Las primeras generaciones de la escuela de derecho. Testimonio de Alberto Barreda Robinson I/II


 

Héctor Rodríguez Espinoza

 

                El Lic. Alberto Barreda Robinson, alumno de la segunda Generación de la Escuela de Derecho (1954-1959),  aceptó relatarme sus vivencias desde su temprana  infancia en su natal Cananea, hasta el curso de sus estudios de la Licenciatura, que redondean esta composición histórica:

“Con gusto accedo  a escribir los recuerdos de mi vida estudiantil en la Universidad de Sonora. Para ello, se me antoja necesario hacerlo incluyendo, en este anecdotario, algo de mi vida anterior a esta hermosa e irresponsable época de mi vida. Escribiré sin tapujos mi vida estudiantil extramuros de la Universidad, porque creo que para tejer los aconteceres, es necesario el hilván de hechos que conformaron nuestro carácter estudiantil.

                Ocupé el cuerpo que todavía uso, en un pueblo de la sierra sonorense. Viví mi infancia en una sociedad de estructura homogénea, recia y trabajadora, con un alto sentido de la solidaridad social.

                La falta de respeto a la dignidad  humana de que fuimos objeto los cananeenses, fue motivo para que se exigiera de los ciudadanos extranjeros asentados en ese bastión de nuestra Patria, igualar los  derechos de los obreros mexicanos a los de los trabajadores norteamericanos. Como siempre sucede, cuando surge el desequilibrio social y se agudizan las demandas de las clases desvalidas, aparece un líder emergente que toma posesión del sentir de las masas y se convierte en reivindicador de las demandas populares. Ahí surgieron los Flores Magón, Baca Calderón  y otros mexicanos dignos que hicieron la revolución de 1910.  

                A la juventud de la generación a la que pertenezco, le tocó vivir las postimerías de la ‘ocupación extranjera’ de Cananea con motivo de la operación de la empresa The Cananea Consolited Copper Company, S.A. y de la Compañía Ganadera de Cananea, S.A. Ambos consorcios capitaneados por el señor William C. Greene. Confieso que era degradante  vivir en mi patria con el estigma de la discriminación racial. De ahí nació ese fuego combativo que llevo en la sangre para defender aquello en lo que creo; para romper el dogma del conformismo y luchar por la evolución de mi raza; y para que mi raza entienda que el someter el pensamiento a la benevolencia no implica renunciar a los principios de la solidaridad humana. Para que nos percatemos de que la conciencia de patria se lleva en el fuego espiritual que nos eleva, necesitamos aprender que no existen intereses malsanos, por fuertes que estos parezcan ser, que puedan vencer a un estado de conciencia, estructurado con los más sólidos principios de la solidaridad humana.

                El orgullo ardiente de los cananeenses que nos tocó vivir la vergüenza de la ocupación, nos lleva a repetir hasta el cansancio, el que Cananea fue la cuna de la revolución mexicana; y estriba ese sentimiento en un afán no acabado de transmitir a las juventudes que vivieron a salvo de esa ignominia, que su patria no debe ser bastión de intereses económicos extranjeros, de que no podemos convertirnos en el Puerto Rico de la nueva era.

                Con las enseñanzas que sólo se dan por la intuición, inicié mi instrucción primaria en la escuela Benito Juárez de Cananea, primero bajo la dirección del Profesor Don Ignacio Hernández  y después por el Profesor Ramón Millanes Vidal. Recuerdo a algunos de mis maestros,  como Doña Mariana Martínez, Doña Delfina Martínez, Doña Esthela Dupont y  Doña Aurora Rioseco. Con mi maestra  de tercer grado, doña Delfina Martínez, tuve el honor de seguir en comunicación epistolar hasta poco antes de su transición.

                Mi instrucción secundaria la realicé en la Escuela Federal 14. Los Maestros que recuerdo son  Alberto Salcido, Juan Garza y Garza, Jaime Sandoval, Álvaro Campos Sandoval, Benito Peña, Miguel de la Rosa García, Azucena Lagada de Otis y  Concepción Martínez.

