El aroma de la nostalgia

El aroma de la nostalgia



Ya pronto estarán los niños, niñas y jóvenes de regreso en los salones de clase, y empezará un nuevo ciclo, pero es bueno recordar como era en otros tiempos la salida de clases y el cierre del año escolar. Nada que ver con el aquí y el ahora.

 

Recuerdo con añoranza y cariño las épocas aquellas de mi infancia y pre-adolescencia, cuando llegaba el mes de junio, y con él la temporada de exámenes de fin de cursos en las escuelas primarias. En el Instituto Soria, que es donde cursé desde Párvulos hasta quinto año (sexto lo hice en la escuela Alberto Gutiérrez) los exámenes eran escritos y orales. Se acomodaban los mesabancos de madera (propiedad de cada alumno) en un corredor alargado que permitía que los padres de familia -casi siempre puras mamás- asistieran para constatar el grado de adelanto que habíamos logrado sus hijos.

Ahí nos deshacíamos por quedar lo mejor posible, por destacar sobre los demás condiscípulos, y demostrarles a nuestros maestros y a nuestros padres lo “abusados” que éramos. Como es natural, unos sobresalían más que otros, pero al final del examen todos salíamos contentos de haber dejado atrás otro año escolar más. Dicho sea de paso, Fortino León Almada (QEPD) quien fuera mi amigo predilecto de aquellos tiempos, fue siempre mi eterno competidor (y yo el suyo) en cuanto a aprovechamiento. A veces ganaba él, a veces yo, pero esa amistosa competencia jamás perjudicó nuestra amistad.

Ya era tiempo de calor. Recuerdo que al llegar a nuestras casas, después de los exámenes de fin de año, lo hacíamos aventando los zapatos y la ropa que usábamos para ir a la escuela. Como es natural, en aquellos años era muy rara la escuela donde se exigía uniforme… y donde los exigían desde luego no eran gratuitos, había que pagarlos y nadie se quejaba. Se iniciaba entonces oficialmente el período vacacional de verano, los días en que podíamos dedicarnos a “descansar” de los largos meses de estudio… y a vagabundear. Puse entre comillas “descansar” porque es un eufemismo, ya que siempre nos esperaban tareas en hogar, de acuerdo a la edad de cada quien.

Las vacaciones de aquellos tiempos eran muy distintas a las actuales. Como dormíamos en catres de lona al aire libre o en corredores abiertos, nos teníamos que levantar muy tempranito, en cuanto empezaban a cantar los gallos, a eso de las cinco y media o  seis de la mañana, y recuerdo que a esa hora me mandaban a cortar quelite a las acequias que había por los rumbos de la Universidad. Después había que ir a venderlo en mazos en las casas del barrio, para alimentar las gallinas que todo mundo tenía en sus corrales. El par de pesos obtenidos iban a parar al bolso de mi mamá para el gasto diario de la casa.

Mi Papá me ayudaba a fabricar una carretita con una caja de madera de aquellas en que venía empacado el jabón Yaqui, una rueda vieja de triciclo y unas tablas que hacían las veces de agarraderas. En esa carretita transportaba yo los quelites y el salvado para las aves de corral que teníamos en nuestra casa.

En aquellas épocas no había la costumbre ni el dinero para pensar en ir de vacaciones a otros lugares. Orlando, Disneylandia y sitios por el estilo vendrían muchos años después para disfrute de los favorecidos por la diosa fortuna y el resbaladizo “progreso”. A nosotros -si acaso- nos llevaban un fin de semana a Miramar o a Bahía Kino o, cuando nos iba mejor, una semana completa a Tastiota, donde acampábamos en carpas de campaña al abrigo de los grandes médanos de arena. Eso era todo, y para nosotros era más que suficiente.

El resto de las vacaciones se iba en ayudar en las labores del hogar, escaparse a por las mañanas o por las tardes a cortar guamúchiles, a cazar palomas y codornices con “hules”, jugar a las catotas, al “engorda-la-cochi”, al “carro”, o al “échale sal” en las calles de tierra, al anochecer después de la cena temprana que hacíamos apenas pardeando la tarde. A media mañana tenía que acompañar a mi madre al mercado municipal para ayudarle a cargar la pesada bolsa de ixtle del mandado… ¿Quién de mi generación no se identifica con esas imágenes?

