Manos enamoradas

Manos enamoradas


Si expresar en forma abierta lo que se siente por la mujer amada lo convierte a uno en un “mandilón”, sea pues, entonces soy el “mandilón” más grande y empedernido del planeta. Llevo casi 65 años amando a la misma mujer, y hoy mi amor por ella es tal vez más grande que cuando la vi por primera vez…

¡Felicidades, señora mía de las ocho décadas!

Extiendo el brazo y mi mano cubre la tuya, que es tan mía. Tus dedos, finos como pálidas serpentinas, se enlazan con los míos y le transmiten secretos mensajes de amor. Manos unidas, enamoradas entre sí, que han conocido la lucha dura, el trabajo y la caricia, en los años pasados y en los años recientes. Manos que han dicho mil veces adiós y que jamás aprendieron a golpear con rencor. Tus manos que han sido mías desde que, siendo casi niños, nos embarcamos en esta larga travesía que aún no termina.

Mis ojos no se cansan de verte. Con hambre de ti te siguen dondequiera que vas, van contigo y se niegan a abandonarte porque quizá adivinan que el tiempo se hace cada día más corto. Tu figura, que mi mente conserva exacta y perfecta desde la tarde aquella que te cruzaste en mi camino, se mantiene inalterable en mi mente, donde los efectos del tiempo no se sienten. Tú la única. Tú la de siempre. Tú en mí, para mí, conmigo hasta el final.

Somos dos, y a la vez uno. He dejado que seas porque te amo tanto que, aunque quisiera guardarte encerrada en mi corazón con egoísmo, sé que tu grandeza exige un espacio que por amor me resulta imposible negarte. Y has sido para mí y en mí como la savia para el árbol, la corriente para el arroyo y las alas para el pájaro.
Indispensable, inseparable, insustituible. Parte indivisible de mi alma, prolongación de mi naturaleza, motivo, razón y centro de mis por qué. Alma gemela y entidad aparte, que en su individualidad me ha brindado el soporte que necesito para seguir adelante. Brazo fuerte en que me he apoyado tantas veces, y regazo tierno donde he reclinado mi frente agobiada en los amargos momentos de tristeza o dolor.

Tu rostro amado, un espejo de cristal limpio y transparente que sabe expresar enojo, alegría, sufrimiento y amor, vive en mi pensamiento que lo guarda, lo aferra y nunca, ni por un segundo, lo abandona… ¿Qué ocultos dramas esconden tus ojos que no he sido capaz de descubrir? ¿Qué pensamientos tienes que no son míos, aunque me pertenezcan? ¿Qué dolor te duele y no me permites compartir? ¿Qué sueñas por las noches, cuando veo tus párpados cerrados moverse como gacelas inquietas, y tus pestañas aletean al influjo de sabe Dios qué emociones?

Nuestra barca sigue en curso y navegando, y el flujo de la corriente nos lleva hacia nuestro destino final. Subimos a ella una mañana de diciembre, llenos de ilusiones y con los ojos llenos de estrellas, y dijimos adiós a la niñez para convertirnos, de pronto, en dos adultos sin etapa de transición. Por amor, solo por amor, y con ciega confianza en que amándonos así, todo era posible.

En el trayecto de la vida hemos ido recogiendo, de aquí y de allá, trozos y piezas completas de experiencia. Hemos caído y nos hemos vuelto a poner de pie. Hemos tenido y lo hemos perdido. Hemos reído y llorado, amigos llegaron y luego se fueron, la corriente de la vida los apartó y llevó por otros caminos. Pero nunca, en ningún momento, estuvimos solos: Nos teníamos el uno al otro… ¿qué más se puede pedir?

El tiempo transcurrió y aunque a veces nos pareció inmóvil, en realidad pasaba como un vendaval en ráfagas furiosas. Los años se iban muy de prisa, y la familia que Dios nos dio empezó a tornar forma, a definirse, a nutrirse de anécdotas y recuerdos, a medida de que se llenaban los álbumes de fotografías familiares, que son corno el archivo de nuestra existencia.

Primero llegó un hijo, luego otro, y después otro. Tres medallas en tu pecho de madre. Tres estrellas en mi orgullo de padre. ¿Recuerdas cuando…? ¡Claro que te acuerdas! Tu corazón no permite que se pierda ni un átomo de vida, ni una brizna de existencia, igual que el mío se aferra con desesperación a lo que tenemos, a lo que hemos creado, a lo que la vida nos ha dejado.

Hijos. Niños que se convirtieron en muchachos, y luego en hombres. Llegaron las novias que más tarde serían nuestras hijas y que a su vez darían a luz a nuestros nietos. Y la familia creció, y como los árboles cuando envejecen, dio nuevas ramas que se llenaron de trinos y gorjeos, con promesas de otras primaveras por venir. El vaso de la vida lleno hasta los bordes. Tú y yo, como siempre, unidos y con el corazón henchido de amor y orgullo. Y tus manos en las mías como antes, como siempre. Tan enamoradas hoy, después de casi 65 años de habernos conocido, como el primer día que te vi.

Y nuestros amigos, cuya fidelidad y apoyo ha sido como un trofeo especial que la vida nos ha entregado, tal vez sin merecerlo. Son parte de nuestro mundo de amor porque también ellos van navegando en otras barcas diferentes, pero por el mismo río. Hubo también quienes llegaron y se fueron empujados por otros vientos hacia otros destinos. Ya no están, aunque también depositaron algo suyo en nuestra barca. Donde quiera que hayan ido, los recordamos con afecto.

Vuelvo los ojos hacia ti y te miro entre las sombras, irradiando esa luz que te brota del interior. Y pienso en lo inmensamente afortunado que he sido por tenerte a mi lado. No imagino la vida sin ti y no quiero ni pensar en la posibilidad de perderte. Quiero irme primero porque yo no tengo tu fortaleza, y me apagaría como la llama de un cerillo si tú llegaras a faltarme. Quiero adelantarme en el camino para prepararte el lecho, allá donde tengamos que ir, igual que lo hice cuando tuvimos nuestro primer nido.

No me riñas, ni me digas “no”. Quisiera que así sucediera, pero bien sé que no está en mis manos el disponer este tipo de cosas. Son simples ocurrencias mías. Deja tan solo que tome tus manos entre las mías, que sienten ya el frío de los años. Dame tu calor y deja que yo ofrezca el mío. Así, como dos viejos amantes, como dos queridos amigos, como dos fieles compañeros que, a golpe de remo, siguen conduciendo su barca en espera del momento de iniciar el viaje final, tan unidos en la muerte como lo estuvieron en la vida.

Espero su comentario en oscar.romo@casadelasideas.com

En Tweeter soy @ChapoRomo

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