Por si las moscas

Entiendo que México requiere un cambio profundo, renovador y con rumbo, pero ese cambio no puede provenir de alguien que ha vivido desorientado y confundido toda su vida”

Nos encontramos a 54 días del “Día D”, que en este caso no será un desembarco como el de las tropas aliadas en las playas de Normandía, en la gran invasión que marcó el principio del fin de la II Guerra Mundial, sino del día en que los mexicanos desembarcaremos en las playas pedregosas y desconocidas de lo que se presume será un nuevo México, que si a fin de cuentas no resulta del todo nuevo, cuando menos podemos garantizar que será diferente al que hemos tenido a lo largo de nuestra historia moderna. Este proceso que hemos estado viviendo lo dice con absoluta claridad: nos encontramos en el umbral de los nuevos tiempos; tiempos que nadie se atreve a decir si serán mejores, iguales o peores que los anteriores. La incógnita es gigantesca, y crece día con día.

Gane quien gane, México ya no será el mismo. En vista de lo que ha sucedido en los meses de campaña, es materialmente imposible que las cosas se mantengan inalterables. Y cualquiera que sea la diferencia entre ese nuevo México que aún no se define, y el anterior que dejaremos atrás, lleva dentro de sí la simiente de un cambio, aunque no necesariamente sea el que ofrece este, ese o aquel candidato. El escalofriante nivel al que han llegado el clima de odio y el ambiente de polarización y desencuentro, marcan el punto de arranque del nuevo sexenio, en una nueva etapa en la vida de nuestra nación que nace bajo el signo ominoso del conflicto y de la intolerancia que encontramos por doquier en este momento crucial y definitorio.

Todos los procesos electorales que ha vivido nuestro pueblo han sido difíciles y complicados, pero ninguno como este que está por finalizar. Elecciones llenas de detalles muchas veces abiertamente tramposos, pero que invariablemente nos han obligado a revisar las leyes, mecanismos e instituciones para supuesta e ilusamente someter a control las actuaciones de los partidos políticos y sus candidatos que, en un juego perverso de “tú haces como que mandas, y yo hago como que obedezco”, terminan haciendo lo que les viene en gana, mientras las instituciones electorales caen cada vez más bajo a los ojos del pueblo mexicano, y las leyes electorales pierden poco a poco su validez, ante las descaradas y constantes violaciones que el hampa política comete en absoluta y total impunidad.

Pero eso, siendo francamente deleznable, no es ni con mucho lo peor. En mi larga vida he participado como ciudadano en muchos procesos electorales, y he sido testigo de infinidad de sucesos que no viene al caso comentar con lujo de detalles, y que quisiera no recordar y nunca volver a vivir. Ninguna de ellas, por lamentables y dolorosas que sean, se compara con lo que he visto y experimentado en el actual proceso, al que todavía le falta la parte final, que seguramente será mucho más violenta y más sucia que lo que hemos vivido hasta este momento.

Al clima de hartazgo que reina actualmente en el país se ha atribuido principalmente la aceptación del conflicto como norma política entre unos mexicanos y otros, entre un partido y otro partido, entre una y otra clase social, entre un sector de la población y otro, entre padres e hijos, entre amigo y amigo. El odio está a flor de piel en una parte gruesa de la gente, en cualquier rincón del país. El insulto está en la punta de la lengua en las conversaciones cara a cara, y en la comunicación instantánea que se da en las cada vez más violentas y virulentas redes sociales. No hay espacio para la reflexión ni para el discernimiento. No hay lugar para la tolerancia y la aceptación del criterio ajeno. Y desde luego no cabe la serenidad, y mucho menos el respeto. Todas las reglas de convivencia armónica se han ido al carajo, tal vez para no volver jamás.

Y esto es lo que me llena de pavor, más que ninguna otra cosa, incluso más que la perspectiva aterradora de pobreza y hambruna generalizadas, de la invasión de la privacidad y la desaparición de la propiedad privada, y la expropiación de inmuebles, empresas y todo cuanto hay. Me aterroriza que podamos vernos obligados a vivir -de aquí en adelante- en un país en perpetuo conflicto, en medio de rencillas permanentes, de ramalazos de furia irracional ante la discrepancia en las formas de pensar y de concebir la vida. Sumidos en un horrendo clima de odio dentro del cual lo irracional sea el denominador común y la agresión y la violencia física y psicológica formen parte del ambiente cotidiano.