Aquellos veranos en Hermosillo, que entonces era de verdad un pueblito sencillo (como reza la letra de “Sonora Querida”) sin ninguna de las complicaciones y exigencias de hoy en día. Mañanas y tardes calurosas y de sol ardiente, que parece ser lo único que no ha cambiado en estas tierras. Noches bajo un cielo tachonado de estrellas, el cielo más grande del mundo, que de improviso se transformaba en un torbellino de relámpagos y truenos que nos obligaba a meter corriendo los catres a los corredores techados.

Hermosillo hermoso y perfumado de naranjos en flor, lleno de gentes amigables y buenas que jamás te negaban ayuda o consuelo en momentos de tribulación, ni compañía en los de alegría. Hermosillo viejo y querido del que guardo un tesoro de recuerdos que ni la modernidad ni el progreso me pueden arrebatar.

Los sábados era obligado asistir a la doctrina. A mí me tocaba en Catedral. Eran los tiempos del padre Hermenegildo Rangel, quien después de la clase de doctrina hacía nuestras delicias relatándonos emocionantes pasajes de la historia sagrada con aquel inigualable estilo suyo. Después del catecismo acostumbrábamos quedarnos un rato jugando en el kiosko de la Plaza Zaragoza, o juntando taquitos de palmera para usarlos como proyectiles en tirabichis fabricados con carrizo (instrumento bélico favorito de los maloras de entonces).

Un poco más tarde, después de cenar en casa de los abuelos un plato de frijolitos aguaditos con queso fresco de la región, tortillas gorditas de manteca y té de hojas de naranjo recién cortadas, salir quizá a patinar con la plebe del barrio a la añorada plazuelita Pesqueira –convertida más tarde en un horripilante estacionamiento para el Hotel San Alberto- o a jugar a “las encantadas”, al “pan y queso”, al “ronchiflón” o al “esconde-la-cuarta”. Y antes de las 9 de la noche había que estar ya en casa porque había toque de queda para los menores de edad.

Entre semana, en las tardes después de dormir la siesta diaria, con gran frecuencia nos juntábamos dos o tres amigos y nos íbamos a cortar guamúchiles de los incontables árboles que por ese entonces había por todos lados, a las orillas de las acequias que cruzaban la ciudad. O arriesgando el pellejo nos metíamos por debajo de las alambradas de púas para robarle moras al señor Save, cuya huerta estaba donde después se construyó el Hotel Internacional (luego Calinda) y que hoy aloja las oficinas de Telcel. El señor Save solía utilizar como elemento disuasivo un viejo rifle calibre 22 al que cargaba con balas de sal, que ardían horriblemente cuando de chiripa te llegaba a dar en una nalga.

Mientras caía la tarde y se volvía noche, serena, tibia y olorosa a tierra mojada por el regado diario de las calles, las familias empezaban a sacar a las banquetas sillas y poltronas para sentarse a platicar y convivir y saludar a quienes pasaran por enfrente de la casa. ¡Qué de historias y cuentos y fantasías escuché maravillado en aquellos inolvidables momentos vespertinos de convivencia humana tan hermosa, tan íntima y tan olvidada!

Quienes tuvimos la inmensa dicha de vivir en aquel Hermosillo no podemos olvidar. No debemos olvidar. Borrar de nuestra memoria tanta paz y tanta hermosura sería la peor de las ingratitudes.
Sin embargo, poco a poco vamos quedando menos hermosillenses que puedan hablar de estas cosas. Algunos detalles quedan por ahí registrados en viejos periódicos, amarillentas fotografías y unos cuantos libros de crónicas. El resto de la historia y los millones de detalles van muriendo paulatinamente a medida que desaparecen las gentes que vivieron y disfrutaron de aquel Hermosillo que una vez fue, y que poco a poco deja de ser, perdiéndose en las brumas del tiempo.

Mientras Dios me preste vida yo seguiré recordando… aunque mis hijos y los hijos de mis hijos se me queden mirando como animal raro. De alguna manera y aunque no lo entiendan, sus raíces familiares están fincadas hondamente en aquel Hermosillo de mis amores que llevaré en lo más hondo de mi alma hasta el último instante de mi vida.

Espero su comentario en oscar.romo@casadelasideas.com

En Tweeter soy @ChapoRomo

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