¿Qué necesidad de decirle nalgas prontas al Ruy?

¿Qué necesidad de decirle nalgas prontas al Ruy?


 

¿Qué necesidad tenía Juan Carlos Zúñiga de decirle nalgas prontas al arzobispo? Y luego al aire, en plena mesa de discusión en la radio. Si les digo, el Zúñiga pecó de nuevo: tantos años en el negocio y no saber mover el abanico, pues.

Sí: así como lo oyen. Cuando supe de ese desatino del Juan Carlos se me vino a la mente el filósofo de Parácuaro: Juan Gabriel. Y no, no fue por lo de las nalgas, como muchos e muchas cochambrosamente pensarán, sino por el dicho completo. ¿Qué necesidad, hombre? Y como les decía: me acordé de Juanga, quien dejó escrito en la dura piedra de la memoria popular la letra aquella que dice: “Pero ¿qué necesidad, para qué tantos problemas…?”

Juan José Arreola dijo que “no hay pensamiento que no se realice en términos de lenguaje y que no pueda ser transmitido a los demás. El lenguaje modela al espíritu, y éste a su vez modela al lenguaje. Nuestro modo de hablar es nuestro modo de ser. El espíritu sólo puede ampliarse en términos de lenguaje”. O sea: algo le quiso decir el Zúñiga a Rendón (¡Dios!: me sentí Ochoa Reza. ¡Safo!)

Entonces, estaremos de acuerdo en que, además, el lenguaje escrito y ahora el grabado —y más el videograbado— no sólo modelan el espíritu, sino que quedan permanentemente resguardados para ser tomados una y otra vez como herramienta en la cotidiana tarea de transmitir el conocimiento… o para destrozarle la vida a quien sea: lo que ocurra primero.

Parafraseando al escritor jalisciense, podemos decir que por ello, hablar y escribir resulta doblemente importante en el quehacer nunca reconocido con suficiencia de asistir al aula y cautivar a los estudiantes con los conocimientos que nos fueron heredados en textos y en grabaciones —y ahora en videograbaciones— que alguien tuvo el cuidado de escribir y grabar para saldar parte de su compromiso con la vida, porque hablar, escribir y grabar u videograbar, dedicarse a poner en el papel o en soporte digital las ideas propias o las que terceros le han infundido es una práctica o un oficio que comporta en cierto modo una ritualidad ceremonial parecida en muchos casos a actos sagrados.

En ese sentido, hablar y escribir y grabar (e videograbar, pues) es, por decirlo en un puñado de palabras, un acto de fe. ¡Qué ironía! Un acto de fe ante un administrador de la fe. ¡Merde alors!

El lenguaje es, como decía Miguel de Unamuno, la sangre del espíritu. Y si bien es cierto que el lenguaje no analiza de un modo único un mismo hecho objetivo, también es cierto que los comunicadores deberían tener el suficiente cuidado al expresarse porque, nos gusten o no, son multiplicadores de ideas que finalmente se convierten en elemento esencial del espíritu de los pueblos. Sobre todo en pueblos de ciegos, como el nuestro, lastimosamente.

 

Desde la Grecia clásica el arte de las palabras fue patrimonio casi exclusivo de los pensadores. De modo que la habilidad de decir, nombrar o designar la realidad con el mayor y mejor número de expresiones era, es y de seguro seguirá siendo potestad de quienes manifiestan un espléndido dominio de la lengua y de las ideas.

Un comunicador debería que tener eso en cuenta. Aunque en los medios se encuentra uno con cada espécimen fugado de la ExpoGan que hasta el olor a boñiga se percibe porque la ignorancia no se cura con la mala información. No diré quiénes son porque ellos ya lo saben. Y la sociedad también.

No es el caso de Juan Carlos Zúñiga, ciertamente, a quien avalan más de 20 años de trayectoria profesional, un higiénico manejo de su conducción ante el micrófono y un sólido prestigio de periodista solidario y, lo mejor, muy bien preparado. Entonces uno se pregunta: ¿qué necesidad había de decirle nalgas prontas al Ruy?

Dicen los expertos en nanopsicología heliosustentable (una licenciatura que acabo de inventar en este instante, pero que podría abrirse próximamente en una de las 63 instituciones y empresas que ofrecen educación superior en Sonora) que de un imbécil hay que esperar tonterías y de un genio sólo cosas brillantes. De lo primero, la política mexicana está llena de ejemplos. De los segundo también tenemos representantes dignos que nos iluminan el día con sus aportes. Que nos extrañe, dicen los egresados de nanopsicología heliosustentable, cuando un imbécil salga con ideas brillantes y un genio con estupideces, porque algo no está bien. Entonces vuelvo a lo mismo: ¿qué necesidad había de decirle nalgas prontas al arzobispo?

 

No estoy muy seguro que el Zúñiga haya dicho lo que dijo sin haberlo pensado, sin haber medido las consecuencias de lo que vino después. Tampoco puedo decir que lo que vino días después haya sido, en estricto rigor, por causa de lo que dijo.

