Realpolitik



Realpolitik («política de la realidad» en alemán) es la política o diplomacia basada en intereses prácticos y acciones concretas, sin atender a la teoría o la filosifía como elementos “formadores de políticas”. En el mundo de la política moderna, y en especial en tiempos electorales, se suele escuchar el término “realpolitik” o “política realista”, cuando se trata de explicar acciones o situaciones que revelan con total crudeza los propósitos e intenciones de determinados actores o protagonistas. La realpolitik aboga por el avance en los intereses de un país de acuerdo con las circunstancias actuales de su entorno, en lugar de seguir principios filosóficos, teóricos o morales. A este respecto, comparte su enfoque filosófico con el realismo filosófico y el pragmatismo.
Uno de los precursores más famosos fue Nicolás Maquiavelo, quien sostenía que la única preocupación de un príncipe (o gobernante) debería ser la de buscar y retener el poder para así conseguir el beneficio de su Estado, proclamando que las consideraciones éticas o religiosas eran inútiles para este fin. Sostenía además Maquiavelo que el bienestar del Estado dependía de que el gobernante aprendiera a utilizar el mal para lograr el bien, asumiendo que el “príncipe” debía realizar los engaños e intrigas que fuesen necesarias para no caer en los engaños e intrigas de sus rivales. Sus ideas fueron más tarde expandidas y practicadas por el cardenal Richelieu durante la Guerra de los Treinta Años. El historiador griego Tucídides y el teórico militar chino Sun Tzu también son citados como precursores de la realpolitik al plantear que los mandatos éticos y religiosos de sus respectivas culturas eran inútiles para explicar o asegurar el éxito político.

Hoy en día, la parte «realista» de un partido o ideología política no tiene problemas para ceder en algunos de sus principios si es necesario, con tal de conseguir cierto resultado en otros -que podrían ser considerados más importantes o centrales-, mientras que los sectores más «fundamentalistas» evitan a toda costa ceder en sus principios o comprometerlos, aunque eso suponga renunciar a posiciones que les permitan ya sea poner en práctica otros, o bien influir en su desarrollo o en la toma de decisiones al respecto.

Las definiciones y correlaciones que he compartido con el lector en los párrafos que anteceden, permiten analizar, desde la óptica de la política realista o “realpolitik”, una amplia diversidad de acciones y decisiones individuales o de grupo que hemos podido observar desde que arrancó en nuestro país el proceso electoral 2017-2018, y que a simple vista pueden perecernos descabelladas, absurdas y fuera de toda lógica, pero que contempladas bajo la luz clarificadora de la “realpolitik” adquieren sentido y se pueden explicar en forma más o menos adecuada.

Tomemos al azar algunas de las situaciones que nos han presentado los partidos políticos en su encarnizada disputa por los cargos de elección, y también algunas decisiones que ha tomado una gran cantidad de políticos militantes ante las oportunidades -o falta de ellas- que se les han presentado en el brutal trajín que supone la obtención de una candidatura a cualquiera de los 3 mil 400 cargos que se disputan en este torneo de suciedades y perversidades que nos está ofreciendo el coliseo electoral, en sus funciones diarias matutinas y vespertinas.

El PRI empezó por poner al frente a un tipo como Ochoa Reza, que llegó a este cargo tan importante sin tener antecedentes sólidos de militancia o de identificación ideológica. Un nombramiento que aún a la fecha no convence y al que se achacan muchas de las dificultades que enfrenta el partido que, si bien se encuentra en el poder, acarrea una enorme carga negativa que pone en entredicho sus posibilidades en esta elección. El PRI ha eliminado a los que parecían obvios, para poner a los absurdos e inexplicables. Estas medidas encajan perfectamente dentro de los que se define como “realpolitik”: hacer lo que sea necesario para mantenerse en el poder… con todo y los múltiples interrogantes y “asegunes” que se avizoran.

