Los juegos y los juguetes



Por ahí he escuchado decir que, en el caso de los niños, lo importante es el juego y no el juguete. Entiendo que eso significa que el juguete es lo de menos, y que lo que se debe buscar es que niños y niñas se acostumbren desde pequeños a utilizar la cabeza, el ingenio, la innata creatividad con que vienen dotados, desde el momento en que son fabricados (según las viejas leyendas de las abuelas) en las fábricas de Paris, y transportados luego a todas partes del mundo en alas de las cigüeñas, esos pajarracos maravillosos que parecen haber sido acaparados por FedEx y UPS, mediante contrato de exclusividad sin limite de tiempo.
Durante algún tiempo estuve convencido de que eso era lo correcto, ante la inundación de cachivaches diseñados para jugar, que por un lado resultan carísimos, y por otro lado incomprensibles para un “betabel” como su servidor y amigo. Pero poco a poco he ido aceptando (aún sin comprenderlo del todo) que los juguetes electrónicos modernos, artefactos estrafalarios cuyo uso y funcionamiento parece estar reservado exclusivamente para los egresados del MIT, también tienen lo suyo y cumplen con determinados propósitos que no se perciben a simple vista.

Desde que mis hijos estaban pequeños empecé a tener las primeras evidencias de lo que vendría más adelante, con el correr de los años. El primer juego “electrónico” que les compramos mi esposa y yo fue aquel rudimentario “Telepong” (1972) que no era otra cosa que un juego de ping-pong en blanco y negro, y que realmente fue una vacilada comparado con lo que vino más tarde. Luego llegó el Oddisey (1974) que pronto fue superado por el Atari 2600 (1977) y el Atari 5200 (1982), líderes ambos de la 2ª generación que fueron un poco más sofisticados y se mantuvieron en boga por un tiempo.

Posteriormente surgió el Nintendo (1985) consola líder de la 3ª generación y el Nintendo Sega Genesis (1988) consolas de 16 bits líderes de la 4ª generación que ya incluyeron los mandos con múltiples controles. Y en cascada se dejaron venir posteriormente los aparatos y los juegos que se antojan casi mágicos por su complejidad y variedad: El Sony Playstation (1995) que fue la primera consola en utilizar CDs, líder de la 5ª generación. El Nintendo 64 (1996) que utilizaba cartuchos.

Llegan el Sony Playstation 2 (2000), el Xbox de Microsoft (2001) y el Nintendo Game Cube (2001) que fueron consolas de la 6ª generación. Sony dominaba en cuanto a gráficas, Xbox en cuanto a variedad juegos y Game Cube en precio. El Nintendo Wii (2006) primera consola en utilizar el mando inalámbrico sensible al movimiento y la postura del usuario. Xbox 360 (2006) incorporó el concepto de “todo en uno”: Juego en línea, navegación Internet y consola, capaz de reproducir también películas dvd. El Playstation 3 (2006) incorporó importantes mejoras en gráficas y el uso ya de la tecnología de alta definición bluray, capaz de reproducir indistintamente películas dvd y bluray. Hoy están en boga el Playstation 4 y el Xbox One. Y seguramente aún hay y habrá más, mucho más, siendo imposible pronosticar hasta dónde llegará la tecnología de los juegos electrónicos digitales modernos… ¿Al holograma o realidad virtual, quizá?

Por su parte la Barbie, el GI Joe, los transformers, los autos a control remoto, las trimotos y cuatrimotos, la infinidad de juguetes que funcionan a base de baterías, y la ilimitada variedad de juegos para computadora definen las diferentes épocas y marcan el rumbo que lleva la gigantesca industria mundial del juguete.