En la canción “Tan joven y tan viejo”, Joaquín Sabina dice en una estrofa: “Por decir lo que pienso, sin pensar lo que digo, más de un beso me dieron y más de un bofetón…”

Y en el mundo actual, los bofetones cibernéticos están a la orden del día, porque cuando la jauría digital se desata, es imposible frenarla y la sentencia te acompaña para siempre: cada vez que alguien te busque en internet, tu imagen devolverá ese retrato deforme y monstruoso creado con retales de titulares sensacionalistas, frases sacadas de contexto y fotos de tu pasado rescatadas para humillarte.

La turba nace en las redes, pero puede convertirse en algo muy real. El linchamiento cibernético acaba en no pocas ocasiones provocando verdaderas tragedias. Y es que los justicieros de las redes sociales creen estar haciendo el bien “poniendo las cosas en su sitio”, y la única forma de hacerlo es mediante la humillación pública.

La tormenta de acoso se conoce en internet como shitstorm, o tormenta de mierda, y es fomentada casi siempre por las mismas organizaciones que provocan campañas de apoyo o de rechazo a algún personaje o situación, pidiendo la firma y el renvío electrónico de esas herramientas dirigidas a defender un bien o a eliminar el mal. Atrás de esas campañas hay un gran negocio oculto que se alimenta de la recepción y renvío de la solicitud a oficinas donde no son recibidas, o si lo hacen, no son tomadas en cuenta. De ahí que en nuestro país este tipo de campañas no tengan éxito. Por lo general, cuando “provocan” algún cambio es porque ese cambio ya estaba previsto o porque tal funcionario ya había decidido irse a descansar a otro puesto.

Y de ahí también que, para simple descargo de nuestra alma inquisidora de sillón, salgan a relucir tantos #Lady y #Lord en las redes que no llevan a ninguna parte, sólo a sentirnos con un poquito de poder ante el monitor y el teclado para lavar nuestra indignación, esa misma que desaparece como por encanto al apagar la computadora.

Pues eso mismo se le vino al Juan Carlos después de decirle nalgas prontas a Ruy Rendón. Y podemos estar de acuerdo o no con lo dicho por el Zúñiga, pero indudablemente la libertad de expresión tiene límites establecidos por la ética, la legalidad, el respeto y los valores del periodismo (u oficios afines). ¿Basta una disculpa pública? Lo ignoro.

El Zúñiga tenía el derecho de decir lo que quisiera como persona. Pero como periodista y comunicador profesional tenía también el deber de comportarse de forma ética, plural y respetuosa. Basta recordar algunos de los valores fundamentales del “mejor oficio del mundo” para darnos cuenta de las fallas: El periodismo es investigación, fundamentación, imparcialidad, contextualización, honestidad, responsabilidad social…” Aunque si esto es cierto, habría entonces que satanizar al 99% (por no decir que al 100%) de las columnas y programas de opinión que se producen en México en todos los soportes que uno puede imaginar, y no sólo al Juan Carlos.

Aun con eso, creo que la shitstorm que se desencadenó contra el Zúñiga no tiene qué ver con la libertad de expresión ni con la ética profesional, sino con el oportunismo político, depravado y defensor de las supuestas buenas costumbres, porque hay que aprovechar las circunstancias del momento. Porque al final de cuentas nadie dice nada acerca de que el Silvester Stalone salga en la televisión mexicana, amparado por la marca de una cerveza (pavlovianos: a salivar, plis), arengando cual pélida Aquiles a un puñado de futboleros extraviados que aparentan ser la selección mexicana para que le metan huevos en el mundial. (“No, gracias, ya desayunamos”, dice el más imbécil, claro).

Que no nos extrañe: en nuestro país la doble moral tiene una curul importante junto a los medios, a los gobiernos y a los advenedizos de la política. Se mide el mismo acto de manera diferente.

Yo creo que, en términos rigurosos, decirle nalgas prontas al Ruy es faltar a la verdad, considerando que el arzobispo trae 64 años como equipaje personal, y no se sabe que sea una raya de lumbre en la pista de La Milla, pero si nos abrazamos al sentido mayestático de la expresión, pues cabría la posibilidad que este señor sí sea un nalgas prontas; de hecho, un nalgas rápidas y furiosas cuando se sube a su Lincoln Navigator (perdón: es que no creo que el delegado de Cristo en Hermosillo transite en un Tsuru de modelo atrasado… ya ni AMLO) y le dice a su chofer: “Ora sí, nene, vamos a convertirnos en Vin Diesel y Michelle Rodríguez para ‘apatrullar’ la ciudad en busca de almas qué rescatar”. ¿Qué si quién se convierte en Vin y quién en Michelle? ¡Yo qué sé! Eso averígüenlo ustedes… no sean nalgas lentas.

A ver, ¿qué necesidad tenía el Zúñiga de decirle nalgas prontas al Ruy? Bien podría haberle dicho glúteos raudos y todavía nos estuviéramos meando de la risa... todos… incluyendo al arzobispo y a Dios sentado en su Eternidad.

 

Armando Zamora

armando.zamora@gmail.com

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