85 años de lucha libre

El martes pasado, más o menos a media mañana, me encontraba yo preparando los temas que abordaríamos en el programa “CasadelasIdeas”TV que presentaríamos ese día en Megacanal Sonora, cuando sonó el timbre de la entrada. Fui a abrir la puerta, y era un propio que me hizo entrega de una bolsa de material traslúcido con algo bastante pesado dentro que, según me dijo, me traía de parte de Federico González Celaya. Recibí el envío y le pedí que le diera las gracias a Federico de mi parte. Dentro de la bolsa venía un pesado libro de 30 x 26 cm. lujosamente encuadernado, en cuya portada se lee “85 Años de Lucha Libre” dentro de una colorida composición con diversos motivos alusivos.

El libro de marras consta de 325 páginas llenas de fotografías y textos sobre la historia de la lucha libre en México, impresas en grueso y elegante papel couché. El libro contiene la historia completa de ese espectáculo que ha conquistado a los públicos mexicanos durante casi nueve décadas. Lo abrí… y de inmediato caí preso en la telaraña de los recuerdos, al influjo de las maravillosas fotografías y de los ricos relatos contenidos en el libro que, desde hace una semana, ya forma parte de mis tesoros más preciados, dentro de la modesta colección de libros que conservo celosamente guardados, desde hace años.

Aunque el libro está dedicado al espectáculo de la lucha libre y a las grandes figuras que fueron desfilando por los cuadriláteros a través de los años, y que se convirtieron en ídolos algunos, y otros en figuras legendarias, el gran personaje es sin duda Don Salvador Lutteroth González, patriarca de la familia que lleva orgullosamente el apellido de quien fuera el Zar del box y la lucha libre en México durante más de 50 años, y fundador del Consejo Mundial de Lucha Libre (CMLL). Las arenas que él construyó en las principales ciudades del país fueron los escenarios donde infinidad de gladiadores dejaron los testimonios de su inigualable capacidad atlética.

Por las páginas de esta enciclopedia relativa a la lucha libre en México, desfila una larga cauda de exponentes. Desde los primeros enmascarados que registran los anales, “El Chimpancé” y “El Coyote”, hasta “Dragon Lee” y “La Máscara” en 2016. Y luego la cascada se vuelve incontenible: El Charro Aguayo. Mar Allah (de origen sirio), Simplicio “Loco” Hernández, Octavio Gaona, Yaqui Joe (primer campeón mundial mexicano), La Maravilla Enmascarada, El Enmascarado, Ciclón Mackey (irlandés), El Murciélago Enmascarado, Merced Gómez, Tarzán López, Jesús Lomelín y Relámpago Cubano… y sigue la lista interminable, evocadora y nostálgica.

Llegan los enmsacarados legendarios: El Santo (tal vez el más famoso de todos los enmascarados), Black Shadow/Alejandro Cruz, que perdiera su máscara ante El Santo en lo que fue considerada la lucha del siglo, y Blue Demon, otro encarnizado rival de El Santo. El Gorila Macías, Jack O’Brien, Murciélago Velázquez, Firpo Segura, Gardenia Davis, Gori Guerrero, Wolf Rubisnky, El Enfermero, Chico Casasola, Enrique Llanes “El Sol de Otumba”, Bobby Bonales, Cavernario Galindo, El Verdugo, Sugi Sito, Karloff Lagarde, Copetes Guajardo, Ray Mendoza “El Indio Grande”, El Rayo de Jalisco, Lou Thez, Jerry London, Los Hermanos Espanto, El Huracán, El Ángel Blanco. El Dr. Wagner, El Solitario y Aníbal, ya en los años ‘60s.

Kim Sung Ho y Kim Chui Won, coreanos de pesadilla, Mil Máscaras, El Halcón Dorado, El Faraón, Ringo Mendoza, El Perro Aguayo ya en los ‘70s, Fishman, TNT, Kato Kung Lee, Kung Fu, El Cobarde, Sangre India, Los Hermanos Solar, Lizmark, Atlantis, Satánico, Máscara Sagrada, Supremo, Tony Salazar, Sangre Chicana, Hermanos Dinamita, Bocazas Pierroth, Blue Panther, Love Machine, Héctor Garza campeón mundial completo del CMLL, Mr. Niebla, Arkángel de la Muerte, El Olímpico, Mephisto, Vampiro Canadiense, Místico, Black Warrior, La Sombra, Titán… como ya dije, 325 páginas pletóricas de nombres, de fotografías, y de relatos de combates históricos máscara contra máscara, máscara contra cabellera, y cabellera contra cabellera… y el público vuelto loco de emoción.

ooOoo

Como dije líneas atrás, Don Salvador Lutteroth construyó en la ciudad de México dos arenas: La Arena México, llamada “La Catedral de la Lucha Libre”, y la Arena Coliseo. Luego construyó otras arenas Coliseo en diversas ciudades del país, entre ellas Ciudad Obregón. Nunca entró a Hermosillo, muy probablemente porque estos eran los dominios de un hombre que jamás rehuyó una pelea: el inolvidable e incomparable Óscar “Chapo” Romo Kraft.

