De regreso al futuro

De regreso al futuro



No se preocupe usted, estimado lector, en este artículo no me propongo hablar sobre la trilogía de películas “Back To The Future”, estelarizadas por el inolvidable actor Michael J. Fox, y que fueran un gran éxito de taquilla por allá en 1985 cuando fue estrenada la primera parte de esa trilogía de ciencia ficción, hace ya 33 años. Y mire usted lo que son las cosas, los maduros cincuentones de hoy, padres y madres de familia en plenitud de facultades y de productividad, en aquel momento apenas rondaban los 16 y 17 años de edad, o sea, apenas estaban entrando a la llamada “edad de la punzada”, y por ello esta trilogía cinematográfica seguramente forma parte de sus recuerdos de juventud.

Pues no está usted para saberlo, ni yo para contarlo, pero debo decir que cada día que llega y cada día que se va me siento más y más intranquilo, me va embargando lenta pero seguramente un sentimiento de inquietud, de incertidumbre y de zozobra, ante los sucesos que van cayendo en nuestra realidad de vida cual aerolitos gigantes, que nos impactan como mísiles siderales, y que alteran nuestra ya de por sí alborotada existencia. Sucesos políticos, naturalmente, que a querer y no conforman inevitablemente el ambiente que nos ha rodeado como miasma ponzoñosa a lo largo de los nueve interminables meses que lleva el proceso electoral 2017-2018.

Pero no solo son los sucesos políticos, que desde luego tienen un efecto definitivo sobre nuestros estados de ánimo, en un día a día que pesa sobre nosotros como una losa de granito en las espaldas. Paralelamente han empezado a suscitarse situaciones externas con un alto potencial disruptivo, y ante las cuales poco o nada podemos hacer, como individuos y como comunidad. Situaciones que escapan por completo a nuestro control y que dependen fundamentalmente de la voluntad de los dirigentes de los países con los que hemos mantenido excelentes relaciones diplomáticas y comerciales durante más de tres décadas, casi cuatro. Hablo de Estados Unidos y de Canadá, y también de la Unión Europea que, aunque más distante, también forma parte del entorno global en que nos hemos involucrado desde hace tiempo.

Me preocupan los cambios que se anuncian, derivados de la implantación de los primeros incrementos arancelarios ordenados por el gobierno de Donald Trump sobre el aluminio y el acero de México, Canadá y otros países, a los cuales nuestro actual gobierno ha respondido con el incremento a los aranceles sobre 25 productos de procedencia estadounidense, a manera de contramedida comercial. Esto es solo el principio de un entorno muy desfavorable que se presenta en el momento menos oportuno para nuestro país, en el que estamos por definir el rumbo que tomará de cara a los próximos años.

La década de los ‘80s se caracterizó por la inestabilidad económica y la galopante inflación, los controles cambiarios, el constante deterioro del poder adquisitivo, los altos intereses aplicados al pasivo, y por encima y alrededor de todo esto el enfermizo proteccionismo oficial sobre un anquilosado y obsoleto aparato productivo nacional, incapaz de producir los satisfactores que la sociedad mexicana demandaba. Esta situación generó aquellos pactos económicos que por decreto pretendían resolver una situación del todo imposible. La restricción de las importaciones era brutal, y solo era posible conseguir productos extranjeros mediante el contrabando, la fayuca y el inacabable juego de las mordidas que durante años se dio en los puestos aduanales fronterizos, de los cuales llegó a haber hasta seis (más las llamadas “volantas”) solamente entre Nogales y Hermosillo, sobre la carretera internacional 15, entonces de dos carriles.