Resulta por demás evidente que en estos momentos no todos los mexicanos estamos viendo el mismo panorama. Una parte importante de nuestro pueblo ha decidido ciegamente adoptar las teorías desquiciadas de un individuo caduco y desubicado que durante casi 20 años ha venido demostrando lo que es y cómo piensa, y que a lo largo de toda una vida a la caza del poder no ha mejorado en nada que valga la pena, excepto en la forma de aprovechar en su favor los indudables errores y las catastróficas metidas de pata de los que han gobernado este país desde que inició este siglo. De ahí parten su estrategias, y esa es su única fortaleza, y seguramente en ambos factores está fincado el respaldo aparente que muestran las encuestas que cada vez pierden más credibilidad y confianza, ante la aberrante variación en los resultados que presentan.

No es un héroe, sino un villano. No es un regenerador, sino un enterrador. No es un mesías salvador, sino un demonio. No habla con la verdad, la mentira es parte integral de su ADN. Su nombre es legión.

Coincido plenamente con quienes piensan que esta elección se va a decidir por la emoción, y no por la razón. También coincido con los que consideran que el voto del miedo jugará un papel importante, y tal vez decisivo. La pasión está sofocando al raciocinio, y las vísceras se imponen con facilidad a las neuronas cerebrales. Me entristece y preocupa que una decisión tan importante como la que los mexicanos vamos a tomar el domingo 1º de julio, se vaya a basar en sentimientos y no en ponderaciones de cualidades y defectos, de proyectos y propuestas y no de ocurrencias sin sentido. Un futuro nebuloso e impreciso que se determina por las razones equivocadas. Pero de nada vale seguir insistiendo en este tipo de consideraciones, porque la polarización es absoluta, irreversible, granítica, y la ceguera impide ver, y la obnubilación no deja entender.

Ante la remota posibilidad de que súbitamente se haga la luz y se abra el entendimiento de los que se niegan a entender, por si las moscas -como dice la vieja y conocida frase- voy a poner mis barbas a remojar, y voy a empezar a prepararme para lo que viene. A mi edad es absurdo tener que crear muros defensivos contra una serie de situaciones que se prevén adversas y sumamente lesivas. Cuando se llega a una edad avanzada como la mía, uno piensa que la vida le va a permitir disfrutar de los últimos años en santa paz, como debería ser en un país cuerdo y justo. Pero he aquí que no me será posible, ni a mí ni a los millones de viejos que estamos llegando al final del camino, y si a esas vamos, tampoco a los hombres y mujeres que se encuentran en la flor de la vida, y a los niños y jóvenes que apenas empiezan el camino.

Impensable la posibilidad de salir huyendo ante lo que se avecina. Impensable y además fuera de toda regla de vida que he seguido. Aquí en esta tierra nací, aquí he vivido todos mis años, y aquí pienso descansar, convertido en cenizas dentro de una urna. Pensar en abandonarla cuando más me (nos) necesita, y cuando el modesto fruto de mis esfuerzos está aquí, y cuando a mis hijos y nietos les espera la batalla de sus vidas, es absurdo: tengo que quedarme a luchar con ellos, y por ellos.

Quienes me conocen saben que a mí nunca me ha impresionado el tamaño de los molinos de viento con los que combatido, ni me ha dado miedo enfrentar adversarios poderosos. Modestia aparte, he dejado testimonios suficientes de mis luchas, y en mi epidermis y en mi espíritu, que se niega a arriar banderas, llevo las cicatrices de las batallas del ayer. Tal vez esta sea la última, y ya no me quede tiempo para las que sin duda vendrán más adelante, pero me propongo dar esta batalla final como he dado las otras, a pie firme, sin arriar banderas, y con las únicas armas que Dios ha puesto a mi disposición, que son la espada de la palabra y el escudo de mis convicciones.

No sé qué piense hacer usted ante el panorama que tenemos a la vista, ni sé si es de los que piensan de una forma o de la otra, pero sea como sea y por si las moscas, le sugiero que vaya asumiendo una posición y cavando un trinchera para enfrentar la lucha, sea cual sea el candidato de su preferencia. Nadie quedará a salvo, ni triunfadores ni derrotados, ni vencedores ni vencidos. El país está completamente fracturado y no hay forma de reparar el daño que le han causado los mercaderes del odio y los vendedores de conflictos.

Espero su comentario en oscar.romo@casadelasideas.com
En Tweeter soy @ChapoRomo

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