Las palabras

No sé si usted se haya fijado, pero las palabras tienen movimiento. No permaneces estáticas. Son dinámicas. Vibran, se sacuden, se agitan. Van y vienen como la brisa, como las olas del mar. Las palabras nacen en la mente de alguien, pero luego adquieren vida propia. Se desplazan a veces con lentitud, a veces con una velocidad increíble, en especial en estos tiempos de la comunicación instantánea. Las palabras pueden ser un don maravilloso, o pueden convertirse en un instrumento mortífero. Las palabras pueden ser suaves como el plumaje de un polluelo, duras como un trozo de granito, o pueden ser también dardos envenenados. Las palabras subliman o envilecen, dependiendo del uso y, sobre todo, de la intención. Las palabras -inicialmente ruidos guturales onomatopéyicos- nacieron cuando apareció el primer hombre sobre la tierra, y morirán cuando desaparezca el último. Palabra, vieja y querida amiga, sea como sea, yo te bendigo.

Sin embargo, a pesar de su innegable poder y riqueza, las palabras también pueden ser huecas, y por lo tanto inservibles, inútiles para cualquier propósito significativo. Tal vez por ello muchos insisten en que las palabras son mejores y más poderosas si van acompañadas de actos, de hechos que les den consistencia y fuerza plena. Jesucristo no hubiera obtenido los resultados que obtuvo sin los hechos que respaldaron sus palabras divinas. Gandhi tampoco, y lo mismo Santa Teresa de Calcuta, San Agustín, Mahoma, y todos y cada uno de los grandes líderes que ha habido en este mundo que poco a poco se han ido esfumando, y que prácticamente han desaparecido de la faz de la tierra, ante el embate del cinismo universal y el pragmatismo a ultranza. Los líderes auténticos, de titanio puro, a prueba de bombas, son reliquias de un pasado que no volverá.

Para los escritores, para los oradores e inclusive los demagogos, y para los que nos desenvolvemos con mayor o menor fortuna en el mundo de la comunicación, que es el mundo de la palabra hablada y/o escrita, las palabras son la materia prima, el elemento esencial con el que construimos el producto de nuestro trabajo, la harina con la que amasamos el pan que ofrecemos a nuestra clientela. El barro con el que moldeamos las vasijas de nuestras creaciones. El gas con el que inflamos los globos de nuestras fantasías. Obras de arte inmortal se han fabricado a base de palabras, y también los más grandes tiranos y monstruos que la humanidad ha generado han podido arrastrar multitudes mediante el uso mágico, aunque perverso, de las palabras. Entre las luces brillantes de los genios inmortales y la oscuridad de los monstruos infernales ¿qué sería de la humanidad sin la maravilla de las palabras?

La palabra hablada y/o escrita puede sublimar o destruir al destinatario, pero también al autor. La palabra, cuando se utiliza con descuido, irresponsablemente, o aún peor, con intenciones malignas, se convierte en un veneno sumamente peligroso, letal. Toda palabra, una vez que sale de la boca que la pronuncia, es portadora de un mensaje, positivo o negativo, bueno o malo, virtuoso o perverso, según la intención expresa u oculta.

Y la palabra es la materia prima que emplea predicador desde el púlpito, el activista social que arenga en las calles y plazas públicas, y el político demagogo que intenta convencer de llevar intenciones sanas y coincidentes con los deseos y anhelos de la gente, cuando en realidad lo que pretende es engañar, manipular y dominar para obtener sus propios y particulares objetivos, a veces legítimos, a veces ilegítimos e inconfesables. Llevamos ya casi seis meses de escuchar los discursos y las promesas de los candidatos que buscan algún cargo de elección, y todavía no captamos la diferencia entre las palabras y la simple palabrería.

Y ya que hablamos de los políticos, el problema que muchos de ellos tienen -algunos tal vez dirán que todos sin excepción- es que se engolosinan con el jarabe dulzón de su propia palabra, y terminan creyéndose sus propias mentiras y las exageraciones que abundan en sus discursos. Se convierten en víctimas de sus propias palabras cargadas de falsedades. Como diría algún filósofo de barriada: “Se van de hocico, y caen de cabeza en el precipicio oscuro de sus bocazas insondables”.

