezuela están peor, aunque la maravillosa voluntad de su pueblo se mantiene y fortalece. Cada pueblo debe cargar con su propia cruz.

Sí, en México desde hace por lo menos 40 años los gobiernos han hecho todo lo posible por hundirnos como pueblo. No diré que esa haya sido su intención, pero es lo que hemos obtenido como resultado de sus fallidas estrategias populistas y populacheras. Bajo diferentes enunciados, los gobiernos federales, estatales y municipales nos han prometido todo y nos han cumplido poco, casi nada. A medida que se han sofisticado los mecanismos de comunicación y creación de imagen institucional, ha sido más complicado detectar la realidad entre tanta hojarasca mediática comprada, rentada o regalada.

Y hemos doblado las manos aceptando que, un sexenio sí y otro también, nos den atole con el dedo y gato por liebre. Es una fórmula si usted quiere poco digna de sobrellevar las cosas, pero al menos impide que cometamos suicidio colectivo por impotencia. Desde luego, tiene poco que ver con el ejemplo de junquillo dominicano, cuya moraleja es de rebeldía, de terquedad, de dignidad pura. Pero como sea funciona… para un pueblo que en general no aspira a más, y se ha resignado a comer tortillas duras remojadas en agua, siendo su destino el sentarse a la mesa de los grandes banquetes ante deliciosas viandas.

De pronto, se hizo patente que el control y el poder sobre vidas y fortunas había cambiado de manos, y pasado de las de los omnipotentes presidentes a los omnipresentes partidos políticos y, dentro de ellos, a las camarillas de astutos chupasangre a los que, como sucede con las cucarachas, resulta casi imposible exterminar. Y en esas hemos estado y estamos.

¿Cómo aceptar que los que tienen la responsabilidad superior de velar por nuestro bienestar propongan que para “ayudarnos” a soportar la crisis tengamos que pagar más impuestos y desembolsar más dinero por alimentos y servicios? Me parece estar escuchando de nuevo lo que se nos dijo mil veces en el pasado: “Son medidas dolorosas, pero necesarias”… una frase lapidaria que equivale a echar sal y limón sobre la herida abierta en el pecho del pueblo mexicano.

Y por otro lado, nada se dice de eliminar el subsidio público a los partidos que anda en el orden de los miles de millones de pesos anualmente, o desaparecer el INE que ha demostrado en las últimas elecciones ser un espantapájaros inútil y costosísimo, e inclusive la eliminación de las diputaciones plurinominales federales y estatales cuya existencia constituye un anacronismo injustificable y, por consiguiente, representa un gasto inadmisible en cualquier circunstancia, máxime en tiempos de crisis como los que estamos viviendo.

Pero nada de esto se menciona, ni en baja ni en alta voz. No es posible tocar lo que ha sido diseñado para ser intocable. Cualquier cosa, menos afectar a la casta política dorada que es, en realidad, la dueña absoluta de este país y del destino de sus ciudadanos.

Lo que suceda finalmente en Venezuela y el destino que le aguarde al asesino Nicolás Maduro y al pueblo venezolano que está pagando con sangre sus ansias de libertad, está por verse. Y lo que suceda en México en las próximas elecciones presidenciales de 2018 también está por verse, pero sea lo que sea y ocurra lo que ocurra en Venezuela, no tengo la menor duda de que su pueblo finalmente logrará liberarse del yugo bolivariano, y en nuestro caso en particular, probablemente viviremos una nueva experiencia que nos empujará un poco más abajo y un poco más atrás, en el perverso empeño de mantenernos a dieta a base de mentiras y falacias, y sujetos por el pescuezo con una trahilla como perros domésticos, de esos que ladran mucho y fuerte, pero no muerden.

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En Twitter soy @ChapoRomo

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