Réquiem por un pobre viejo


Publiqué este artículo al finalizar el año de 1992, hace casi un cuarto de siglo. En algunos aspectos, particularmente en su economía, el México de entonces era un país muy diferente al de hoy en día. En ciertos aspectos está igual, en unos está mejor y en otros está peor. Como de costumbre, todo depende del cristal con que se mire. Me pareció conveniente sacarlo del desván en que guardo mis escritos, desempolvarlo y ofrecerlo de nuevo a mis escasos lectores, con el propósito de que recuerden aquellas épocas -si las vivieron- o que las conozcan, si es que entonces eran todavía muy pequeños para darse cuenta de lo que sucedía en nuestro país.

Obituario

Debido a la inestabilidad económica del país en la década de los ‘80s, la inflación hizo crecer enormemente el precio de las mercancías y los servicios, lo que hizo necesario emitir billetes de denominaciones cada vez más altas, que después resultaban ya inverosímiles y reflejaban de manera poco fiel las verdaderas reservas de plata y oro del país. Por tal motivo, mediante decreto publicado el 22 de junio de 1992 en el Diario Oficial de la Federación, a partir del 1º de enero de 1993 entró en vigor una nueva unidad monetaria para los Estados Unidos Mexicanos denominada “nuevo peso”, el cual le quitaba 3 ceros al anterior, de tal manera que 1,000 pesos de 1980 equivalen a un nuevo peso (N$) desde enero de 1993. Los objetivos en que se basó esta medida fueron:

• Facilitar la comprensión de cantidades grandes de dinero.
• Facilitar las transacciones.
• Lograr un empleo más eficiente de los sistemas de cómputo y registro contable
Este cambio se programó para realizarse en tres años, de acuerdo con el siguiente calendario:
• Introducción del nuevo peso: 1 de enero de 1993.
• Coexistencia de ambas monedas con desfasamiento gradual del peso hasta su desaparición, desde el 1 de enero de 1993 hasta 31 de diciembre de 1995.
• Desmonetización de los antiguos pesos y supresión de la palabra “nuevo” para volver a la denominación “peso”, en la nueva unidad monetaria.
• Para el 1º de enero de 1996, se esperaba que ya no hubiera ningún viejo peso en circulación.
• De este modo, de 1993 a 1996 se usaron de manera indistinta los pesos y los nuevos pesos.

Preámbulo

¡Cómo desearía que hoy que se empieza a hablar del “peso nuevo” se hablara también de un México nuevo! Sin embargo, pienso que este anhelo tendrá que esperar tiempos mejores, tal vez muy distantes todavía. Por desgracia, en esta vida no todo lo que se sueña necesariamente se convierte en realidad. Eso solo ocure en aquellos cuentos como los de Blanca Nieves y La Cenicienta, que nos embelezaran cuando niños.

En la vida cruda y real, las cosas son muy distintas y para realñizar un sueño, por insignificante que sea, hay que luchar denodadamente utilizando uñas y dientes. Las zapatillas de cristal, las calabazas que se concierten en carrozas, los ratones que se transforman en mozos de librea, las hadas madrinas de varita mágica, las manzanas envenenadas, los espejos mágicos que hablan y los enanos bondadosos que trabajan en minas de diamantes solo existen en las viejas películas de Walt Disney.

***

Del “nuevo peso” o “peso nuevo”, como quiera que vaya a ser bautizado por sus padrinos, se dicen muchas cosas: Que va a ser inflacionario y que no va serlo; que va a propiciar el abuso de los comerciantes; que va a traer disfrazada una nueva y devastadora devaluación; que va a simplificar las transacciones comerciales; que va a provocar confusión y desconcierto en la gente… en fin, se aventuran escenarios, suposiciones y teorías a diestra y sinestra.

Como ya es un hecho que lo tendremos “a huevo” a partir de 1993, vale más que nos vayamos preparando, porque sea para bien o para mal el “peso nuevo” es ya una realidad que no podemos ignorar, y mucho menos rechazar. Ha llegado para quedarse, y se quedará por decreto, como tantas otras cosas. Nuestro zarandeado, devaluado y ridiculizado peso viejo que, entre paréntesis, hace mucho que desapareció de la circulación y solo se mantiene como una referencia obsoleta de unidad monetaria, pasará a mejor vida.

Y es mejor así, porque en su azarosa existencia pasó de lo sublime a lo ridículo. Desde aquellas lejanas épocas en que un peso mexicano valía más que un dólar, hasta las más recientes en que daba vergüenza porque resultaba más barato utilizar un peso que una vil rondana metálica. Así, de ese pelo.

