Hermosillo… siempre Hermosillo





Como un remanso tranquilo, como un breve momento de reposo dentro del dolor y la tristeza que nos causan las tragedias, y el tráfago incesante las crisis, las campañas electorales y en general las preocupaciones de la vida cotidiana, le ofrezco a usted estas remembranzas de la ciudad que me tocó vivir, cuando Hermosillo era joven… y yo también.

Me piden que escriba algo sobre el Hermosillo de ayer, sobre el Hermosillo que llevo tatuado en el corazón e impregnado en mis huesos que han envejecido silenciosa e irremediablemente. Me complace sobremanera que sean principalmente los hermosillenses jóvenes quienes me hagan la petición, porque demuestra que tienen interés en saber cómo era el Hermosillo que yo, y los integrantes de mi generación, vivimos en aquellos años dorados comprendidos entre finales de los ‘40s y finales de los ‘60s, y no solo eso, lo que desde luego es importante, sino también porque significa que sienten curiosidad por conocer aspectos que no están en los libros, en las crónicas y las guías de turismo. Situaciones de vida diaria, de actividades comunes y sencillas que desarrollábamos en aquella ciudad que empezaba a crecer, hasta convertirse en el tremendo dilema que es en la actualidad.

Cuando yo muera quiero -ha de llegarme el día- quiero llevarme impresa en los ojos la belleza sin par de sus atardeceres, en el olfato el dulce aroma de azahares que alguna vez llegó a resultar realmente embriagador, y en el alma el recuerdo de la alegría y la sencillez de su gente, lo mejor que Hermosillo siempre ha tenido. Quiero llevar conmigo todos los recuerdos que el Supremo Hacedor me permita, entre los cuales ocupan un lugar preponderante los años dorados de mi juventud, cada vez más lejana y por tanto más preciosa. Esos años fueron los de las décadas de 1950 y 1960. Veinte años durante los cuales Hermosillo pasó de pueblo grande a ciudad moderna. Fueron así mismo quizá los últimos de paz, tranquilidad y convivencia armónica.

Una importante característica del Hermosillo de entonces era su limpieza. Nuestra ciudad llegó a ser considerada por un largo período de tiempo la ciudad más limpia de México. Empezaban a pavimentarse muchas de sus viejas calles, callejuelas y callejones, pero quedaban aún muchas calles de terracería que, al ser regadas todas las tardes por las pipas del Ayuntamiento, despedían un rico olor a tierra mojada.

Otra característica era la hospitalidad que se ofrecía a los visitantes, y la forma sana en que los hermosillenses vivían su vida en aquellos años. La alegría era el sello, y siento que aún hoy que tanto han cambiado las cosas, el hermosillense -nativo o adoptivo- sigue siendo gente alegre, despreocupada y sencilla… pero solo hasta cierto punto. Antes no existía ese condicionante “hasta cierto punto”.

Al iniciar la década de los ‘50s yo iba camino hacia mis quince años -¡imagine usted nada más!- Al borde de lo que llaman ‘la flor de la vida’, mis preferencias eran la música y el baile. Mi papá -hombre de box que no obstante fue un gran bailarín, aunque usted lo dude- me enseñó la forma clásica de bailar, deslizándose por la pista haciendo que los hombros se mantuvieran siempre a la misma altura, en una perfecta línea horizontal. “Se baila con los pies y las piernas -me decía- y ahí está el secreto del buen bailarín”. Luego se empezó a poner de moda el contoneo y toda esa gama de contorsiones que algunos llaman baile, pero que de acuerdo con los cánones clásicos no lo es.

Los carnavales fueron durante muchos años un evento esperado con ansia por los hermosillenses. Fueron la fiesta de las fiestas en nuestra ciudad, y aún después de tantos años de haber desaparecido, muchos viejos hermosillenses suspiramos con nostalgia al recordarlos. Así como Guaymas tenía sus Fiestas de la Pesca y Nogales su Fiestas de Mayo, Hermosillo tuvo sus carnavales… ¡Y qué carnavales, amigo lector! Días de bullicio, bailes, mascaritas y encapuchados por las calles, paseos de carros alegóricos y toda clase de eventos que culminaban con la quema del “malhumor” y el baile de coronación de la reina. Si mal no recuerdo la reina del último carnaval fue Puppy Cubillas, hoy de Larrínaga, quien se impuso en una cerrada votación a Isela Vega, que luego se convertiría en estrella de cine.

Nuestra generación -y las de un poco antes y después- se reunían en clubes sociales, a veces de puros hombres, a veces de puras chicas, y los había también mixtos. No importaba la forma, lo que importaba era organizarse para compartir momentos de alegría y sana diversión. La vida transcurría en orden y con armonía casi absoluta, en forma realmente simple y obedeciendo las reglas de decencia y moralidad establecidas por los antepasados. El que las transgredía estaba “kaputt”.