No puedo menos que rememorar y comparar estos artefactos tan sofisticados con los que tanto yo como los demás chamacos de mi generación nos divertíamos: Los soldaditos de plomo, las churumbelas, los carritos de lámina, los trompos, los baleros, las catotas (canicas, para los que no dominen el dialecto sonorense), los “tirabichis”, los kaleidoscopios triangulares hechos con cartón y pedazos de vidrio de color triturado, las muñequitas de trapo, los ‘yeks’, los trastecitos de cocina de hojalata, las muñecas de pasta que abrían y cerraban los ojos al recostarlas y levantarlas… juguetes sencillos con los que había que jugar inventando el juego y dejando volar la imaginación. Hermosos juegos, algunos de los cuales incluían, además, cánticos llenos de inocencia como “a la víbora, víbora de la mar”, “naranja dulce, limón partido”, “doña Blanca” y muchos otros que reflejan con claridad lo que eran y cómo eran los niños de aquellas épocas.

Y, desde luego, no es posible olvidar o pasar por alto los juegos que jugábamos en las plazas y en las viejas calles de tierra que abundaban en la ciudad. “Las tentadas” y “Las encantadas”, “El esconde-la-cuarta”, “El Ronchiflón”, “La patada del bote”, “El pan y queso”, “La ombliga” y “La burrita”, “Los hoyitos”, “La bebeleche”, “El salto de la cuerda”, “El carro”, “El chapete”, “La engorda-la-cochi” y “Las escondidas”… juegos de compañerismo e inocencia, y de armar amistades que nunca se habrían de borrar. Juegos de una infancia compartida que exigía compañía y que, desde cierto punto de vista, ha sido sustituida por un creciente aislamiento, la soledad y el individualismo.

Subsisten las pelotas y balones para todos los deportes, los guantes de béisbol, las raquetas, los zapatos deportivos y demás, aunque realmente son otro tipo de artículos muy diferentes de lo que es un juguete, y además tienen otras finalidades. Inclusive ni el deporte se ha podido mantener al margen de la tecnología, y así los “spikes” de béisbol, los “tacos” de fútbol y los tenis de basketbol hoy son otra cosa completamente diferente… y por supuesto cuestan casi un ojo de la cara, y la mitas del otro.

La cuestión es ¿fueron los juguetes y los juegos de otras épocas -digamos como la de mis años de infancia- mejores que los de hoy, en cuanto a los efectos que generaban y generan? Pregunta apta quizá sólo para los sociólogos y psicólogos expertos en estos temas.

Los juegos y los juguetes de mis tiempos tenían características muy importantes: Estimulaban la imaginación y la creatividad, fomentaban la interrelación personal, generaban la camaradería y el sentimiento de pertenencia a un grupo (que no es lo mismo que pertenecer a una pandilla). Así se formaban “bolitas” como la de “la placita 16 de Septiembre”, la del “Nuevo Retiro”, las de “Las Pilas” y “La Matanza”, la de “La placita Pesqueira”, la de “La Cohetera”, la del “Triangulito del Centenario” y así sucesivamente, una bolita por cada rincón o barrio de la ciudad.

Entre esas “bolitas” pocas veces había conflictos, porque su finalidad no era proteger ningún territorio o agredir a otro grupo, sino que simplemente se trataba de integración, de identificación y de sentido de pertenencia. Ese mismo sentimiento, o algo parecido, fue lo que dio lugar a los clubes sociales que proliferaron y que fueron el vehículo ideal para crear vínculos tan fuertes que aún subsisten hasta la fecha entre los y las integrantes de clubes desaparecidos pero jamás olvidados, como por ejemplo el “Blue Moon”, el “Glú-Glú”, el “Jacaranda”, el “Skokiaan”, el “Aqua”, el “Imperial”, el “Marino”, el “Amper” y algunos otros que de momento escapan a mi memoria.

Todo eso cambió, y esas formas de agrupamiento desaparecieron, así como también han prácticamente desaparecido -al menos en nuestra región- los clubes de servicio como “Leones”, “Rotarios”, “20-30”, “Kiwanis” y otros por el estilo. No creo que haya sido solamente a consecuencia del crecimiento de la ciudad y la llegada incesante de nuevos residentes, aunque, desde luego, hay que reconocer que son factores que modificaron paulatinamente la estructura social de la ciudad, y sus tendencias complicándola y llevándola hacia a otro tipo de organizaciones.

