Turbulencias de fin de sexenio: ¿qué tanto dañan?

Vicente Fox Quesada, el primer presidente de México del Partido Acción Nacional, se la pasaba presumiendo que él no entregaría un país con problemas de finales de sexenio –o crisis sexenales– como los que habían caracterizado a los gobiernos de Adolfo Ruiz Cortines (movilizaciones ferrocarrileras y magisteriales);Adolfo López Mateos (guerrilla y movilizaciones campesinas); Gustavo Díaz Ordaz (Movimiento estudiantil y guerrillas rurales); Luis Echeverría Álvarez (movilizaciones campesinas y devaluación de la moneda); José López Portillo (devaluaciones, nacionalización de la banca privada); Miguel De La Madrid (devaluación de la moneda y crisis político-electoral); Carlos Salinas de Gortari ( EZLN, asesinatos políticos, devaluación de la moneda); y Ernesto Zedillo (error de diciembre, gobierno de alternancia y crisis en el PRI).

 

Razones no le faltaban a Fox dada las experiencias vividas por los mexicanos a finales de cada uno se los sexenios mencionados, donde por ejemplo, la paridad del peso dólar ascendió entre 1952 (8.65) y el año 2000 (9,360 pesos o 9.3 sin los tres ceros) y la población creció de 25.7 a 97.4 millones de habitantes, con las complejidades políticas y sociales que distinguieron a México en esos años: movilizaciones, alfabetización, avances en salud y en expectativas de vida de la población, urbanización, pluralismo político, reformas económicas y políticas, asesinatos políticos, alternancias políticas estatales y municipales, TLCAN, guerrilla urbana y rural –entre ellas la chiapaneca– y finalmente la alternancia en la Presidencia de la República con Fox como candidato del PAN, en la elección del año 2000.

 

El pronóstico le falló a Fox, porque a pesar de que el PAN –había ofrecido quedarse varios sexenios en la Presidencia–, empezó a tambalearse en la elección de Felipe Calderón, que solo superó por la mínima diferencia del  0.56 % (256 mil votos) a Andrés Manuel López Obrador, candidato entonces de la alianza PRD-PT-Convergencia.

 

Esa mínima diferencia desató al mencionado "Tigre" de las movilizaciones políticas post electorales del 2006 en la Ciudad de México, que llevaron incluso al riesgo la toma de posesión pacífica como presidente del propio Calderón, quien—para rendir protesta en medio de turbulencias—, tuvo que realizar costosas negociaciones y concesiones hacia el resto de las fuerzas políticas, que definitivamente marcaron el arranque de su gobierno y el resto de su sexenio. Todo eso terminó por debilitar a su gobierno y al PAN que a final, perdió la elección apenas a dos sexenios de haber llegado al poder.

 

Tanto López Obrador (2006) como Manuel Clouthier (1988) y Miguel Henríquez Guzmán (1952) en la historia reciente de México y en su momento se auto proclamaron presidentes "legítimos", más como una forma de denuncia e inconformidad por los resultados electorales y porque (a excepción de Clouthier) pensaron que realmente habían ganado la elección y hasta decidieron integrar lo que llamaron los "gabinetes alternos", que con el tiempo se fueron diluyendo... pero dejaron la semilla.

 

A partir de esas tensiones se implementaron importantes reformas constitucionales y legales que han permitido procesar –y evitar– el agravamiento de los conflictos políticos, y darle salida legal a los diversos tipos de crisis que se han enfrentado, como por ejemplo: El conteo de voto por voto y casilla por casilla (artículo 311 de la LEGIPE), en caso de que la diferencia entre primero y segundo lugar sea menos a un punto porcentual, como ocurrió en la elección presidencial del 2006 donde al final, los más serios analistas de ese proceso declararon que no se sabía realmente quien había ganado la elección, lo que desató la ira.

 

Antes las dificultades y tensiones se modificó el formato de la toma de posesión (prestar la protesta) del presidente de la República, que ahora puede hacerse: a) ante el Congreso de la Unión, b) la Comisión Permanente, c) las mesas directivas de las Cámaras del Congreso de la Unión o d) ante el presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, como lo establece el reformado artículo 87 de la Constitución.

También, un tema que por muchos años permaneció sin abordarse: la sustitución del presidente de la República en caso de "falta absoluta".

