Las trincheras que se abandonan


La política, tal como se practica en estos tiempos en nuestro país y en general en cualquier otra parte, es una guerra. No hay tanques, ni lanza-mísiles, ni aviones stealth, ni portaviones, ni acorazados y demás armas de destrucción masiva, pero es una guerra. Tiempos hubo en que el origen y el motivo de las conflagraciones fue ideológico, y en ocasiones religioso; sistemas y creencias en pugna por la supremacía y prevalencia: derecha contra izquierda, capitalismo contra socialismo, liberalismo contra estatismo, cristianismo contra islamismo, delimitación de fronteras entre naciones, control de recursos naturales preciosos, expansionismo, y así sucesivamente, hasta nuestros días.

Algunas de estas pugnas entre ideologías opuestas llegaron a provocar conflagraciones de alcances mundiales cuyos costos fueron incalculables, en destrucción, sufrimiento, vidas humanas y dinero. Remontándonos a la prehistoria, me imagino que desde la edad de piedra las luchas entre clanes también tuvieron un fondo “político”, así haya sido a lo cavernario: Establecer un derecho en disputa, a veces por un territorio de caza, a veces por una zona de asentamiento, en fin, relaciones entre humanos que fatalmente derivan en conflictos de diversa magnitud, pero siempre costosos.

En estos tiempos, y hablando de nuestro país, la política se ha convertido en un instrumento maligno y destructivo, al practicarse en forma torpe y sin medir las consecuencias de los actos y decisiones que se toman con el fin de obtener y/o conservar el poder, aunque en el camino se destruya al país, y sus habitantes queden en la miseria y el desamparo más crueles y absolutos. El poder es el opiáceo por excelencia que mueve voluntades y adormece conciencias.

En México hubo tiempos en que la lucha política tuvo como origen alguna ideología, en particular aquellas pugnas entabladas entre el viejo socialismo encabezado por sus brillantes ideólogos, contra los herederos de un régimen revolucionario que siempre se las ha ingeniado para navegar entre dos o más aguas: Tan pronto se ha manifestado de centro izquierda, como ha virado hacia el centro derecha, y también ha llegado a ubicarse en un punto que quisieron considerar centro a secas. El caso es que ni para acá ni para allá: Ni agua de chía, ni limonada. Se ubicara donde se ubicara, el objetivo siempre era el mismo: El poder… y éste quedaba invariablemente en las manos de los mismos. Así fue diseñado el sistema desde un principio… y funcionó a la perfección durante más de 70 años.

Corrió el tiempo, pasaron los años y en un momento determinado “el gran dinero”, que de una u otra manera siempre ha dicho quién sí y quién no, empezó a repartir sus huevos en varias canastas, en juego perverso de ganar, ganar y siempre ganar. Con la astucia y la frialdad que les caracteriza, los grandes capitales decidieron que ya era hora de abrir el abanico de opciones, y el viejo régimen hegemónico poco a poco empezó a sentir la lumbre más y más cerca de los aparejos… hasta que sobrevino el cambio.

Pero no fue un cambio determinado por una voluntad popular de modificar el molde-modelo nacional por inoperante, aunque por encima así haya parecido. Fue simple y sencillamente el propósito miope de sacar a unos del poder para dárselo a otros, sin mediar principios ideológicos, teorías económicas, vaya, ni siquiera la seguridad de que el cambio produciría los resultados apetecidos por quienes mueven los hilos tras bambalinas. Tal vez simplemente haya sido una nalgada que se les propinó como lección a unos, por haberse portado mal y excederse en sus atribuciones y ambiciones, volteando hacia otra de las opciones y dándole la oportunidad de probar las mieles de un poder que siempre les había sido negado.

El caso es que entraron unos y salieron otros, pero no se fueron, al menos no del todo. Y doce años después se fueron los que habían llegado y regresaron los castigados. Y al parecer es probable que vuelva a hacer otro cambio, pero este de proporciones cataclísmicas. Los malos del país en el año 2000 se quedaron en la banqueta, por fuerita del palacio, aunque conservando en sus manos las llaves del reino. Con la habilidad y la experiencia adquiridas a lo largo de siete décadas de ejercer el poder, y contando con la urdimbre de complicidades, compadrazgos, intereses creados y el peso de un corporativismo que se antoja indestructible, los desalojados se convirtieron en el fiel de la balanza, sobre todo en el sexenio 2006-2012. Y después de asumir el castigo que les fue impuesto por los dueños del país, se declararon listos para un retorno triunfal, y para una nuvo reinado por tiempo indefinido… ¿El umbral de un Tercer Reich totonaca? La realidad está proxima a demostrar que no será así.

