Formas de morir



A nadie le hace feliz que se le cuartee su casa, que el techo se deteriore, que las paredes presenten humedades y que fallen los cimientos, poniendo en peligro la estabilidad de la construcción. Tampoco es nada agradable ver que la casa donde uno vive se llene de fauna nociva, de termita, ratas, cucarachas, alacranes, larvas de gusano y otros insectos asquerosos. Una vez que se rebasan ciertos límites, ninguna reparación puede salvar la casa, y ningún exterminador de plagas puede impedir que los bichos se conviertan en una infección imposible de erradicar.

El edificio del Congreso de Sonora es nuestra casa, hablando en términos simbólicos si usted quiere, pero es nuestra casa, o por lo menos así lo considero yo. Es la residencia del Poder Legislativo, que en teoría representa a todo el pueblo sonorense, aunque en la práctica solo representa a las fuerzas políticas que merodean y medran dentro y fuera de los límites de esta entidad, hoy por hoy presa de profundas convulsiones políticas, sociales y económicas. El Congreso de Sonora, nuestra casa legislativa, requiere de un servicio de reparación general urgente, impostergable. De vida o muerte, yo diría. Y como si eso fuera poco, también requiere de una desparasitación urgente, y de una fumigación total.

Si se tratara de una lucha ideológica, santo y bueno, que para eso son los congresos y los parlamentos, para debatir ideas y contrastarlas. Pero eso debe ser, y debe suceder, en un ambiente de cordura, de actitudes firmes, pero serenas. No en un clima demencial como el que estamos viviendo, en el que nadie sabe ni entiende bien a bien lo que está pasando, ni se miden las consecuencias de lo que se está provocando. No es una lucha ideológica, pues, sino una pelea de famélicos perros callejeros por un pedazo de pellejo político, y por un rastrojo de poder que huele a podrido. El conflicto tiende a escalar y, según la opinión de los enterados en estos nauseabundos menesteres, podría llegar a paralizar las labores legislativas, por tiempo indefinido.

Hace apenas una docena de días que los integrantes de la LXII Legislatura local tomaron posesión de sus curules, y ya estalló el primer gran conflicto que, como dije, no es por cuestiones ideológicas, sino por establecer el control absoluto y total de una pandilla de pelafustanes sobre las otras. Más pobreza y mayor estulticia no se puede pedir. Y de hecho nadie la pidió, y nadie la esperaba, pero no obstante es lo que tenemos, nos guste o no nos guste, nos resulte agradable al gusto y al olfato, o nos provoque náuseas.

Imposible aventurar un pronóstico sobre el desenlace de este zipizape camaral. Lo que si es posible adelantar es que, pase lo que pase, las semillas de la destrucción están sembraras, y son semillas de germinación rápida, casi fulminante, de esas que se convierten en arbustos del mal, capaces de envenenar tanto al ambiente de la política, como al amiente de una comunidad desprevenida, pero que el domingo 1º de julio pasado abonó irreflexivamente el terreno de la siembra, bajo el pretexto del hartazgo.

Esta es una forma de morir. No se trata de la muerte de una persona, sino de una institución, de un Poder Constitucional local, al que es le está aplicando una suerte de ley fuga modernizada, y de la que sabemos que muy pocos, si es que alguien, logran escapar. Quienes lo logran tienen muy poco de qué ufanarse, y usualmente prefieren desaparecer del comedero, antes que volver por una ración extra.

El señor Edmundo Lizardi publicó lo siguiente en la página de Facebook del recién fallecido Alfonso “El Negro” Muñoz Cáñez, nativo del merito Altar, Sonora, y que estuviera casado con mi hermana Gloria, fallecida también hace algunos años:

“Las últimas horas de Alfonso Muñoz Cáñez”

“Era de madrugada cuando el escritor y periodista Alfonso Muñoz Cáñez “El Negro” empezó a sentir el dolor en el brazo, la axila y el pecho.

