Mis palabras en el Aniversario Luctuoso de Adalberto Rosas

Mis palabras en el Aniversario Luctuoso de Adalberto Rosas


25 de enero de 2018

Por Alberto Vizcarra Osuna

Cuando se estaba terminando de construir la Presa del Oviachic, Adalberto Rosas López, tendría aproximadamente unos ocho años de edad; era un niño. Pero como adulto recordaba de manera muy viva el momento en que la obra fue inaugurada por el Presidente Miguel Alemán.

En una ocasión nos contó que a él le tocó trasladarse en la caja de la camioneta de su papá hasta el sitio de la presa y presenciar aquella ceremonia  que puso en marcha la obra de infraestructura hidráulica que para aquellos años era una de las presas más grandes de América Latina.

La forma en que Adalberto narraba el episodio, traslucía el gran impacto que en el cielo infantil de aquel niño había tenido el acontecimiento. Creo que fue una imagen que caló hondo en su conciencia y troqueló en mucho su carácter.

Esto le creó una predisposición natural a la idea del progreso. Lo pudimos constatar en las largas discusiones que sostuvimos con él por varios años. Tenía empotrada una sólida convicción con relación a la importancia de impulsar la infraestructura, especialmente aquella relacionada con la gestión de más agua y la generación de energía. Era un convencido de la necesidad de transformar la naturaleza con la ciencia y la tecnología para lograr el progreso y poder alcanzar las metas del crecimiento económico que puede hacer posible la creación de empleos y con ello el bienestar social.

No tenía miedo, se atrevía a pensar en grande y a luchar por grandes proyectos como el Plan Hidráulico del Noroeste y la desalación de agua de mar. No temía desafiar a las políticas económicas y a los políticos que se adhieran a ellas, que le han impedido a México convertirse en una potencia económica.

Estaba siempre dispuesto a quebrantar las reglas o los llamados arreglos políticos que obstruyen el desarrollo y la participación de la gente en la discusión y en la toma de decisiones relacionadas con los asuntos públicos. Tenía una habilidad natural para hacer equipo e involucrar a la gente en el proceso social. Nunca se afanó por controlar a nadie, no tenía mentalidad de cacique, le gustaba que la gente discutiera y dijera lo que pensaba. Ponía a la gente frente a los problemas y abría la discusión. Era un organizador nato y así ejercía su liderazgo. En eso consistía su carisma.

Compartimos con él la gran importancia que le daba al Valle del Yaqui. Siempre ponderó el significado estratégico de esta región, pero no tenía una visión localista. No sostenía una postura de atrincheramiento confinado en el regionalismo. Sabía, y nos lo dijo muchas veces: para que le vaya bien a Cajeme, al Valle del Yaqui, le tiene que ir bien a Sonora y a México.

Teníamos una discusión intensa con él sobre el poder de esta región para contribuir a los grandes cambios que el estado y el país requieren. Siempre estaba pensando, no propiamente en lo que la región debe pedir, sino en lo que la región debe de proponer para incidir en la solución a los añejos y graves problemas estructurales que padece Sonora y el país.

Por eso, siempre sostuvo que la fuerza del movimiento en defensa de las aguas del Río Yaqui, no radicaba propiamente en la oposición a una obra como el Acueducto Independencia, que evidentemente no resuelve, sino agrava el problema de la falta de agua en Sonora. Nuestra fuerza decía es que proponemos la solución al problema con la desalación en lo inmediato y a mediano plazo con proyectos de mayor calado y alcance como el PLHINO. De ahí salió la consigna: Nosotros somos la solución, Padrés es el problema.

Con esa convicción él ideo el Pacto del Río Yaqui, que hicimos con los yoremes, en donde acordamos que la mejor manera de defender las aguas del Río Yaqui, es luchar por más agua para Sonora y para México. Con esa misma convicción y con ese mismo propósito se hicieron los Acuerdos de Vícam con la entonces candidata y ahora gobernadora Claudia Pavlovich Arellano.

Adalberto estaría contento con los logros alcanzados, pero no satisfecho. Estaría contento al saber que se aprobó en el Congreso del Estado la iniciativa de la gobernadora en la que se postula a la desalación como una política de estado que compromete a las instituciones del gobierno y a los ciudadanos en la lucha por más agua. Estaría contento al saber que se inicia la Desaladora Sonora. Estaría también contento al saber que en el decreto que reestructura la deuda del estado, los ahorros logrados con este mecanismo financiero, se destinarán prioritariamente a la construcción del módulo que abastecerá de agua desalada a la ciudad de Hermosillo para suplir así la operación ilegal del Acueducto Independencia.

Estaría contento, pero no pasivo; y menos haciendo apuestas pesimistas o convenencieras de que los acuerdos no se van a cumplir. Al respecto, él no invitaba a hacer apuestas, mucho menos a esperar o contemplar; él invitaba a pelear.

No quiero dejar de recordar, que todo esto lo hacía con mucho humor. Sus grandes convicciones no las vistió con los atuendos de la formalidad y las llevó adelante con un genial sentido del humor que hacía muy llevadera la responsabilidad y los momentos de tensión.

Por allá, a principios de los años noventa, los productores agrícolas cayeron en una generalizada cartera vencida y aquí hicimos un plantón enfrente de las oficinas regionales de la Secretaria de Hacienda tapando la entrada de la dependencia federal. Una mañana Don Jaime Miranda llegó al plantón, y muy preocupado nos llamó a Adalberto y a mí. Nos subimos a uno de los vehículos y Don Jaime nos dice: tengo informe de primera mano que en el vuelo de la Ciudad de México y que llega en un momento a Obregón viene el Ministerio Público Federal a ejecutar las órdenes de aprehensión. Adalberto inmediatamente le contesta: usted de que se preocupa Don Jaime, si el único responsable del bloqueo a la entrada de estas oficinas es usted.

Así rompía la tensión, así desbarataba los rumores. Siempre le admiré la genialidad para combinar el trabajo serio, duro, responsable con un sentido del humor que le aportaba alegría a todas las jornadas que realizamos juntos.

Adalberto siempre descubría cuando los formalismos pretendían ocultar el dobles y la hipocresía y frecuentemente lo hacía con un chiste que recurría a imágenes grotescas. Eso lo tenía muy ensayado y logró una agilidad envidiable en ese ejercicio. Servía mucho para liberarnos de momentos opresivos o de incomprensión. Estoy convencido que la fuente de su fortaleza para resistir a las calumnias, a los desdenes, pero sobre todo a la incomprensión, fue su inagotable sentido del humor que le alimentó una gran imaginación. Eso es lo que ahora más extraño.

La memoria de nuestro querido amigo Adalberto Rosas, es un gran activo político para enfrentar las semanas, los meses y los años por venir. Más ahora que en el contexto del proceso electoral por la presidencia de la república, hay alguien que está diciendo que se propone “hacer de México una potencia para que no falte el trabajo y el alimento en la mesa de los mexicanos”.

A ese alguien hay que decirle que no lograremos el alimento en la mesa de los mexicanos, si le quitamos el agua al Valle del Yaqui y si no luchamos de manera resuelta por una nueva revolución hidráulica con proyectos como la desalación y el PLHINO.

Imitemos a Adalberto y el Valle del Yaqui no morirá

 

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