Historia sin final



Abrió los ojos, y en la penumbra espesa de la habitación trató de distinguir el contorno tan familiar de los escasos muebles. Aún no amanecía, y la ventana que daba hacia el minúsculo jardín de la casa permitía ver que era ese momento indefinido e indeterminable en que ya no es noche franca, pero tampoco de día. En la semi-claridad difusa que se percibía a través de los cristales empañados del ventanal, la mujer escudriñó los familiares rincones de su amado jardín, rincones que de tan viejos habían terminado convirtiéndose en sus amigos íntimos, y compañeros en sus interminables días de profunda y dolorosa soledad.

A esa temprana hora hacía un frío intenso que calaba hasta los huesos y, a pesar de la pesada cobija de lana cruda y la cuilta de estambre que ella misma había tejido hacía muchos años, sintió que si dejaba el lecho correría el riesgo de congelarse en un instante, así que decidió permanecer un rato más arrebujada en el abrigado lecho, y dedicar un momento a darle vuelo a los recuerdos dispersos de un ayer que se le escapaba cada vez con mayor rapidez. Un breve momento, tan solo -se prometió a sí misma- porque bien sabía que si dejaba vagar la mente demasiado tiempo, las consecuencias serían poco agradables y, muy probablemente sumamente dolorosas.

En la casa, vacía excepto por su única habitante, por todos los rincones resonaban los ecos perdidos de voces extraviadas, risas empolvadas, cantos olvidados, besos que jamás se dieron y suspiros jamás exhalados. Aguzando el oído se podían escuchar, a pesar de que eran más bien rumores de un ayer lejano y amarillento por los años. En esa casa que crujía con cada ráfaga de viento invernal que la sacudía, todo eran fantasmas, todo eran melancolías y añoranzas de tiempos y afectos que nunca más regresarían.

¿Qué fecha era? -se preguntó- ¡Ah sí, era día 31 de diciembre, el último día de ese año que había recorrido penosamente, sorteando la rutina y la monotonía de sus días, dolorosamente, como se decía que Jesús había recorrido la senda del Calvario, llevando su pesada cruz de madera a cuestas. Para ella lo mismo daba que fuera el último día del año, que el primero. A su edad y en su soledad inmensa, inmisericorde y amarga, esas cosas carecían de importancia y de sentido. La horrenda similitud de un día con otro…

Otros tiempos hubo en que en esta fecha del año todo era diferente. La vida era diferente, y ella era tan diferente que se podría decir que se trataba de otra persona distinta a su actual yo. Haciendo un esfuerzo intentó recordar, y el muro de pesadumbre que había crecido con el correr del tiempo, le impidió ver más allá de este momento que estaba viviendo, así que decidió dejar que los recuerdos descansaran en paz en los viejos sepulcros de su memoria, abandonados en el cementerio del olvido.

Lanzando un hondo suspiro, con desgano sacó su enflaquecido cuerpo de debajo de las tibias cobijas, y a tientas buscó con los pies debajo de la cama sus viejas y ajadas chinelas de lana gruesa forrada con peluche que uno de sus hijos le había regalado hacía ya muchas navidades, se las calzó, y del banquillo que estaba a un lado de la cama tomó la bata que otro de sus otros hijos le había regalado hacia ya tantos años que era inútil tratar de decir si había sido en una de tantas navidades, o un día de cumpleaños, o con qué pretexto. Se la metió por los brazos y se anudó el cinturón con un lazo, para que quedara ajustada y la procurara un poco de calor, y casi con renuencia se dirigió a la puerta de la recámara con pasos pausados y cansinos. Salió al pasillo que llevaba al pequeño comedor y a la cocina de la casa.

Encendió la antigua lámpara que tenía sobre un antiguo trinchador, digno sobreviviente del primer juego de comedor que le había comprado su marido, desaparecido muchos años atrás. Las sombras se resistían a ser desalojadas por la mortecina luz de la lamparita, y se aferraban con terquedad a las paredes y los rincones del cuarto.

La mujer suspiró con un inmenso cansancio, más del alma que del cuerpo, y se aproximó a la destartalada estufa de gas de cuatro quemadores, de los cuales ya solo servían dos, y el horno. Puso un poco de agua en la calentadera y encendió una de las parrillas con un cerillo, ya que el piloto de la estufa también se había jubilado años atrás… ¿A quién diablos le importaba? De cualquier manera en esa casa ya muy pocas cosas funcionaban bien y servían para algo, y las que aún funcionaban y servían, lo hacían como de muy mala gana.