A principios de la década de los 40, mi padre formó un pequeño grupo con los mejores boxeadores que tenía en su cuadra, se encaramó con ellos al viejo ferrocarril Sud-Pacífico, y se fue a la ciudad de México a realizar funciones de box utilizando como base de ellas a sus boxeadores, presentando funciones en el Frontón Metropolitano de la capital. Entre ellos Tony Mar; Chucho Llanez; Memo Llanez, Kid Filipino; Baby Mickey; El Vaquero de Caborca, un genial invento del Zorro del Norte (que, como él decía, ni era vaquero ni era de Caborca) y otros estupendos boxeadores, hechuras todos de mi padre. Eso significó el estallido de una guerra entre el poderoso Zar del box y la lucha libre, don Salvador Lutteroth, y el atrevido y casi paupérrimo norteño que invadía sus dominios. Esa histórica guerra dio lugar a numerosas anécdotas e historias casi increíbles, pero eso será motivo de otros relatos, que intentaré publicar en otro momento.

Mi padre, valga el comentario, fue gran amigo de personajes famosos en el ambiente de la fistiana, como Jimmy Fitten, Pancho Rosales, “El Cuyo” Hernández, George Parnassus, Martín Zúñiga, “Chale” Butler y un sin fin de personas ligadas sobre todo al box, en aquellos tiempos gloriosos y heroicos, cuando el box era box, los boxeadores era boxeadores, y no había mafias que controlaran el espectáculo y lo convirtieran en un negocio turbio y desprovisto de la parte esencial.

La lucha libre llegó a Sonora, específicamente a Hermosillo, a principios de la década de los ‘50s. La trajo, como usted puede imaginar, el hombre que igualmente forma parte de la leyenda en esta región y algunas otras: Óscar Romo Kraft, mi padre, conocido como “El Chapo” y llamado también “El Zorro del Norte”, mote que le fuera aplicado por los cronistas deportivos en el antiguo D.F. durante sus incursiones en la promoción de box en aquella urbe.

El escenario de Hermosillo donde se presentaron todas las funciones de lucha libre fue el inolvidable Cine Arena, que se ubicaba por los rumbos de la colonia 5 de Mayo, entre las calles Veracruz, Zoilya Reyna de Palafox y Tamaulipas, en lo que fuera una plaza de toros que nunca funcionó y que se convirtió en escenario de grandes peleas de box y de épicos combates de lucha libre entre gladiadores que, obviamente, no eran del grupo estelar controlado por don Salvador Lutteroth, sino que formaban parte de un grupo independiente, entre los cuales puedo mencionar al famoso Médico Asesino, Tonina Jackson, El Bulldog, el salvaje Pietro Gardini, el estilista Tony López, El Enfermero, y muchos otros.

Con el correr del tiempo, en forma paradójica y por las vueltas que da la vida, nació y se desarrolló una gran y profunda amistad entre mi padre y Héctor Lutteroth Camou (hijo de don Salvador) que fuera designado tesorero del estado en el período de Alejandro Carrillo Marcor entre 1975 y 1979, y que buscara la gubernatura sin conseguirla. Don Héctor Lutteroth estableció su residencia definitiva en la ciudad de Tijuana, donde se convirtió en un empresario de gran prestigio. Casado con Mercedes “Meche” del Riego, miembro de una vieja familia hermosillense y dueña de grandes simpatías por estos lares, don Héctor es el suegro de mi amigo Federico González Celaya, quien me obsequió el libro que ha servido de tema para este escrito.

De esta manera y por esos motivos, Federico conoce bien las historias que forman parte íntima de mi familia y de su familia política, y por ello sabe que al obsequiarme ese libro me estaba dando “en la mera la pata de palo”, como se dice coloquialmente.

La expresiva dedicatoria que amablemente me escribió en la segunda página del libro, dice textualmente: “Para mi querido y estimado Chapito Romo. Con afecto te obsequio estas memorias de lo que ha sido y sigue siendo el trabajo fecundo y trascendente de Don Salvador Lutteroth González, y que sigue sirviendo como ejemplo, no solo para las familias que pertenecemos a su descendencia, sino para todas las familias y personas que se siguen nutriendo de una diversión sana y familiar en México y en otras partes del mundo, donde este deporte ha servido de ejemplo. Te mando un fuerte abrazo y espero que lo disfrutes como nosotros”: Federico González C.

Gracias, amigo Federico, te estoy profundamente agradecido por este hermoso libro que representa un tesoro invaluable para tu servidor, no solo por su contenido, que constituye realmente un extraordinario testimonio de una época de oro en nuestro país y que abarca más de ocho décadas, sino por los preciosos recuerdos que ha vuelto a traer a mi memoria, y que he considerado conveniente ofrecer a mis lectores.

Espero su comentario en oscar.romo@casadelasideas.com

En Tweeter soy @ChapoRomo

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