La música: mi primer gran amor



Hoy no tengo ganas de escribir sobre política electoral, sobre la tenaza con que la crisis económica nos tiene apretado el buche, sobre las casi siempre desafortunadas declaraciones de los políticos y aprendices de políticos, sobre el cerco de violencia que nos rodea por doquier, o sobre los riesgos de las futuras administraciones que nos traiga la inestable alternancia sonorense. No tengo el menor deseo de escribir sobre muros fronterizos y demás dislates del autócrata que (des)gobierna del otro lado, o de las desgracias, infortunios, pobrezas, atentados terroristas y demás cosas tristes, por mucho que formen parte indivisible e inevitable de nuestra realidad cotidiana actual.

No deseo agobiar a mis escasos lectores con estos temas que ofenden, irritan, mortifican y soliviantan el ánimo. Hoy amanecí con ganas de escribir sobre música, uno de mis “hobbies” favoritos, como bien saben mis amigos y la gente que me conoce. Si escuchar música es para mí un deleite incomparable, compartir con el lector mis experiencias musicales y el limitado conocimiento que poseo sobre el tema, me resulta doblemente deleitoso.

Mi afición por la música se remonta al arranque de la década de los años cincuenta del siglo pasado. Empezaba mis estudios de secundaria en la antigua escuela que se encontraba dentro de la Universidad de Sonora, en el edificio que posteriormente ocupó -ignoro si aún lo sigue ocupando- la Escuela de Altos Estudios. La vieja y querida escuela secundaria de mis amores.

Años maravillosos, llenos de experiencias, expectativas y hallazgos hasta entonces insospechados para quienes nos encontrábamos en plena “edad de la punzada”. Esa edad en que se empieza a descubrir la maravilla que es el sexo opuesto, los primeros coqueteos, el tacto de la mano de la primera novia de la adolescencia y, sin duda, la dulzura de aquel primer beso -robado u otorgado- que nunca hemos podido olvidar.

Puedo decir sin temor a equivocarme que la música fue mi primer gran amor. Antes de enamorarme de la primera muchacha que me robó mi juvenil corazón, ya estaba de novio con la música. Fue primero la música de baile, porque en aquel entonces el baile era la gran diversión, el gran entretenimiento, junto con el cine, los paseos por la calle Serdán, el cine, el béisbol (en temporada) y las funciones de box que mi difunto padre presentaba viernes a viernes durante todo el año, en aquellas viejas arenas ya desaparecidas.

En aquellos años se bailaba con gran frecuencia en las casas particulares, con cualquier pretexto. Primero con aquellos discos de pasta dura de 78 revoluciones por minuto (r.p.m.) que se tocaban en fonógrafos que utilizaban agujas de acero que debían ser cambiadas constantemente. Luego llegarían los tocadiscos que reproducían discos extended play (e.p.) de 45 r.p.m. y los discos long play (l.p.) de 33 r.p.m. primero de 10” con cuatro pistas de cada lado, y luego de 12” con seis pistas por cara. En un principio era sonido monaural, o sea un solo canal, y más tarde llegaría el sonido estereo, que vino a revolucionar el mundo de la música.

Aún no llegaba la televisión. Eso sucedería años más tarde, y con ella el mundo quedaría atónito, sin poder creer que se pudiera ver cine en una pequeña caja con una pantalla de cristal… ¡Qué maravilla! Aún recuerdo las bolas que se hacían en las banquetas por fuera de los negocios que vendían aquellos primeros aparatos mágicos que transmitían, obvio, exclusivamente en blanco y negro. Más tarde llegaría la televisión a color y así sucesivamente los demás inventos que se han sucedido en forma constante hasta nuestros días.

Después de los discos long play un buen día llegaron casi simultáneamente las cintas de 8 tracks y los cassettes. La diferencia estaba en que las cintas de 8 tracks (que brindaban un sonido excelente) no se podían grabar a voluntad, y en cambio el cassette sí. Con ello llegó una nueva etapa para la música… poder hacer programas de música a voluntad, seleccionando las piezas… ¡Increíble!

Pero las maravillas seguían surgiendo en forma constante: Llegó el disco compacto y luego el sistema MP3 que permite comprimir música en forma asombrosa, de manera que en un pequeño disco de 12 centímetros de diámetro es posible grabar cien o doscientas pistas… y los iPods y los teléfonos “inteligentes” que ahora cualquier chamaco o chamaca tiene en sus manos y en los cuales caben miles de canciones y pueden hacer cuanta cosa se les antoje… inimaginable… y todo ocurrió en poco más de cincuenta años…

A los de mi generación nos ha sido dado ser testigos de todas las maravillas tecnológicas que surgieron en la segunda mitad del siglo XX y estos primeros 17 años del siglo XXI. Descubrimientos que han cambiado el rumbo del mundo y de nuestra forma de vivir, pensar y entretenernos. Si alguna generación puede ser considerada “la de los grandes cambios” tiene que ser la nuestra, que ciertamente ya va de salida. Pasamos del radio y el cine rústico en blanco y negro, al mundo actual del Internet, los satélites y los medios de comunicación instantánea, en un salto que abarca los asombrosos cambios que ha experimentado la humanidad en un período relativamente breve.