MORENA por su parte ha abierto las puertas de par en par para recibir sin discriminación alguna a todo aquel que desee cobijarse bajo el manto misericordioso y aparentemente benigno de un mesías que ofrece a santos y pecadores amnistía, perdón, protección, casa, comida, bebida y vestimenta. A estas alturas del torneo ya no se sabe bien a bien si MORENA es un partido de izquierda, de derecha, de centro, de arriba o de abajo, o un masacote de esas cinco posiciones seudo ideológicas. Aparenta ser, en todo caso, un club de cuates y arrimados que ni es político, ni es deportivo, ni es religioso, ni es nada que tenga sentido… a menos de que se le observe a través de la lupa de la “realpolitk”: venid a mí todos los que padecen hambre y sed de justicia, de violencia, de “emparejar las cuentas”, porque yo los llenaré hasta la saciedad.

En el PAN no se cuecen mal las habas, con el agravante de que este partido se encuentra en el peor nivel en su historia. Acuerpado por el PRD y por el MC, que son equipos de media tabla hacia abajo, pretenden luchar contra la formidable maquinaria electoral que es el PRI, y contra la no menos formidable horda revoltosa y violenta que se aglutina en torno de una figura central, que arrastra multitudes con las viejas consignas que viene repitiendo como letanía desde hace 12 años, por lo menos. El PAN no escogió a su candidato. Fue el candidato el que le robó la candidatura a ese partido, y se apoderó de la casa con todo y mobliliario y utensilios, dejando con un palmno de narices a una militancia que, atónita e inerme, ha visto desaparecer los principios ideológicos tradicionales ante el embate de la “realpolitik” que no perdona ni acepta zarandajas tales como ideología, principios, valores políticos y morales.

Y cuando pasamos a las acciones individuales, las que toman a cada instante los hombres y las mujeres que viven de y para la política que casi siempre ofrece magras oportunidades para la gran mayoría, no porque no las merezcan o no tengan derecho, sino simplemente porque los frutos del árbol no alcanzan para todos, la cosa se pone todavía peor. De hecho, mil veces peor, porque en vez de tratarse de un organización amorfa y sin rostro -como lo son los partidos- cuando se trata de una persona específica la acción o la decisión tiene un rostro, y un nombre con apellido, y se le puede enjuiciar a la luz de los antecedentes conocidos y los datos de vida que se exhiben en la currícula del individuo.

En este proceso electoral se han derrumbado estrepitosamente todos los diques de contención de tipo ético y moral en que usualmente se fundamentaban la lealtad y la fidelidad política, que a partir de este momento han empezado a desaparecer para siempre. Los ejemplos demostrativos son tantos que nos ocuparía un grueso legajo para enumerarlos y comentarlos uno por uno. Del PRI salieron a borbotones figuras importantes, unas para irse al PAN y la inmensa mayoría para cobijarse en MORENA, pero no porque exista afinidad ideológica (esa incómoda y pestilente zarandaja) sino porque en MORENA por el momento los pastizales se ven más verdes, ante la utopía lopezobradoriana. Curioso: nadie o casi nadie se movió al PRD, al MC o a los otros institutos residuales que no pintan y solo sirven como comparsas. Ergo, lo que se busca es un resultado electoral rápido, a costa de lo que sea.

La politica real, el pragmatismo entronizado, o “la realpolitik”, sirve lo mismo para explicar un roto que un descosido, una deserción que una traición, un cambio de bandera que un cambio de afinidad política, el intercambio de una forma de pensar y de ver la vida y la política, bajo otra óptica diferente y en la mayoría de los casos contrastante, con lo cual inevitablemente se pone en entredicho la congruencia personal sin la cual se puede mantener alguien con vida, pero es imposble conservar el alma intacta, sin importar los argumentos que se utilicen para explicar por qué en un momento estás ahí, y al siguiente estás allá o más allá, en el lado opuesto del espectro político.

En el mundo de la politiquería barata -la que se practica en el bazar o en el tianguis- la trasmutación pragmática, en la que dependiendo de las motivaciones es relativamente sencillo dejar de ser, puede justificarse bajo determinados criterios; pero deshacer las decisones que se toman en esas condiciones es algo irreversible, irremediable, y en mi modesta opinión resulta mortal por necesidad, cuando menos desde el punto de vista ético.

Espero su comentario en oscar.romo@casadelasideas.com
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