Hoy los modelos de asociación se han transformado, convirtiéndose en pandillas, clikas, bandas y grupos que muestran su agresividad de diferentes maneras, unos en forma violenta, otros en forma de pintas con figuras y mensajes ocultos y otros, en fin, uniéndose para manifestarse en contra del “establishment” o de cualquier tipo y nivel de autoridad. La sociedad –nuestra sociedad- se mantiene a la expectativa, e intenta hacer como si no pasara nada, como si esos grupos o pandillas pertenecieran a una especie de entes extraterrestres y no a la especie humana.

¿Cuáles fueron los juegos y los juguetes que conocieron de niños los jóvenes y adolescentes que integran este tipo de asociaciones subsociales resentidas? ¿Los juguetes de desecho de los niños más afortunados, o menos desgraciados? ¿Los botes viejos de conservas con los cuales fabricar baleros, las pelotas de trapo y los guantes de lona hechos en casa? ¿Las muñecas de rostros descascarados y vestiditos deshilachados que fueron arrojadas a los botes de basura? ¿O quizá las navajas de resorte, los picahielos, los cuchillos y puñales y las limas afiladas como navajas de rasurar?

Cuando nosotros -los de mi generación- nos juntábamos en las esquinas del barrio era para competir al balero o jugar a la “engorda-la-cochi”, a platicar sobre los últimos episodios de la vieja serie “La Calaveras del Terror”, o sobre lo ocurrido en la última función de box en la “Arena Sonora”, o el último juego de béisbol en el estadio “Fernando M. Ortíz”. Al juntarse hoy en día en las esquinas de los nuevos barrios y fraccionamientos ¿de qué hablan nuestros jóvenes, muchos de ellos casi niños? ¿Del próximo golpe, el siguiente asalto o la siguiente obra maestra del graffiti?

¿Qué tanto de lo malo que hoy acontece y nos envuelve como una cobija espesa y hedionda se empezó a gestar en la más tierna infancia de esos jóvenes delincuentes que ya son, desde su primera juventud, carne de presidio o materia prima para algún cartel de la droga? ¿Dónde se localiza la fábrica de la violencia y la contaminación social?

Si su respuesta fue que es en la familia donde se siembran las semillas de la cosecha -dulce o amarga- que vendrá después, me parece que es correcta. No puede ser de otra forma ni en algún otro lugar, y aunque algunos sostienen que gran parte del mal se trae en los genes, hay otros que afirman que se adquiere por asociación, por imitación.

Es indudable que los niños de hoy en día tienen habilidades y capacidades muy interesantes, en campos que para nosotros, en nuestra época de infancia, eran inimaginables. Es aventurado afirmar que los niños de hoy sean superiores a los niños de otras épocas. De hecho, me parece que es imposible hacer una comparación que sea justa, porque ni los tiempos ni las circunstancias son comparables. Simplemente digamos que son niños diferentes, con gustos diferentes, inclinaciones diferentes y destinos diferentes. La tecnología y la ciencia del futuro los esperan, y en ellas están los retos que deberán enfrentar, y eventualmente vencer.

Como sea, es muy posible, y quizá hasta altamente probable que el tipo de juegos que hoy juegan nuestras criaturas tengan mucho que ver con sus futuras personalidades, con su desenvolvimiento intelectual, psicológico y moral, y con sus inclinaciones y formas de relacionarse como seres humanos con los demás seres humanos. El planeta Tierra se ha vuelto una diminuta esfera para ellos, y todo lo tienen al alcance de un click en el joystick, en el mando remoto de las Smart TVs o los teclados inalámbricos de las súper poderosas PCs.

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