2018 y el voto de Wall Street


Por Alberto Vizcarra Osuna

 

            No obstante los grandes cambios internacionales empujados por la política económico de China y de otras naciones de Asia, incluida Rusia, que dibujan trazos importantes para contribuir al rescate de un mundo occidental sumido en el estancamiento y la crisis, la clase política de México, permanece confinada y reducida a los linderos impuestos por un esquema comercial (TLCAN) diseñado y pensado para favorecer al sector financiero y sacrificar la base productiva y la economía real de las naciones firmantes.

 

Es evidente que lo peores saldos de esta ecuación se los ha llevado México, sumido ahora en un crecimiento económico mediocre, con una generación de empleos 60 por ciento por debajo de sus requerimientos, avasallado por los mismos poderes financieros internacionales que controlan el narcotráfico y sin ningún conjunto organizado de fuerzas políticas dispuestas a encarar esta realidad que reclama un liderazgo resuelto y con la valentía para romper con las reglas que ahogan el presente y le cancelan el futuro la nación. Despojaron al país de su proyecto de industrialización y los voluminosos ingresos petroleros no se invirtieron en la necesaria infraestructura para gestionar mayores volúmenes de agua y energía. Con mucho dinero y sin proyecto de nación, la clase política se corrompió.

 

Los mismos intereses financieros, que se llevan la tajada del león, con su sistema de inversiones especulativas y que corrompieron a la clase política, son los que imponen la agenda que señala que el principal problema de México es la corrupción y con ello debilitan al estado para mantener la política económica que por las últimas tres décadas ha llevado al país en el infierno en que se encuentra.

 

Por efectos de la propaganda, se piensa que el precandidato del PRI, José Antonio Meade, es el hombre ideal para los fines de estos intereses supranacionales, representados principalmente en Wall Street. Lo podría ser también el vociferante candidato del PAN, Ricardo Anaya. La misma propaganda hace suponer que el candidato de Morena, Andrés Manuel López Obrador, escapa a estos controles y le podría regresar a México los espacios de soberanía requeridos para retomar su proyecto de crecimiento económico e industrialización.

 

Pero López Obrador, ya se encargó de mandar el mensaje de que no será un peligro para Wall Street. El 6 de diciembre los estafadores financieros de la calificadora Standar and Poor afirmaron que de llegar a la presidencia el candidato de MORENA, la estabilidad en México no está en riesgo, en tanto se mantenga la autonomía del Banco de México, una tasa de cambio flexible y una política monetaria creíble. No transcurrieron ni 24 horas, para que López Obrador presumiera el aval de los buitres financieros a los que les dio el crédito de “ser una calificadora seria”. Aprovechó la caricia de Wall Street, para hacer públicos tres compromisos: “no vamos a tener ingerencias en las decisiones que toma el Banco de México; es autónomo”. Hizo el compromiso de “mantener equilibrios macroeconómicos. No vamos a aumentar el déficit, al contrario vamos a buscar que sea cero déficit. No gastar más de lo que se tenga de ingresos”. Luego pasó a su recitación de que con solo combatir la corrupción va a generar la disponibilidad de recursos para invertir.

 

Solo bastó un guiño de la oligarquía financiera, para que López Obrador viajara del “radicalismo antineoliberal” a la más pura ortodoxia monetarista de un alumno del ITAM.

 

Debería de ser obvio que Wall Street no quiere a un candidato; quiere que todos terminen sometidos a la política económica que corrompió a México y que le impide su desarrollo. Quieren que el país se polarice en las sombras de las ideologías y que se consuma en el pesimismo localista que le impida voltear al escenario internacional -impulsado por China- donde se están abriendo oportunidades para que la nación salga del pantano en el que ahora se pudre.

 

Ciudad Obregón Sonora, 19 de diciembre de 2017

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