Nuestro peso, que orgullosamente muestra el águila nacional en una de sus caras, es un fiel reflejo de la historia de nuestro país. Subió, bajó o se mantuvo, según le iba a México en su caminar a través de los tgiempos, hasta que un día, “gracias a los aciertos” de los presidentes patriotas que el PRI nos ha encasquetado en los recientes sexenios, tendrá que pasar a la historia, golpeado y avergonzado de tanta tontería.

Hoy nos aprestamos a presenciar el nacimiento de un sustituto que representará la muerte de mil viejos por cada uno de los recién nacidos… Ojalá que lo anterior no despierte la imaginación de los “sabios” planeadores del control poblacional en nuestro país.

Independientemente de lo que suceda a partir de enero de 1993, de lo único que puedo estar seguro es que el advenimiento del peso nuevo va a exigir de todos y cada uno de nosotros un reajuste mental total. Un reajuste que por fuerza tendrá que ser paulatino, y en cuyo proceso de consolidación pueden ocurrir muchas cosas. Entre otras, y como muy bien lo expresara alguien, que muchos millonarios en pesos viejos tendrán que adaptarse a la idea de convertirse en simples ricos en pesos nuevos. Que se esfumará como por ensalmo la fruición de contempar las cifras de ocho, diez y más dígitos que hoy se observan en muchos estados de cuenta bancarios y de inversiones. Y para aquellos millones de mexicanos que ya son pobres de pesos viejos habrá que inventar una nueva clasificación que haga plena justicia a su nivel de pobreza… ¡Vaya romería!

Las calculadoras de doce dígitos se convertirán en reliquias de museo. Volverán a aparecer los chicles de 20 centavos, los periódicos de $1.50 y, a lo mejor, hasta volverán a ponerse de moda en los tanichis y los tendajones aquellos “pilones” que exigíamos cuando éramos chamacos y mamá nos mandaba a comprar azúcar o harina al changarro de la esquina.

Pero también -y esto me parece particularmente importante- nos obligará a los consumidores a vigilar celosamente la remarcación de las mercancías, hasta que podamos a entender que cada 10 centavos nuevos que se le suba a cualquier producto equivalen a 100 pesos de los viejos. Tendremos pues que acostumbrarnos, y mientras más rápido mejor, a valorar las cosas a partir de los centavos, y a olvidarnos de los centenares y los millares de pesos.

Como los cheques de quincena se reducirán un millar de veces, esta vigilancia deberá constituir nuestra principal preocupación porque una vez remarcado un producto la cosa es irreversible, ya que como dice el viejo dicho “palo dado ni Dios lo quita”. Tal vez se debería obligar a los comerciantes a mantener, al menos por un período de tiempo razonable, una doble etiquetación, utilizando algún tipo de tinta indeleble para el precio en pesos viejos vigente al 31 de diciembre de 1992, y otra convencional para el precio en pesos nuevos a partir de 1993… No sé, pero algo deberá hacerse para impedir los abusos durante el periodo de confusión que inevitablemente sobrevendrá mientras ajustamos nuestros patrones mentales.
Ignoro cuánto tiempo pueda llevar lo anterior, lo que sí puedo asegurar es que no faltarán los vivales y los aprovechados que tratarán de sacar toda la ventaja posible de la nueva situación , y que para cuando queramos reaccionar ya nos habrán llevado entre las espuelas y, con la mano en la cintura, estaremos pagando un 20, un 30 o un porcentaje de incremento aún mayor en las mercancías. Como podemos ver, son muchas las cosas que pueden ocurrir con el cambio de “paridad interna” entre los pesos viejos y los nuevos.

Podemos entonar ya un resposo en honor al peso viejo que no tuvo una vejez honorable, como debe ser, sino que murió en la ignominia, abandonado y vilipendiado por achacoso, inservible y estorboso. Requiescat In Pace, viejo y querido peso mexicano. Si bien es cierto que no te vas cubierto de gloria y entre aplausos, estoy seguro de por lo menos habemos algunos mexicanos que a pesar de todos los pesares y sufrimientos te recordaremos con cariño y añoranza, y quizá pasando los años llegaremos a decir algún día a nuestro nietos, como en los cuentos infantiles: “Había una vez un país que tuvo un peso viejo…”

Espero su comentario en oscar.romo@casadelasideas.com
En Tweeter soy @ChapoRomo

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