Ciudadanizancia



Para abordar con mayor propiedad el tema de este artículo, primero acudí a mi “Pequeño Larousse” de cabecera para encontrar una definición del término “ciudadano”. Ahí se dice en forma escueta que “ciudadano es todo aquel que goza de ciertos derechos políticos que le permiten tomar parte en el gobierno de un país”. Una definicion ciertamente muy breve que adolece de la amplitud necesaria. Pareciéndome insuficiente, me fui al infalible Google, y ahí encontré mayores y mejores definiciones. Por ejemplo la de que “un ciudadano es toda persona considerada como miembro activo de un estado, titular de derechos civiles y políticos, y sometido a sus leyes”. Es pues un concepto sociopolítico y legal de significado variable, usado desde tiempos antiguos y a lo largo de la historia, aunque no siempre de la misma manera.

De acuerdo con Google, ser ciudadano implica tener desarrollado el sentido de identidad y pertenencia en el lugar donde se interactúa socialmente en el hábitat donde se desenvuelven los individuos con responsabilidades, derechos y obligaciones por igual. Cada vez hay una consciencia más amplia de que términos como «ciudadano» y «ciudadanía» no son inmutables ni admiten una definición única. El término ciudadano puede definirse en términos generales como «una persona que co-existe en una sociedad». Esto no significa que la idea de ciudadano en relación con el Estado-Nación ya no sea pertinente o aplicable, sino que, como el Estado-Nación ha dejado de ser el único centro de autoridad, ha tenido que darse una definición más amplia y general del concepto.

Este concepto más extenso de ciudadano y ciudadanía ofrece un posible nuevo modelo para analizar cómo vivimos y convivimos juntos. Se trata, por tanto, de traspasar los límites de la noción de «Estado Nación» y de adoptar la de comunidad, que engloba el marco local, nacional, regional e internacional en el que viven las personas. Un ciudadano es entonces un natural de una ciudad o estado, o un habitante naturalizado a quien le corresponden ciertos privilegios y derechos que les son negados a otros, y quien, a su vez, asume las responsabilidades que las autoridades que conceden la ciudadanía, vinculan a tales derechos.

Finalmente, se llama “ciudadanos” al sector de habitantes de un Estado que gozan de derechos políticos, o sea la posibilidad de participar dentro de los gobiernos democráticos, donde el poder reside en el pueblo, en las elecciones a cargos gubernamentales como electores, o como candidatos elegibles. Desde un punto de vista estrictamente jurídico, la ciudadanía es una calidad que posee el habitante de un determinado estado, en virtud de la cual goza del ejercicio efectivo de los derechos políticos, y se obliga al cumplimiento de las responsabilidades de igual naturaleza.

Con lo dicho anteriormente creo que ya podemos empezar a desarrollar el tema central del escrito que ofrezco este día al estimable lector. De entrada valga decir que, en el contexto de la vida política que en la actualidad practican en nuestro país los partidos y ciertas organizaciones paralelas que presumen de ser serias, “ciudadanizancia” no es lo mismo que ciudadanizar, asumiendo el uso del primer término un dejo de burla, o un cierto tono jocoso que pretende quitar todo rastro de seriedad al concepto. Voy a tratar de explicarme un poco mejor, si usted lo permite.

A partir del momento en que la actividad política empezó el constante y creciente deterioro que ha tenido durante décadas, hasta llegar a la situación límite de desprestigio que hoy tiene -porque vale la aclaración de que no siempre ha sido así, y tiempos hubo en que hacer política dignificaba y hasta resultaba honroso- los políticos empezaron a ser vistos como indivídios despreciables y poco confiables, y los partidos como organizaciones tipo “cosa nostra” plagadas de personajes siniestros, de baja moral y los peores instintos. Con el tiempo y hasta llegar al momento actual, pertenecer a un partido, en términos amplios y sin particularizar, se ha convertido en algo estigmatizante, oprobioso e indigno de cualquier persona bien nacida.

Conforme la práctica de la política arrabalera, prostituyente y denigrante profundizaba y se generalizaba, la “ciudadanizancia” se volvió una necesidad prioritaria y absolutamente indispensable. La “ciudadanizancia” equivale a la ciudadanización artificial de una persona o un grupo de personas, con el fin de devolverles en alguna medida el prestigio que han perdido en su tránsito por uno o varios de los cárteles de delincuentes que se denominan “partidos políticos”. La “ciudadanizancia” equivale entonces a una suerte de operación de cirugía plástica de tipo ético y moral, envuelta en llamativo papel de regalo para enganchar a los bobos que tanto abundan en nuestros días.