Los primeros clubes sociales de que tengo noticia son el “Club de las Ondinas” y el “Club de la Costura”, obviamente ambos de puras señoritas. El de los muchachos fue el “Club Marino”. Estos clubes existieron en la década de los 30 del siglo XX. Tiempo después y más o menos en forma cronológica de aparición llegaron el “Club Tribilín”, el “Blue Moon”, el de mi grupo el “Glú-Glú”, el “Jaeac”, el “Jacaranda”, el “Skokiaan”, el “Aqua”, el “Imperial”, el “Amper”. Hubo algunos otros que lamento no recordar porque yo ya me había ido a estudiar fuera y solo venía a mi casa en vacaciones.

A mi generación en el Tec de Monterrey (1956-1961) le tocó organizar las primeras Convenciones de Estudiantes que tenían un formato completamente diferente a las de hoy. Eran Convenciones más cortas y menos aparatosas. La primera de ellas fue, desde luego, aquí en Hermosillo. En esos años la AESMAC se componía exclusivamente de estudiantes del Tec de Monterrey.

En aquella época hice mis pininos en el periodismo, dirigiendo el Boletín de la AESMAC (que circulaba únicamente entre estudiantes sonorenses del Tec). Escribía ahí una columna que llamé “Sopa de Víbora” bajo el seudónimo de ‘Míster O’di Oso’, y ya desde entonces empecé a ganarme mis primeros enemigos por las bromas que en ese espacio les jugaba a mis compañeros de generación estudiantil… botana pura… ¡Qué tiempos aquellos!

El Casino de Hermosillo era nuestro cuartel del baile. La vieja Muralla fue testigo de infinidad de noches y tardes de alegría y amistad compartida. Competíamos con nuestras habilidades en la danza y puedo recordar algunos de los buenos bailarines de entonces, como Arturo Pelayo, Mario Haro, etc. Y varias de las parejas más sensacionales de entonces: Alberto Torres-Myriam Caire (Cha Cha Cha), Manuel Agraz-Marcelle Caire y Tombo Búrquez-Lourdes Sotelo (Mambo) y otras que lamento tener que omitir por limitaciones de espacio.

En ese recinto se fraguaron centenares de noviazgos que luego se convirtieron en matrimonios entre parejas que hoy son abuelos y bisabuelos. Los bailes Blanco y Negro, que se celebraban en el Palacio de Gobierno, fueron sin duda el evento social más relevante y esperado. Año con año se traía una orquesta famosa de México para que alternara con la de Manuelito García que ante el reto se esmeraba, superando muchas veces a la de su famoso rival. La de Manuelito García fue siempre ‘nuestra’ orquesta. Domingo a domingo en las tardeadas de La Muralla, baile tras baile de los clubes sociales. Antes de que la calaca nos lleve, los que sobrevivimos de aquellos tiempos inolvidables deberíamos hacerle un homenaje al director de orquesta Manuel García Rivera, nuestro amigo y fiel compañero en mil y una noches de diversión.

Aparte de los bailes formales y las tardeadas dominicales, había lugares en que se solía bailar cualquier día de la semana, como por ejemplo el Casino Aliancista (ubicado donde hoy se encuentra el Instituto Sonorense de Cultura), el salón Cuahutémoc -el inolvidable Cua-Cua-, el ‘Copacabana’ que se localizaba en la calle Serdán frente a los billares XXX de don Ángel Ramos, el salón chico del Country Club, y desde luego las fiestecitas caseras informales, que abundaban. Los tocadiscos y las rockolas eran los aparatos favoritos que utilizábamos para bailar, y primero los discos de 78 r.p.m., y luego los de 45 y 33 r.p.m. fueron los encargados de traernos las últimas grabaciones de las orquestas y cantantes de la época.

Las tiendas más conocidas en que se vendían discos en esos tiempos fueron ‘La Casa Oloño’ (costado Norte del Mercado Municipal) y la ‘Mueblería América’ (frente a lo que hoy es Woolworth), luego vinieron otros negocios de música como el de los hermanos Juventino y Rafael Montoya, y poco a poco se fueron generalizando más y más este tipo de comercios.

Podría seguir y seguir, pero usted sabe que el espacio, al igual que el aguante del lector, son finitos y por ello debo concluir, esperando haber despertado en su memoria -si usted es un hermosillense “de aquellos”- algunos viejos ecos que quizá estaban adormecidos por ahí en cualquier rincón de su memoria.

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En Twitter soy @ChapoRomo

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