Un optimista eventual

Hoy amanecí con ganas de estar optimista. Hoy al levantarme de la cama fui al guardarropa, saqué mi viejo y arrugado traje de optimista eventual y me lo puse, después de tomar un baño refrescante. Debo decir que me quedó un poco justo, sobre todo en la parte del abdomen, pero aún así decidí conservarlo puesto. Además, no tengo otro, y tampoco me da la gana de ir a alguna tienda a ver si de casualidad encuentro uno que me venga bien, y que se ajuste a mi mermado presupuesto. Por lo que entiendo, hace mucho tiempo que ya no se venden ese tipo de trajes. Tal vez porque se han convertido en artículos pasados de moda y fuera de uso. Usted me dirá… Como sea, me armé de valor, y encendí el motor de mi carcacha mental.

Al abrir los ojos al nuevo día me dije: “Hoy quiero pasar el día con ánimo positivo…” Sentí que lo merezco, que me he ganado el derecho de abandonar, aunque sea por un día, el canijo mundo de problemas, conflictos, tristeza y desolación en que muchos -la inmensa mayoría de nosotros, lo reconozcamos o no- vivimos desde hace buen rato, y transportarme, así sea en alas de la imaginación, a un mundo utópico donde reine la paz y se respiren aires más puros, menos ponzoñosos y pestilentes. Y no menciono el torbellino electoral porque, aunque todavía faltan algunos días, pasará. Dejará lo que deba dejar, y pasará como los huracanes que destrozan todo a su paso.

Quiero disfrutar este sentimiento con el que empiezo este día, apurando hasta la última gota el placer que me brinde, antes que de nuevo se abata sobre mí la realidad, con todo su peso y con toda su crudeza. Son tiempos malos estos que vivimos, ni hablar. Las cosas caminan a veces de lado y muy seguido hacia atrás, como parecen caminar los cangrejos, y rara vez -muy rara vez- hacia delante, como supuestamente debería ser. Y no me consuela el saber que en casi todas partes de este mundo la situación es más o menos parecida. No, los males que aquejan a los otros no hacen que los míos sean menos duros, y me agobien menos.

Dirá usted “¿Y ‘ora este vejestorio, qué bicho le habrá picado?” Y sinceramente no puedo decir que no le asista la razón al pensar que se me terminó de zafar el último tornillo que me quedaba más o menos en su lugar.

Pero déjeme explicarle, a ver si logro aclarar sus interrogantes: El pasado día 31 de mayo el programa “CasadelasIdeas”TV cumplió siete años de vida, y el próximo viernes 8 del presente se cumplirán ocho años que haber lanzado a los espacios brumosos e infinitos de la Internet “Casa de las Ideas”, esta revista electrónica, portal, sitio web, nave espacial editorial o lo que sea, que usted nos está haciendo el favor de recorrer en estos momentos, esperamos que con agrado e interés. Los escritores originales lo hicimos un poco como los chamacos cuando lanzan un “papalote” al aire: sin saber a ciencia cierta a dónde nos llevarían las caprichosas corrientes de aire, pero con la esperanza de que se mantuviera volando indefinidamente, cada vez más alto, aunque eso implicara cerrar los ojos a la realidad que nos dice que en este mundo en que vivimos nada dura para siempre, que las amenazas están a la vuelta de la esquina, y que los nubarrones que presagian tormenta pueden aparecer en cualquier momento.

Nada de eso importa en este momento. Hoy traigo puesto mi viejo y raído traje de optimista. A mi edad he decidido que no me da la gana de sentarme en una mecedora a ver pasar el resto de mi vida frente a mis ojos, sin intentar darle una buena mordida, quizá una última mordida al mundo, aunque se me caigan los escasos dientes que me quedan. He decidido que me quedan energías para intentar algo nuevo, un proyecto que siendo mío pueda compartir con otros, algún nuevo sueño antes de que se me acabe el tiempo. Siento que no estoy listo para abandonar la trinchera donde he combatido los últimos 35 años de mi vida, y donde he llegado a sentirme tan cómodo como si fuera un segundo hogar.

El haber logrado lanzar ¡por fin! ambas “Casa de las Ideas” al intrincado espacio de la comunicación, después de tantas y tantas frustraciones, de interminables dolores de parto y gastos que en un principio amenazaron con acabar con mis mermadas reservas económicas, es como oxígeno puro para alguien que se asfixia. Como el inmortal etíope Abebe Bikila al terminar sus maratones, el agotamiento agarrota mis músculos, pero al mismo tiempo me brinda el incentivo para tomar un respiro y dar el siguiente paso hacia delante.

Será mi herencia de sangre o será la forma de ser que he construido a lo largo de mi vida, y del prolongado proceso de maduración que aún no concluye, o tal vez sea la formación de arquitecto que recibí hace muchos, muchos años, el caso es que siempre me ha gustado tener en marcha algún proyecto, alguna idea en gestación, algo nuevo qué hacer. Abomino la pasividad y el ‘dolce far niente’ tan apreciado por los italianos. Un viejo amigo a quien traigo perdido de vista, en alguna ocasión me puso por apodo “el volcancito”, así, en diminutivo, no sé si por mi baja estatura, por estar siempre en actividad, o por mi carácter explosivo… o por las tres cosas. Tendría que pedirle a él la explicación… si lo vuelvo a encontrar en los caminos de la vida.

