De la disputa por nación a la disputa por el poder


 

Por Alberto Vizcarra Osuna

 

 

            El espectáculo montado en torno a las denuncias de corrupción hechas por el histriónico gobernador de Chihuahua, Javier Corral, podría ser el mejor de los síntomas de la crisis moral que embarga a una parte de la clase política y aún a la misma elite empresarial de México, cuyo pecado mayor, no es haber incurrido en actos de corrupción, sino hacer de ésta el tema que domine la agenda de la discusión nacional en dirección a las elecciones presidenciales del 2018. El futuro de la nación, las posibilidades de que el país aproveche los importantes cambios internacionales que se están registrando para superar el letargo de tres décadas que ha sufrido la economía nacional, son asuntos que en mucho han queda fuera de la agenda de la discusión.

 

            En gran medida, las elites de México sucumbieron frente a los intereses supranacionales que propiciaron la corrupción de la clase política. La misma supranacionalidad que impuso las cadenas de un modelo económico y comercial que le impidió al país su industrialización, con el TLCAN, son las que despojaron a los círculos políticos de un propósito nacional. Nos quedamos sin proyecto de nación y con mucho, pero mucho dinero de los ingresos petroleros. La condición perfecta para la corrupción. Ya corrompidos, el debate descendió a la tremenda mediocridad de acusarse de ser corruptos unos con otros o ha presumir ser aves de alas blancas que cruzan el pantano y no se manchan.

 

            Lo peor de este espectáculo trágico, es que los males estructurales que le han impedido a México su crecimiento económico dejaron de ser tema de discusión. El asunto de la corrupción de los políticos se impuso como la causa de todos los males y la promesa de eliminarla como la solución mágica a todos los males. Simpleza que ha hecho más daño que la misma corrupción; lógica tonta que envilece a los poderosos –encarcelados en sus propias venganzas- y desmoraliza a la sociedad. Manicomio de todos contra todos, con la estricta prohibición de voltear para afuera y de pensar en grande.

 

            Todavía a mediados de los años ochenta, cuando estaba fresca la impresión del libro “La disputa por la Nación”, de los economistas Rolando Cordera y Carlos Tello Macías, se sostenía una intensa discusión sobre cómo México asumiría el impacto y la avalancha de una globalización cuyos criterios de libre mercado poco o nada comprendían el interés nacional. Se tenía un ambiente de discusión en los círculos políticos y empresariales de entonces con la exigencia intelectual de observar los acontecimientos internacionales y procurar la ubicación del interés y los propósitos nacionales en ese contexto. Existía la capacidad de situar a México dentro del mundo y de entender que los eventos de mayor peso en el cuadro nacional estaban definidos precisamente por el contexto internacional. México llegó a asumir una postura crítica a las injusticias del sistema financiero internacional y a proponer reformas y cambios al mismo sistema para darle lugar al derecho natural de las naciones a su propio desarrollo.

 

            El abandono de esta discusión tiene a nuestra clase política en el extravío y en una dinámica de todos contra todos. El gran riesgo de seguir en esa ruta, también fue advertido en el 2011 por Cordera y Tello, quienes precisaron que al abandonar esta discusión, la disputa política por la dirección del Estado “parece quedar suspendida en un corrosivo juego oligárquico” mientras la problemática social se extiende y profundiza, dándole así a la disputa por la nación una perspectiva ominosa de confrontación “sin política” o de plano “antipolítica”. Los economistas advierten también que estas son las condiciones primarias de un resurgimiento autoritario que encubierto en la democracia emergería en la medida que el panorama económico y social se oscurece y agrava.

 

Ciudad Obregón, Sonora, 12 de enero de 2018

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