Pesadamente se dejó caer en una de las sillas rechinantes que estaban en derredor de la pequeña mesa circular, que lo mismo utilizaba para preparar los sencillos alimentos que para comerlos, y para realizar las pocas tareas de costura que aún practicaba, más por necesidad que por gusto. Y mientras el agua echaba el primer hervor permitió que su mente divagara y se fugara, y saliera a dar un paseo por la madrugada helada y lluviosa que se hacía presente.

Día último del año, pensó… y su inmensa soledad se hizo de pronto más honda y más profunda que durante el resto del año. ¿Por qué será? se preguntó con infinita tristeza. Si ya no tengo a nadie, es decir, si ya no hay nadie que se preocupe por mí y que le interese si vivo o muero, y por ello debo vivir el resto de mis días alimentada tan solo con los recuerdos y las vivencias de un pasado que día a día se volvía más difuso y amarillento, como las páginas de un libro abandonado. Si esta es mi realidad actual -se dijo- ¿por qué entonces no me resigno y simplemente acepto mi amargo destino, y dejo que las cosas corran hacia su inevitable desenlace?

Pero eso no era posible. No sería jamás posible, porque su viejo y cansado corazón se resistía tercamente a desprenderse y dejar ir el amor que sentía por su única hija y los dos hijos, frutos de su amor por aquel hombre bueno y silencioso que ya no estaba más a su lado. Hija e hijos ausentes de aquella casa desde tanto tiempo atrás, que habían tomado distintos caminos en una vida donde ya ella no estaba presente.

Su hija, “mi niña”, como seguía llamándola dulcemente en su memoria, vivía en California y jamás había regresado a México, al pueblo, y al hogar donde había nacido. Consciente de que su madre no utilizaba ni utilizaría una computadora como instrumento de comunicación, “su niña” de vez en cuando le enviaba una carta tan breve y escrita tan apresuradamente que resultaba casi ofensiva, y dentro del sobre unos pocos de dólares, como si le diera vergüenza mandarle únicamente letras.

Y sus dos hijos, uno que vivía en Guadalajara y el otro en Monterrey, ambos casados y aparentemente en buena situación económica, siempre encontraban pretextos para no venir a visitarla, siquiera un fin de semana, con lo cual la privaban no solo de la alegría de verlos a los dos, sino también a sus nietos, que quizá sabían de su abuela solo lo poco que sus papás acaso les platicaban.

La calentadera empezó a silbar y la anciana mujer hizo como que no escuchaba el agudo silbido, ensimismada y aferrada tercamente a sus preguntas sin respuestas. Poco a poco la luz del día naciente cobraba mayor claridad, y en aire húmedo y helado por la llovizna invernal, se escuchó el trino de un jilguero, el pájaro-amigo fiel y constante que jamás la abandonaba, y que volvía como todos los días al despuntar el alba desde hacía mucho tiempo, como para decirle que él nunca se iría y que siempre regresaría.

A pesar del frío, abrió el postigo de la pequeña ventana y le arrojó un puñado de semillas que guardaba en un frasco especialmente para su amigo, el diminuto cantante matutino de ópera que nunca la abandonaba. Lo observó descender de la rama pelada en que siempre se posaba para cantarle a la vieja amiga las mañanitas, y para picotear el suelo endurecido y reseco, mientras el día cobraba forma y el sol invernal se levantaba de entre los cerros y las cañadas que rodeaban al pueblo por los cuatro costados.

Esta noche sería la última del año, y cenaría… ¿qué? En su patética soledad cualquier cosa sería suficiente, porque para una vieja abandonada y cansada cualquier mendrugo de pan era bastante. Esa noche, estaba absolutamente segura, regresarían los recuerdos que de largo tiempo atrás la acosaban como fantasmas de ultratumba, volverían también los remordimientos a clavarle los colmillos en su alma agotada, y resonarían los viejos y atemorizantes ecos dentro de la casa, dentro de su cabeza y dentro de su corazón. Regresarían y los aceptaría casi con agrado, porque de no ser por ellos su soledad y su tristeza serían mil veces peores.

La anciana mujer se levantó y salió de la cocina, con la certidumbre de que el agua ya estaría tibia, y a ella el té de hojas de naranjo le gustaba bien caliente, igual que le gustaba tomarlo a su marido cuando aún vivía con ella y para ella. Paso a paso cruzó el comedor y pasó a la salita, abrió la puerta de la entrada y se asomó al desvencijado pórtico de madera y tejas, y muros con la pintura desconchada. Y levantando los ojos al cielo que permanecía gris y encapotado, amenazando lluvia todavía, se pregunto si “el de allá arriba” recordaría que aquí estaba ella, como siempre, aguardando el momento de su liberación final.

Luego, lanzando un hondo suspiro que más bien pareció un quejido, cerró de nuevo la puerta y volvió a su destino de todos los días.

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