Creo que la vida es para vivirla a plenitud, haciendo de cada día una nueva aventura, y tomando los sucesos buenos con mesura, y los malos como retos y, aún mejor, como experiencias aprovechables. Creo que se aprende mucho más de las derrotas y los tropiezos, que de los triunfos. La vida me ha enseñado que la vanidad proviene del sobredimensionamiento de los éxitos personales, y el abultamiento de la propia importancia. El ego puede convertirse en un enemigo formidable, si no se le sabe controlar. Humildad es la palabra.

Si algo deberíamos haber aprendido de las innumerables crisis que llevamos a cuestas, es que nunca hay que bajar la guardia y que el esfuerzo diario, duro, inacabable y agotador es el verdadero destino, y el crisol donde se templan el carácter y la fuerza de voluntad.

Nunca me percaté de ello cuando estaba joven y veía a mi padre fajarse contra las adversidades en un duelo personal que sólo valoré hasta que fue demasiado tarde para decírselo, y más aún para agradecérselo. Y un frío día de diciembre lo dejé ir, en medio del mar de lágrimas que por su partida derramaron mi madre, mis hermanos y hermanas, mis sobrinos y parientes, y toda la gente que lo quiso por ser quien era y cómo era… o a pesar de ello. Se marchó y a estas alturas de mi vida siento que fue demasiado lo que quedó sin decir, demasiado lo que quedó sin explicar, y aún más lo que quedó sin perdonar. Y yo no quiero que conmigo pase lo mismo.

Me pueden quedar pocos o muchos años por delante. Como a cualquier otro ser humano, me resulta imposible distinguir dónde está pintada la famosa raya que nadie ha logrado brincar jamás. De ahí que he hecho mía la filosofía de que hay que vivir cada día como si fuera el último, y mi máximo deseo e ilusión es morir como aquellos vaqueros del viejo oeste norteamericano: Con las botas puestas y mirando al cielo, en vez de esperar que venga la Parca y me sorprenda sentado en una poltrona, meciéndome y contemplando la caída de las hojas, de los árboles y del calendario.

Y cuando las ambiciosas metas que nos hemos planteado para las dos “Casa de las Ideas” se hayan cumplido -porque se habrán de cumplir sin ninguna duda- buscaré y encontraré otro nuevo objetivo, una nueva aventura que me mantenga activo y con las velas hinchadas al viento. Como dijera algún inspirado poeta: “Quiero morir cuando despunte el día, de cara al sol…” y yo agregaría “y que la muerte me sorprenda trabajando en lo que sea, en cualquier cosa con tal de no morir víctima del ocio y la inactividad que matan peor que la más cruel enfermedad”.

Sí… hoy amanecí con ganas de estar optimista. Siento la excitación de las horas aún no vividas y de las experiencias aún por descubrir. Quiero tomar mi destartalada lanza, montarme en mi viejo Rocinante y arremeter contra los molinos de viento -reales o imaginarios- que aún me esperan en algún lugar, esos viejos adversarios que nunca he podido vencer y que me siguen retando a combate.

Voy a vivir este día con la misma intensidad que viví los días de vino y rosas de mi juventud, cuando la sangre corría impetuosa por mis venas y creía que el mundo era mío y que nada ni nadie podría detener mi alocada carrera hacia donde me esperaban los primeros tropezones. Voy a aspirar el aroma de cada minuto, de cada hora y voy a engullir hasta la última migaja que esta jornada me ofrezca. ¿Mañana? El mañana aún está lejos y me queda mucho por hacer para perder el tiempo asomándome a la ventana para ver si ya está a punto de llegar.

Quiero conservar mis sueños intactos, los viejos sueños y los nuevos sueños, fundidos en un solo delirio de vida por vivir. Siempre he dicho que aquel que no es capaz de soñar, no merece vivir. Quien nunca ha tenido sueños por los cuales luchar es un muerto en vida que merece su suerte y la muerte. Me niego a arriar banderas y me niego a ser parte de la corriente, al menos por el día de hoy. E igual que lo hace un alcohólico anónimo, daré un paso a la vez, un día sí y otro después, porque aún los monumentos más grandes y hermosos fueron construidos piedra a piedra por los viejos artesanos.

Lo invito, pues, a que el día de hoy viva usted conmigo una borrachera de optimismo, aunque mañana la resaca nos haga comprender que siempre hay un precio qué pagar… aún por la hermosa parranda que representa el poder ver el mundo a través de un engañoso cristal color de rosa, siquiera por unas horas.

Espero su comentario en oscar.romo@casadelasideas.com
En Tweeter soy @ChapoRomo

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