Por la mañana fue a ver a un médico general que le diagnosticó “un dolor muscular, pues la presión sanguínea era normal”.

Regresó a su casa, se metió al Facebook y compartió dos post -ambos tomados de mi muro- antes de ir a dejar a su pareja, Araceli Domínguez, al aeropuerto; pero seguía preocupado por el dolor que no cedía y que jamás había experimentado.

Del aeropuerto se fue directo al consultorio de su cardiólogo, en el centro de Tijuana.

40 minutos más tarde, Araceli, a punto de abordar un vuelo a la CdMx respondió una llamada a su cel: “Deje todo y véngase para acá”, le dijo el médico.

Alfonso no había alcanzado el electrocardiograma… Infarto fulminante al miocardio a la 1:30 de la tarde del 25 de septiembre de 2018.

El Negro tenía 75 años de edad, y ya había logrado superar un cáncer de próstata.

Lo imagino bromeando sobre su propia suerte: “El diagnóstico del médico general era correcto: un dolor muscular… nomás que se equivocó de músculo”.

Y dándole un like de calidad a esta micrónica de una muerte nada anunciada…

“AN NOCHIPA TLALTICPAC: NO PARA SIEMPRE EN LA TIERRA… ZAN ACHICA YE NICAN: SOLO UN POCO AQUÍ”

Este es otro tipo de muerte, esa que suele sorprendernos cuando menos lo esperamos. La que se lleva a los pobres y a los ricos, a los poderosos y a los humildes, a los sabios y a los ignorantes, a los inteligentes y a los pendejos… la muerte que todo lo empareja y que no distingue sexo, raza, color ni mentalidad.

Alfonso Muñoz fue durante la mayor parte de su vida un firme sustentante de las ideas auténticas de izquierda. Murió desencantado, decepcionado de ver en lo que se ha convertido la izquierda mexicana. Durante sus últimos años se convirtió en un duro crítico de la deplorable nueva izquierda y el nuevo gobierno, echándole cacayacas por igual tanto al gobierno recién electo, como al anterior. No dejaba títere con cabeza. Duro en sus juicios, que no eran simples calenturas, sino que estaban perfectamente sustentados en sus vivencias y experiencias de vida dentro de la izquierda combativa de los años ‘60s.

Coincidimos en la ciudad de México precisamente en esa agitada década. Yo casado con mi esposa María Emma y él con mi hermana Gloria, que también comulgaba con sus ideas radicales, y que en ocasiones rayaban en lo subversivo. Alfonso, Gloria y un grupo de amigos, por supuesto todos con ideas de izquierda, solían reunirse los domingos en nuestro departamento, ubicado en la calle de Winsconsin de la colonia Nápoles. Ahí corría liberalmente el tequila con limón y sal, al parejo con las discusiones sobre el gobierno de Díaz Ordaz y sus represivas acciones. Mi esposa y yo nomás escuchábamos, entre sorprendidos y atemorizados al ver el fuego y la pasión con que se expresaban. A determinada hora, levantaban el campamento y se iban a visitar a su admirado líder Revueltas, preso entonces en El Palacio Negro de Lecumberri.

Alfonso “El Negro” Muñoz Cáñez fue un sonorense que un lejano día dejó su tierra para lanzarse a navegar por los mares agitados del periodismo y la escritura, en una frágil barca con sus velas desplegadas al viento. Genio y figura hasta el día de su muerte, vivió como quiso y para lo que amó: las ideas de su época y los personajes más controversiales de los viejos tiempos de la izquierda radical mexicana. Fue mi cuñado y lo recordaré siempre con afecto y agradecimiento por el cariño que le profesó a mi difunta hermana Gloria, y también por la rica e insólita amistad que compartimos. Aunque él pensaba de una manera y yo de otra, muy diferente, siempre hubo respeto de él hacia mí, y de mí hacia él.

Que descanses en paz, mi Negro.

Espero su comentario en oscar.romo@casadelasideas.com

En Tweeter soy @ChapoRomo

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