Nuestros hijos y nietos no tienen un recuerdo claro de esas épocas aciagas. Por ejemplo Óscar, mi hijo mayor, en 1980 apenas tenía 15 años; Carlos, mi hijo intermedio, tenía 11 años; y Leonel, el menor, apenas tenía 8 años. Y desde luego los siete nietos que ahora tengo y que adoro, aún no eran siquiera proyecto. Si mis hijos guardan apenas vagos recuerdos de aquellos tiempos tan difíciles, mis nietos y nietas, nacidos en tiempos totalmente diferentes, y acostumbrados a obtener cualquier artículo que se les antoje con solo ir a cualquier tienda de las miles que hay en la ciudad, no tienen ni la menor idea de lo que es carecer casi de todo, y de que lo que es posible conseguir sea caro y de baja calidad. Nada de compras en línea, que en aquel entonces eran inconcebibles, ni compras en Amazon, ni pedir cosas a China o a cualquier parte del mundo. Ellos son parte de otro mundo, el de hoy, que en nada se parece al de aquellos años, cuando se estrenó “Back To The Future”.

Para ellos, los nietos, es imposible concebir un mundo sin Costco, sin Sam’s Club, sin Walmart, sin tiendas Apple, y sin la infinidad de franquicias restauranteras que existen en la actualidad: Applebee’s, Dairy Queen, Papa John’s, Peter Piper, Mc Donalds, y etcétera, etcétera. Ellos no saben lo que es una inflación de dos dígitos, y tampoco saben ni conciben volver al pasado mediante el cierre general de las importaciones para proteger el aparato productivo nacional. La Generación “Z”, los Millenials, y aún la Generación “X”, lo único que conocen es lo que han escuchado desde que nacieron: que el gobierno no sirve, que todo lo que hace es malo, que es un inmenso nido de corrupción y de maldad, y todo eso que se dice y repite en el seno de las familias, muchas veces con motivo y razón, pero muchas otras veces por simple costumbre, porque todos lo dicen, aunque no haya una base sólida de sustentación para las quejas y las críticas.

Por eso me preocupan e inquietan las implicaciones que tienen y pudieran tener los profundos cambios que se avizoran, tanto en el interior de nuestro país como en el exterior, en los países que durante décadas han sido nuestros amigos y socios comerciales. Y también lo que pueda significar la cancelación del TLC o el diferimiento de la renegociación de este tratado tan importante para los países involucrados, y muy en especial para sus ciudadanos. Asuntos sobre los que nuestra juventud debe reflexionar profundamente, aún no habiendo tenido la oportunidad de vivir las experiencias necesarias para normar y aclarar sus ideas y criterios. Pero para eso estamos nosotros, sus padres, que tenemos la obligación de narrarles y describirles cómo fueron aquellas épocas terribles de crisis permanentes y dolorosas.

La paridad peso-dólar nos será cada vez más desfavorable, y la mayoría de los productos y servicios serán cada vez más caros, destacando desde luego los medicamentos cuyas materias primas son de importación. El costo de la vida se incrementará a causa de la creciente inflación, y probablemente habrá escasez en algunos rubros. Las quejas y protestas serán parte del ambiente cotidiano. Las inconformidades crecerán, y el nivel de la rabia que desde hace rato nos invade agriará todavía más el ambiente negativo que nos circunda por doquier.

Vienen tiempos duros y muy difíciles, sin duda alguna, y tratar de ocultarlo o de negarlo es absurdo. No se puede tapar el sol con un dedo, y no se trata de promover un pesimismo injustificable, porque las señales son demasiado claras y contundentes. Por consiguiente, y dado que dentro de 24 días estaremos acudiendo a las urnas para depositar nuestro voto a favor del candidato de nuestra preferencia, vale la pena hacer una nueva recomendación a los escasos lectores que me favorecen con su atención:

Debemos razonar bien nuestro voto. Tengamos calma y meditemos bien nuestra decisión. En tiempos complicados como los que estamos viviendo, y los aún más complicados que nos esperan, nuestro país requiere de una mano segura que lleve el timón en medio de la mar embravecida, y que marque un rumbo cierto hacia el porvenir que nos espera, una persona que tenga experiencia, preparación, serenidad mental y fuerza de convicciones para enfrentar con valor y decisión el entorno desfavorable que se presenta ante nosotros los mexicanos.

Espero su comentario en oscar.romo@casadelasideas.com
En Tweeter soy @ChapoRomo

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