Volviendo a la música propiamente, mi primera preferencia por las grandes bandas de los años cuarenta y cincuenta me llevó a establecer contacto y disfrutar las orquestas de los inmortales Glenn Miller, Benny Goodman, Artie Shaw, Tommy Dorsey, Count Basie, Duke Ellington, Guy Lombardo, Les Brown, Woody Herman y los demás reyes del swing, el boogie woogie y el be-bop. Y junto con ellos y sus bandas, los grandes vocalistas que los acompañaban siempre: Peggy Lee, Helen Forrest, Frank Sinatra, Doris Day, Dick Haymes, Ella Fitzgerald, Billie Holiday, Margaret Whiting, Ray Eberle y muchos más.

Las melodías eran y son maravillosas, surgidas de la inspiración de compositores inmortales como George Gershwin, Cole Porter, Irving Berlin, Jerome Kern, Harold Arlen, Hoagy Carmichael y tantos otros autores cuyas obras musicales se presentaban continuamente en los principales teatros de Broadway, en los años treintas y cuarentas del siglo pasado, convirtiéndose en los veneros de donde surgían las melodías más populares de aquella época y de todos los tiempos.

Simultáneamente me hice adicto a nuestra música, al bolero romántico, al bolero tropical, a la música de salón mexicana y a la música ranchera. Genios como Agustín Lara, Gonzalo Curiel, Maria Grever, Gabriel Ruiz, los hermanos Domínguez, Luis Arcaraz, Alvaro Carrillo, José Alfredo Jiménez, Tito y Pepe Guízar, Ricardo Palmerín, Guty Cárdenas, Ricardo Castro, Manuel M. Ponce, Juventino Rosas y un sin fin de autores mexicanos que han dejado su obra y creaciones para la posteridad.

Y como la música es una escuela constante, conforme penetraba más y más en su mundo maravilloso e inagotable se ampliaban mis horizontes y descubría nuevas y aún mejores delicias: La música clásica de los grandes maestros como W.A. Mozart, L.V. Beethoven, P.I. Tchaikovsky, C. Debussy, F. Chopin, J.S. Bach, F. Liszt y el resto de los genios musicales más grandes que ha dado la humanidad. Y por supuesto, la opera. El género al que llegué con retraso, pero que me ha cautivado desde hace poco más de tres décadas. Puccini, Rossini, Mozart, Donizetti, Wagner, Bizet, Offenbach, Saint-Saënz, Verdi, Leoncavallo y demás insignes creadores que produjeron las obras con que se hicieron famosos divos y divas como Caruso, Gigli, Callas, Marton, Tebaldi, Di Stefano, Del Monaco, Berganza, Sutherland, Domingo, Pavarotti, Moffo, Caballé, Vickers, Te Kanawa, Bergonzi y el que ha sido considerado por muchos como el más grande tenor de todos: Franco Corelli.

En mi travesía por el mundo de la música he descubierto mundos insospechados de riqueza y emoción. El jazz tradicional, el smooth jazz, la música brasileña, la música celta, el maravilloso mundo de la música italiana, francesa, española, sudamericana y africana. Mi profunda identificación con la música cubana y sus ritmos intoxicantes como la guaracha, el son, el montuno, la guajira, el mambo, el cha-cha-cha y el danzón, me permitió descubrir a autores geniales como Sindo Garay, Frank Domínguez, César Portillo de la Luz, José Antonio Méndez, Ernesto Lecuona, Miguel Matamoros, Eliseo Grenet, Gonzalo Roig y sus intérpretes más reconocidos: Omara Portuondo, Panchito Riset, Pío Leyva, Compay Segundo, Teresa Caturla, Elíades Ochoa, Elena Burke, Lino Borges, Rubén González, Beny Moré, Fernando Albuerne, Esther Borja, Ibrahim Ferrer y el infinito ejército de orquestas, conjuntos y solistas que ha dado Cuba al mundo.

A veces me siento a escuchar música y poco a poco me voy perdiendo en mis recuerdos. La música, además de todos los demás efectos, tiene la virtud de transportarnos al pasado, y de ponernos otra vez en contacto con lugares y personas que desaparecieron en forma física, pero que permanecen en nuestra mente, esperando únicamente que una melodía, un verso, unas cuantas notas los hagan revivir y volver a ser.

Mis amigos y amigas que han caminado a mi lado durante ocho décadas, y que han enriquecido mis años con su presencia y sus dones. Los días, las tardes y noches de sana alegría y convivencia que pude compartir con ellos y ellas, disfrutando su compañía mientras desde algún tocadiscos, alguna grabadora o reproductor brotaba la maravilla de la música para llevarnos danzando y flotando sobre sus alas mágicas e invisibles.

El universo de la música es infinito. Con esas siete pequeñas notas el genio humano ha sido capaz de crear un universo infinito de inagotables maravillas. Quien decida emprender una travesía por ese mundo puede vivir diez vidas y jamás concluirla. Yo no puedo imaginar un mundo sin música. Simplemente me parece inconcebible. Quizá porque estuve predestinado y desde muy joven fui víctima de la adicción más noble y bella que puede haber: El de la música, que en todas sus formas y modalidades espero me acompañe hasta el postrer momento de mi vida, e incluso en la jornada eterna que me espera en el más allá.

Espero su comentario en oscar.romo@casadelasideas.com
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