                Como en Cananea no había escuela preparatoria,  en familia se tomó la decisión de que viniera a estudiarla a Hermosillo, donde llegué un 14 de Agosto de 1952. Fuera de mis viajes a Besbee y Douglas, Arizona, jamás había viajado, excepción hecha de que en mi infancia paseaba por los pueblos del Río Sonora acompañando a mi abuela paterna.

                Durante nuestra vida en Cananea, la condición económica nunca nos permitió ser dueños de algún automóvil, no obstante que mi padre era mecánico automotriz y gerente de la Cananea Motor, S.A., propiedad de los señores Escalante de Hermosillo, y concesionaria de la marca Chevrolet. A Hermosillo vinimos en carro prestado, tal vez por la misma agencia, vía Estados Unidos: de Naco  a Nogales, Arizona y de ahí por la nueva carretera, hasta Hermosillo,  viajando todo el día.

                Llegamos a Hermosillo por la noche y aún que hacía calor, era soportable, pero al día siguiente: ¡mamacita! aquello era el infierno. Nos hospedamos en el Hotel San Alberto y para mí,  que nunca había estado hospedado en un hotel, me hacía sentir turista; desayunamos en la terraza de la hostería, sombreada por dos magníficos árboles de dimensiones gigantescas que hacían agradable y único el ambiente del lugar.

                Comenzaba ahí mi nueva vida. Mi padre preguntó a un mesero, cómo llegar a la  Universidad. Por el calor que ya hacía a las nueve de la mañana, nos fuimos en  el automóvil.

                Aquel espectáculo que a mi vista ofrecía el nuevo edificio monumental  del Museo y Biblioteca, los dos Edificios de la Universidad y el parque que los unía me dejaron perplejo, tal vez como - cuenta la historia - dejó a Hernando Cortés la Gran Tenochtitlán.

                Llegamos al Campus y mis padres y yo subimos la escalinata del Edificio Principal. No podía dar crédito a lo que me estaba sucediendo. Había frente a mis ojos un vitral hermosamente diseñado y de agradable colorido, cuyo simbolismo no entendí, pero que dejé de tarea para después. Ya en la segunda planta, mi padre preguntó a una dama muy simpática, Dolores Rosas Valdés, en dónde podían inscribirme y ella nos llevó ante el Prof. Rosalío Moreno Saavedra, Secretario General de la Universidad. En las Oficinas del Prof. Chalío se encontraban María Ramos Bours y Alba Ramos, secretaria suya y la del  Rector Prof. Manuel Quiróz Martínez.

                Una vez que mi padre hubo hablado con el Prof. Moreno, nos dio la noticia de que yo no podía inscribirme en la Universidad, porque acababa de crearse en Nogales una escuela preparatoria y que por territorio, aquella era mi adscripción. Naturalmente que yo no acepté esa razón, porque yo ya tenía mis razones para quedarme en Hermosillo. Exigí a mi padre que buscara una salida y no tuvo más remedio, con mucha pena, de molestar a un viejo amigo suyo, hermano del señor Gobernador: Don Alberto Soto. El señor Soto aceptó gustoso ayudarnos y nos acompañó ante el Prof. Moreno, haciendo la súplica de que nos ayudara y a lo cual aceptó, pero no antes de dar razón de su actitud de disciplina a un ordenamiento de la Secretaría de Educación Pública,  a cargo del señor Licenciado Don Ramón Corral Delgado, en el sentido de descargar un poco la concentración estudiantil, en razón de que la Universidad de Sonora se estaba sobre poblando.

                 En conjunto, las Escuelas Secundaria, Preparatoria, Contabilidad y Administración, Normal, Farmacia y Enfermería sumaban 800 alumnos aproximadamente.

                Una vez inscrito en la Preparatoria de la Universidad, ramo de Ciencias Sociales para Derecho y Filosofía, buscamos dónde hospedarme y quedé en el Internado Muñoz, del Prof. Manuel Muñoz Corral, en Dr. Paliza No. 63, esquina con Ocampo, frente a la Plaza Zaragoza.