Bajemos ahora la mirada a nuestro terruño, al Sonora donde sus hijos todavía lloran por diferentes causas. Como parte de la provincia mexicana, este estado se mantuvo durante décadas como un firme baluarte del régimen revolucionario. Muy justo y razonable: Aquí nació y se fortaleció un movimiento armado que, al rebasar los cien años de haberse realizado, se antoja cada vez más desteñida. La Revolución Mexicana padece demencia senil. Y a las tierras sonorenses también les llegó el momento del cambio por castigo. Poco más o menos lo mismo que lo ocurrido hace 18 años a nivel país con la primera alternancia, toda proporción guardada.

La diferencia, la enorme diferencia entre ambas situaciones, es que mientras que allá se perdió la residencia en Los Pinos, pero se conservó el poder casi intacto (y según algunos, inclusive incrementado) acá se abandonaron las trincheras, en una actitud que para muchos rebasó todos los lómites de la cobardía política, para ubicarse dentro de los ámbitos de la malignidad. En efecto, al ceder el poder no quedaron (porque no quisieron o no supieron cómo) en posición de asumir en Sonora un papel semejante al que asumieron cuando fueron desplazados del gobierno nacional.

Y a simple vista, y en carne propia, pudimos ver y sentir el daño gigantesco que ello produjo: Una horda de villanos que gobernaron sin oposición, con plena comodidad, pudo ejercer el anti-poder, aplastando al estado de derecho con la más absoluta y total impunidad. Y hablo de toda oposición: La oposición política, la oposición ciudadana, la oposición de los medios. Todo el mundo abandonó las trincheras y salió corriendo despavorido, como si de las entrañas del Averno hubieran brotado repentinamente las legiones de demonios y hubiera que salvar el alma, además del pellejo.

A Sonora le fue aplicado un castigo ejemplar cuya magnitud aún está por determinarse, e incluso tal vez jamás pueda ser establecida con precisión, aún después de cumplido el período de las penas impuestas a los escasos delincuentes sometidos a proceso. En las elecciones del año 2009 ocurrieron tantas cosas extrañas e inexplicables, se dieron tantas y tan siniestras alianzas, intervinieron tantos y tan oscuros intereses que se requiere tiempo y hace falta mucha información para empezar a armar el rompecabezas, cosa que estoy seguro eventualmente sucederá… aunque, claro está, el niño ya se haya ahogado cenagosas del pozo.

Debo aclarar que no tengo nada en contra de los cambios, de esas alternancias que se festejan como grandes logros, aunque sin haber probado del todo su eficacia. Está bien, hay que dejar que los hechos hablen por sí mismos, pero tampoco hay por qué arrojarse de cabeza al precipicio. Lo que no me parece nada bien es que a aquel gobierno que se autocalificara como creador de un “Nuevo Sonora” se le haya extendido no un cheque, sino una chequera completa firmada en blanco, para que hiciera y deshiciera a su antojo, y con absoluta impunidad. Eso fue algo inaudito e inadmisible.

Las cúpulas nacionales del partido que perdió en Sonora en 2009, al parecer estuvieron jugando con dos o más barajas, aunque lo que les funcionó a las mil maravillas al salir derrotados hace 18 años, no lo aplicaron aquí. Debe haber una explicación para tan extraña incongruencia política, y por lo pronto y hasta la fecha, prevalece la idea de que se trató de una gran traición, de una gigantesca confabulación, de una jugada pactada en lo más oscuro de los infiernos de la política, cuyo costo brutal los sonorenses aún estamos pagando con lágrimas y sangre.

Espero que este reproche de corte un tanto histórico no caiga en oídos sordos. Lo que está ocurriendo en la actual elección nos obliga a revisar la historia reciente para no volver a cometer los mismos costosos errores del pasado. Considero innecesario aclarar que esta no es una reclamación influida por las amarguras de una militancia diezmada, sino con el justificable resentimiento del ciudadano común que, hastiado de corrupción política e imposibilitado de tomar acciones por su cuenta, sabe y entiende que en la impunidad política a ultranza todo mundo pierde, tenga o no tenga que ver con los juegos de poder que practican los desalmados.

Y que si bien es cierto que el establecimiento de pesos y contrapesos es sano y por momentos necesario, la solución del acertijo nacional no está en inmolarnos en el púlpito de las ofertas populistas del profeta de una utópica redención nacional, metiéndonos insensatamente en un laberinto del cual pudiera no haber salida.

Espero su comentario en oscar.romo@casadelasideas.com
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