La juventud actual



Por razones muy diversas, que trataré de explicar a lo largo de este escrito, siempre he tenido especial interés en observar lo que sucede en nuestras instituciones de educación superior, sean universidades, tecnológicos y otras instancias educativas donde se vacía una parte gruesa de los jóvenes que se preparan para el mañana, para ser útiles a sí mismos y a la sociedad en la vida futura. Esas instituciones son el crisol donde se funden el conocimiento y las ganas de aprender, la inquietud natural de participar en el debate público y la amalgama de mentalidades y formas de entender los sucesos del momento. Son un espejo que debemos observar con particular atención.

En mis ya muy lejanos años de estudiante tuve la oportunidad de ser alumno de tres instituciones de este tipo: primero la Universidad de Sonora 1950-1955 que, aunque pequeña en comparación con lo que es hoy en día, en aquel entonces era el centro de estudios máximo y único en Sonora. Luego entre 1956 y 1960 estuve en el ITESM Campus Monterrey, que en aquel entonces era el único campus que tenía el TEC. Y finalmente, por motivos económicos, fui a terminar mis estudios de arquitectura en la UNAM, un intenso e interesante hervidero de personalidades y mentalidades juveniles, donde viví la etapa final de mis experiencias como estudiante. Puedo decir que esa mezcla de instituciones dejó en mí una huella profunda que me marcó como individuo, y me hizo ser como fui en los años cruciales de madurez productiva, y como soy actualmente, en esta etapa final de mi vida.

Dato oportuno e importante: Hoy nuestra Universidad de Sonora ocupa el lugar 14 dentro de un universo de tres mil instituciones de educación superior que tenemos en el país, incluyendo los tecnológicos agropecuarios. Un logro que debe llenarnos de orgullo y satisfacción, y que a la vez nos obliga a poner más atención en lo que ocurre dentro de nuestra máxima casa de estudios. Es necesario y urgente que se renueve el compromiso que el gobierno y la sociedad tienen para con ella, de manera que no solo sostenga el excelente nivel, sino que inclusive lo mejore.

Los centros de educación superior siempre han atraído mi atención, no solo por ser las opciones educativas que en un momento dado tuve escoger para mis hijos, sino también, y en forma muy importante, porque en mi opinión lo que ocurre dentro de esas instituciones es reflejo de lo que ocurre en el seno de las diferentes comunidades y regiones del país, y un preludio de lo que sucederá posteriormente en ellas. Puedo estar equivocado, desde luego, pero así es como yo veo a estas instituciones que son fundamentales para nuestro país y cualquier otro. Y por eso no dejo de observar lo que ahí sucede y, sobre todo, la forma como se comportan los jóvenes que buscan ahí el conocimiento para abrirse paso en el futuro que les aguarda.

Las instituciones de educación superior en nuestro país y en todas partes del mundo han evolucionado, de eso no cabe ninguna duda, y desde luego el perfil de los jóvenes que acuden a ellas también ha cambiado, y tal vez ese cambio haya sido mayor y más profundo que el de las instituciones que, resulta por demás evidente, están sujetas a una diversidad de limitaciones que van desde lo económico hasta lo institucional interno, pasando desde luego por lo político que entre todos los demás hoy por hoy resulta ser el factor determinante.

Los estudiantes en universidades y tecnológicos han sido siempre, y lo siguen siendo, materia prima preciosa desde cualquier punto de vista, particularmente el de los partidos políticos que, hambrientos y babeantes, observan ese enorme mercado de ímpetus y mentalidades que está a su alcance, pero al que a la vez le tienen un miedo cerval. Se acercan a él, pero con infinitas precauciones, temerosos de una explosión que puede ocurrir si se da la chispa más pequeña.

Lo acabamos de ver en esta campaña por la presidencia. Los candidatos han ido ya a la Ibero y al Tec de Monterrey, cuyo alumnado al parecer consideran menos peligroso a la hora de exponerles sus propuestas. Sus diagnósticos internos tal vez les indiquen eso, pero no estoy muy seguro de que sean acertados. Tanto los muchachas y muchachos de la Ibero y el Tec son una suerte de dragones en hibernación, como lo son los de la UNAM, el Poli y cualquier otra institución de educación media y superior.

En la actualidad un estudiante puede ser mejor que la escuela donde estudia, lo que antes difícilmente sucedía. Y esto se debe a que hoy en día los estudiantes tienen a su disposición toda la información que necesitan y todas las herramientas para acceder a ella están en la palma de sus manos, lo que en otras épocas no sucedía. Solo teníamos las bibliotecas y los maestros, y pare usted de contar. Hoy la información está por doquier, lo único que hace falta es la capacidad para procesarla y asimilarla. Y todo indica que ahí precisamente está en problema.

La rebeldía natural que tradicionalmente se ha considerado parte natural de la juventud, el espíritu crítico, el escepticismo que todo lo rechaza y todo lo somete a escrutinio profundo, y la desconfianza que despiertan los cantos de las sirenas, parecen haber desaparecido, o por lo menos mermado en forma considerable. El hecho de que los jóvenes acepten llenar los auditorios para escuchar a unos candidatos que no tienen nada importante que decirles, y que se atreven a lanzarles a la cara su demagogia repugnante, sin que sean sacados a empellones de esos lugares, me dice que algo grave está ocurriendo con nuestra juventud, y no nos hemos dado cabal cuenta.

El talante de los jóvenes es potencialmente explosivo. En un instante puede pasar de una jovialidad amistosa y plácida, a una furia capaz de acabar con todo a su paso. Si el joven por naturaleza desprecia y rechaza la mentira y el engaño, y en esta campaña lo que abunda, lo que predomina es precisamente la mentira y el engaño, y eso es lo que llevan en sus manos y en su boca los candidatos que van a visitarlos ¿cómo es que lo toleran? ¿Cómo es que se lo tragan como si fuera un bocado selecto? Algo muy serio está ocurriendo con nuestros jóvenes, y al menos yo no alcanzo a explicármelo.

Que quede muy claro: de ninguna manera estoy incitando a la violencia a los jóvenes estudiantes. Simplemente los estoy invitando a que reflexionen antes de dar por bueno lo que los políticos en campaña van y les venden como espejitos de vidrio y cuentas de plástico. Los estoy convocando a que apliquen el discernimiento y el juicio crítico que llevan dentro, para evaluar los dichos y las ofertas de los mercachifles del populismo demagógico. Que sean lo que son y deben ser, dentro de su inexperiencia y falta de madurez: la fuerza limpia y vibrante que representa lo mejor que tenemos en cualquier comunidad: nuestra juventud. Siempre han sido un baluarte de la sociedad, y hoy más que nunca necesitamos que lo sigan siendo.

Si a los adultos mayores y a los viejos (como el que esto escribe) nos quedan claros la ausencia de propuestas y la mendacidad que satura los pronunciamientos baratos y las arengas de plazuela, para los jóvenes que alegan hartazgo y repudio al estatus quo, debiera de ser aún más evidente que la forma de lograr los cambios que el país necesita con urgencia es precisamente ejerciendo a plenitud la capacidad de discernimiento y la fuerza de las convicciones, evitando caer en las tupidas redes del engaño donde se debaten ya millones de incautos, incapaces de ver el terrible error que están a punto de cometer las masas que nacieron para ser manejadas como ganado, y ser llevadas al matadero que está a la vuelta de la esquina.

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