Cuando es aconsejable la parquedad y la prudencia en el hablar, es cuando más ruido hacen. Cuando se debe hablar con medida, cuidadosamente, para no cometer algún error que luego resulte irreparable, es cuando se vuelven peores que los merolicos de las plazuelas, que tratan de venderle milagrosos remedios cura-todo a precio de ganga a los incautos bobalicones que les escuchan con la boca abierta. Los políticos, en su inmensa mayoría, en cualquier parte del mundo, son incorregibles demagogos. No tienen remedio, y es por demás tratar de hacerles entender que si los peces por la boca mueren, con mayor razón los políticos que padecen incontinencia oral crónica.

La gente en general tiene una cierta disposición natural a aceptar como bueno la mayor parte de lo que escucha. La gran mayoría ha sido condicionada mentalmente a dar crédito a lo que se le dice. Mucha culpa de ello lo tienen medios de comunicación como la radio y la televisión, donde proliferan los charlatanes y los falsos profetas. Cuando la televisión no existía, la radio era sin duda el medio de mayor penetración. No había hogar donde no hubiera un aparato receptor, y la familia entera solía reunirse en torno a un radio para escuchar los programas favoritos de música, radio novelas, partidos de béisbol y fútbol, y aquellos famosos programas de variedades y de concursos. Vaya, hasta la infumable “Hora Nacional” tenía su audiencia.

Hoy todo ha cambiado, los medios de comunicación se encuentran ante una gran crisis que involucra la necesidad de evolución, o la amarga posibilidad de desaparición, como sucede con la mayoría de los periódicos impresos. Pero si los medios han cambiado y se están moviendo hacia otros rumbos, lo mismo ha pasado con las audiencias y lectores. Donde antes había buena disposición para creer y confiar, hoy se está desarrollando un ambiente de profunda desconfianza, escepticismo e incredulidad. La gente ya no cree, o cree muy poco. Ni siquiera los curas y los pastores conservan la confianza de la gente. Hoy la tendencia definitiva es hacia el agnosticismo cívico. Y en este ambiente de escepticismo es que han hecho su aparición las noticias falsas, los mensajes y los videos “fake”, el nuevo veneno mutante para el que no parece haber antídoto.

Esa rebeldía de la que hablaba, se manifiesta desde el interior mismo de las familias, donde la autoridad de los padres está siendo constante y duramente puesta a prueba. Sale del ambiente familiar y se esparce por todos lados, cunde la rebeldía por todos lo rincones y en todos los niveles, y en estas condiciones la autoridad de los gobernantes prácticamente desaparece, obligándolos a aplicar la presión para hacerse obedecer, ante la imposibilidad de convencer. En estas condiciones los discursos plagados de promesas, y las entrevistas diarias en que dichas promesas se ratifican en forma insensata y extraordinariamente riesgosa, se convierten en la forma favorita de meter los mensajes propagandísticos a fuerza de insistentes martillazos verbales en la mente de los ciudadanos, que terminan cerrando los ojos y el entendimiento a este tipo de agresiones verbales.

Así la palabra no sirve para los fines previstos, y se convierte en basura. Así la palabra pierde por completo su poder mágico, para convertirse en vil chatarra en la vida de los ciudadanos. Y un mundo en el que la palabra ya no sirve, y en el que la palabra empeñada equivale a un mal chascarrillo, tiene que andar muy mal por necesidad. Si la palabra se encuentra en agonía y cada vez más está siendo sustituida por las imágenes alteradas -que por lo mismo también están siendo constantemente cuestionadas en su confiabilidad- ¿qué nos queda? Y si para colmo de males también los valores éticos y morales se están yendo por el caño ¿hacia dónde vamos y por dónde vamos?

A veces me pregunto si este mundo no sería mejor y nuestras sociedades más habitables y sanas si eligiéramos únicamente gobernantes mudos, porque ciegos y sordos siempre lo han sido… y muchos, por añadidura, ineptos, estúpidos y para colmo indecentes y corruptos hasta la médula. Diosito santo, mira nomás las barbaridades que estoy diciendo… Mea culpa, mea culpa y mea culpa.

Espero su comentario en oscar.romo@casadelasideas.com

En Tweeter soy @ChapoRomo

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