                Iniciamos clases a principios de septiembre. El primer día de clases, tal como sería todos los lunes de mi vida preparatoriana, cumplí la obligación común de asistir vestido con camisa y pantalón blanco y corbata negra. El primer acto que se celebró frente al edificio principal, fue uno en el cual todos los alumnos, formados y en absoluto silencio, rendimos honores al Lábaro Patrio; el Rector Prof. Manuel Quiróz Martínez nos dio una arenga de nuestro comportamiento y disciplina dentro del Campus Universitario. Lo que más impresión nos causó es que estaba prohibido fumar dentro del Campus, bajo pena de expulsión. Ante el peso de la amenaza, en forma unánime el estudiantado, en el primer receso, nos fuimos a fumar bajo la sombra de los ‘yucatecos’ que todavía existen en la placita Zubeldía. La curiosidad estudiantil nos llevó también a tratar de identificar a los profesores y encontramos que eran, naturalmente, Rosalío Moreno, ‘Chalío’, Secretario General y celoso vigilante de la disciplina de los alumnos; Rosalina Paliza de Carpio, ‘la Chalina’, Lógica y Psicología; el Lic. Abraham F. Aguayo,  Filosofía; Rafael V. Meneses, ‘Menesitos’, Literatura; Amadeo Hernández Coronado, ‘Amadeo’,  Etimologías Griegas y Latinas del Español, además del Griego; Lic. Fortino López Legazpi, ‘Fortino’, Latín; Lic. César Tapia Quijada, ‘Tapia’, Historia de México; Lic. José María Oceguera,  ‘el cochito’, Ética; Miguel Castro Servín, ‘el güero’, Educación Física; Lucía Navarro de Pérez, ‘la capulina’, Historia de México; Olga Quiróz Martínez, Filosofía y Psicología; y Doctor Guillermo Soberanes, Biología. Pido disculpas si algún maestro no fluye en mi memoria, pero esto escribo sin referencia histórica, cuando ya las neuronas no trasmiten con claridad sus mensajes y con cuarenta y seis años a cuestas, que conforman mi vida estudiantil y profesional desde que salí de Cananea.

                Por las razones apuntadas no estoy muy seguro de recordar a mis compañeros del primer grado de la Escuela Preparatoria, pero tengo presentes,  con cariño, a Luis Ruiz Vázquez, Alejandro Garlant Bastida (+), Pedro Romano Félix (+), René Durand Romo, Ana Luz Moreno Vázquez (+), Raúl Castro Quintero, Francisco Duarte Amaya (+), Sergio Lagarda Burgos, Hugo Placencia Martínez y  Manuel ‘Mimí’ Muñoz. En el segundo grado estaban Josefina Pérez Contreras, Beatríz Eugenia Montijo Híjar, Rogelio Rendón Duarte, Jesús Enríquez Burgos, Manuel Rubio González, Carlos Gámez Fímbres, Rodolfo Moreno Durazo, Héctor Acedo Valenzuela, Francisco Arturo Lizárraga, Pedro ‘Pedrín’ Flores Peralta, Rodolfo Rogers y otros cuyos nombres escapan a mi memoria.

                Por alguna razón hubo cambio de Rector y en lugar del Prof. Manuel Quiróz Martínez, llegó el señor Ing. Norberto Aguirre Palancares. Inducidos o por iniciativa propia,  los alumnos del segundo grado comenzaron a inquietarse con la idea de que se integrara,  en la Universidad de Sonora, la Escuela de Derecho. Como éramos pocos y un conjunto homogéneo, todos sin distinción ejercimos presión para que se nos quitara el lastre económico de tener que trasladarnos a la Ciudad de México a estudiar; ya existía un antecedente negativo de un intento fallido para fundarla,  por lo que había reticencia de parte de las autoridades universitarias,  sobre todo por  el precedente de que a Miguel Ríos Aguilera y  Martín Portela, los había tenido que becar la Universidad para estudiar en la Universidad Nacional Autónoma de México, en razón de que era más económico  hacerlo que subsidiar la existencia de una escuela sin alumnos.

(Continuará)

 

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