El concepto “ciudadano” se vuelve así una especie de título nobiliario al que aspiran todos los políticos que han sido manchados por el signo de cualquiera de los partidos que hay actualmente en el bajo mundo de la política mexicana moderna, o que hemos tenido en el pasado cercano o lejano. Pero el estigma de la “partidancia” es como los tatuajes que se realizan a conciencia, y que son casi imposibles de borrar. Hágase lo que se haga, sin importar qué, la huella queda y se percibe, aunque la operación correctiva haya sido practicada por un experto cirujano plástico como aquella turbia pareja de la serie Nip & Tuck… ¿recuerda usted?

Para que alguno de los renegados o renegadas de cualquiera de los partidos actuales pueda pasar la criba del juicio social -que por cierto no se puede decir que sea demasiado exigente- es indispensable someterlo a un mínimo proceso de “ciudadanizancia”, antes de relanzarlo de nuevo al mercado electoral como mercancía aceptable, aunque sea reciclada y actualizada artificialmente, o bien se encuentre ya dentro de la fatal fecha de caducidad política.

Considero absolutamente innecesario ponerles nombres y apellidos a los especímenes que cumplen con este tipo de perfil, y que han sido sometidos al mencionado proceso de “ciudadanizancia” por motivos electorales. El arte del transfuguismo, del chapulineo, de la trasmutación, el don del mimetismo político, como usted guste llamarle, hace que la lista de politiqueros “ciudadanizancizados” sea demasiado amplia y resulte prolijo demenuzarla. Usted los conoce, usted los identica perfectamente a ellos y ellas, así que ni caso tiene perder el tiempo en la elaboración de una lista que por múltiples razones podríamos considerar oprobiosa.

En estos momentos pertenecer al PRI conlleva el máximo desprestigio, el estigma político mayor, un tremendo bochorno. En parte por la incuestionable corrupción que es el sello indudable de la casa, y los muchos pecados, latrocinios y transgresiones cometidos; pero también en buena parte por la brutal campaña de desprestigio emprendida en su contra por las oposiciones, cada una desde su propia trinchera, sobre todo desde que Enrique Peña Nieto asumió el poder en 2012, y que está rindiendo sorprendentes resultados, a unos más que a otros, aunque todos los opositores están sacando raja del deterioro de la imagen del tricolor.

En estos momentos ser del PRI equivale a padecer lepra moral, pero una vez fuera del PRI no hay inconveniente en ser aceptado por ninguno de los otros partidos que critican la paja en el ojo priista, y dejan de ver los troncos de árbol que tienen en el suyo propio. Porque corrupción la hay en todos los partidos, en igual o muy parecida medida, y si en el PRI es más evidente es simplemente por el hecho de haber gobernado durante un período de tiempo mucho más prolongado que ningún otro partido.

El PAN, en apenas doce años consecutivos en el gobierno federal, demostró que no canta mal las rancheras. Y en apenas seis años de gobierno aquí en Sonora, dejó constacia irrebatible del increíble nivel de pudrición moral que hay en ese partido, desde que perdió el rumbo y su esencia. En esta contienda electoral el PAN, ante la plena debacle de cuadros de buen nivel electoral, ha aceptado varias figuras ex priistas de buen ver, aunque se les note claramente la huella de los tatuajes que no se han logrado quitar.

Exactamente lo mismo, aunque corregido y aumentado varias veces, ha estado sucediendo con MORENA, al que todo mundo en México -excepto desde luego ellos mismos- considera un partido que se ha convertido en un nauseabundo confinamiento de residuos políticos tóxicos, provenientes de todos los partidos que existen en el catálogo nacional.

Es un hecho que MORENA está formado mayoritariamente por ex priistas de todas las tendencia y raleas, cuyos antecedentes los pintan tal cual son, ética y moralmente hablando, con ninguno de los cuales ha funcionado para nada la magia de la “ciudadanizacia”. En estas condiciones, y dado que la cabra siempre tira al monte, yo pregunto: ¿Cuánto tiempo cree usted que tardará MORENA, en caso de que Andrés Manuel gane finalmente la presidencia, en igualar y hasta rebasar los niveles máximos de corrupción alcanzados en sus momentos más negros, por el PRI y el PAN?

Espero su comentario en oscar.romo@casadelasideas.com
En Tweeter soy @ChapoRomo

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