 

De  acuerdo a la reforma introducida al artículo 84 constitucional, sería de la siguiente manera: a) el secretario de Gobernación (como presidente provisional) en un término no mayor a sesenta días. b) Si la falta absoluta ocurre en los dos primeros años del período, el Congreso nombrará presidente interino y éste convocará a elecciones para elegir al presidente que deba concluir el período respectivo, y d) Si la falta absoluta ocurre en los cuatro últimos años del período respectivo, el Congreso de la Unión nombrará al presidente sustituto que deberá concluir el período.

 

También se modificó el artículo 83 para reducir en dos meses el lapso entre la elección y la toma de posesión del presidente que sea electo en 2024, por lo que el sexenio que inicia en 2018 culminará el día último de septiembre de aquel año ("el presidente entrará a ejercer su encargo el 1 de octubre de 2024 y durará en él seis años" art. 83), y con eso se buscará evitar reducir los vacíos políticos presentes en el largo tramo que se da entre la elección y la toma de posesión, dando lugar hasta hoy que durante cinco meses México cuente con dos presidentes de la República; el electo y el que está en funciones a punto de terminar su encargo.

 

Un gobierno que todavía no termina pero que pierde gradualmente su poder y sus seguidores (Viva el rey, Muera el rey), y uno que todavía no empieza pero que genera grandes expectativas y reacomodos en las clientelas políticas que siempre están al pendiente de las oportunidades que les pudieran generar los cambios de gobierno.

 

Sin embargo, las transiciones y los largos períodos de espera que se generan entre la fecha de la elección y la asunción de los electos y/o designados en sus nuevos cargos, han generado cíclicamente tensiones y conflictos entre las fuerzas que presionan tanto a los que se van como a los que llegan.

A los que se van, porque hay intereses que los presionan, observan que su poder va disminuyendo al paso de los días, buscan reacomodos y les quieren cobrar todas las facturas de un solo golpe. Y a los que llegan, porque suponen –también esos intereses—, que los entrantes desconocen  los problemas y los desafíos de sus nuevas encomiendas, así como a los principales actores de los tiempos de cambio y relevos del poder.

 

En la transición que estamos viviendo las cosas se han tornado diferentes por varias razones: Un buen entendimiento entre el presidente electo y el que está en funciones. Estabilidad monetaria y financiera. Estabilidad general canalizada a través de la política en los órganos de representación y los partidos políticos. Un próximo gabinete ya definido con anticipación, que inhibe las especulaciones y las presiones de los grupos que buscan hacer prevalecer sus intereses. Un discurso moderado de ambos presidentes, que ha limitado las presiones de los poderes fácticos. Reacomodo de algunos partidos (Verde y Movimiento Ciudadano) en busca de entendimiento y canonjías con el nuevo gobierno y un nuevo tipo de relación con los gobernadores estatales donde la nota la ha dado el traspiés Constitucional del gobernador de Chiapas en su desmedida ambición y protagonismo así como la impudicia de sus acciones.

 

Lo que no ha disminuido es la violencia y el número de muertos a lo largo y a lo ancho del país, y eso preocupa tanto a los que vienen como a las que se van, porque a pesar del discurso y los compromisos, no se le ve a esa crisis una solución en el corto plazo.

 

En la incipiente crisis de la UNAM por ejemplo, se mezclan varios factores: El regreso de la violencia porril para dirimir cuestiones de poder hacia el interior de la institución, como un riesgoso retorno a los años sesenta del siglo pasado. Presiones externas sobre la institución de educación superior más importante de México buscando hacer carambola con otras instituciones educativas y agrandar los problemas de la violencia y la impunidad como un camino sin salida en el corto plazo y como una presión agregada sobre la transición en el gobierno.

 

¿Empañar la transición y regresar a las crisis de fin de sexenio? Quizá sí; pero, ¿A qué costo? ¿A quién o a quiénes les conviene?

 

"Aquél que no conoce la historia, está condenado a repetirla", decía el clásico Agustín Ruiz de Santayana. Marx por su parte argumentaba, que "la historia suele repetirse, primero como tragedia y después como comedia". Confiemos pues, en que las instituciones y la  prudencia política  van a imponerse sobre los radicalismos y las provocaciones. Ojalá.

 

bulmarop@gmail.com


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