La batalla contra la tecnología



“Es una batalla perdida, lo sé, pero hay que darla aunque sucumbamos en el empeño.
El secreto está en cómo darla, sin perderlo todo en el combate”

Debo confesar que pertenezco a una especie en extinción. Igual que la caguama, la totoaba, el cimarrón, el oso panda y tantas otras especies del reino animal cuya existencia se encuentra seriamente amenazada, yo pertenezco también a una clase de personas que definitivamente va de salida. Entre broma y en serio, hay una realidad ineludible: Si antes, en algún remoto momento, el mundo nos perteneció a nosotros, hoy ya no nos pertenece más. Hoy en día es de otros. Los vientos de la modernidad se impusieron.

Y fíjese usted lo que son las cosas: esos “otros” dueños del mundo no son nuestros hijos, sino nuestros nietos, y dentro de poco, nuestros bisnietos, si tenemos la suerte de vivir lo suficiente. Al menos así sucede para los sesentones, setentones y ochentones que nos encontramos en nuestros años de oro viejo, de un oro que ya no brilla como cuando en nuestra juventud, enamorados de la vida y de nosotros mismos, le sacábamos brillo cada día, todos los días, con pedacitos de franela o terciopelo. Éramos como éramos y fuimos lo que fuimos, y a estas alturas del partido ya no nos queda otra que suspirar mientras cerramos los ojos y dejamos que lleguen los recuerdos… y con ellos la nostalgia de los tiempos idos, de los años que cayeron como las hojas caen de los árboles en el otoño.

Como troncos viejos y arrugados, nudosos y de corteza gruesa, llevando en nuestra superficie las huellas de los hachazos que da la vida sin lograr derrumbarnos, nuestras ramas aún llevan la savia que ha nutrido los nuevos brotes. Nuestras raíces, profundamente hundidas en la tierra de nuestra existencia, todavía son capaces de sostener y nutrir el viejo árbol que espera… que aguarda. Los pájaros del anochecer se posan sobre los muñones de las ramas que la vida taló, y que al separarse dejaron hondas heridas, y espacios vacíos difíciles de llenar.

Soy, lo repito, el prototipo de una especie que va de salida, y que en el tramo final, antes de la despedida, sigue con la mirada asombrada, azorada, los cambios, los avances, los descubrimientos, lo nuevo que surge cada día, y que al mismo tiempo posee la forma maravillosa y la sorprendente retrospectiva, suficientes para poder establecer las comparaciones. El antes y el después. El ayer y el hoy. Capítulos viejos y capítulos nuevos del libro existencial que se reescribe con cada generación que llega.

Conservo una especie de rebeldía moribunda contra ciertos artefactos prototipos de la modernidad desaforada, ante los que han sucumbido inclusive muchos poco más o menos de mi misma edad. Me refiero a los teléfonos celulares, que realmente ya no sé si llamarles “teléfonos” o qué cosa. Porque para los de mi generación, un teléfono era un aparato generalmente de color negro que hacía “riiing” y uno contestaba, o que uno metía el dedo en una serie de agujeritos y los giraba para comunicarnos con la persona deseada. Inclusive, en la niñez, descolgaba uno la bocina que colgaba de una cajita en la pared y le daba vueltas a una pequeña manija para que contestara una operadora a la que uno le indicaba el número (tres dígitos) al que deseaba hablar. Eso era el teléfono en mi niñez.

Hoy las que se supone son las nuevas versiones, son artefactos mágicos con los que se puede hacer casi cualquier cosa, hablo de los que tienen la admirable capacidad de entenderles, claro. Y me doy cuenta con horror de cómo esos aparatitos de colores muy lindos, son como esporas que han ido absorbiendo paulatinamente la mente y la vida de las personas, entre ellas mis seres más queridos. Hipnotismo o condicionamiento mental, vaya usted a saber, la carrera por estar al día con los últimos avances de IPhones Apple, Motorola, Samsung, Huawey, LG y demás productores de magia es feroz, desenfrenada, despiadada.

Por supuesto, no puedo decir que soy inmune al contagio, soy víctima de él pero hasta cierto punto, nada más. Utilicé durante mi primera etapa viejo un celular que heredé de uno de mis hijos, que me cedió hace varios años cuando empezó a escalar la empinada y costosa cuesta de la tecnología. Y luego compré el que actualmente tengo y que utilizo exclusivamente para hacer o contestar llamadas, y para enviar y recibir mensaje en Whatsapp. Las generaciones actuales se han enganchado en una moderna esclavitud con las empresas de telefonía celular, y se la viven reponiendo constantemente sus implantes cerebrales, entiéndase celulares de la marca que sea.

La oleada es incontenible, abrumadora y parece una carrera en la que no hay vencedor ni vencido, porque por un instante alguna empresa toma la punta, y al siguiente la cede a otra. El público paga y la propaganda manda, no faltaba más. Y yo me pregunto, como quizá muchas otras personas deben estarse preguntando: ¿Todos estos trastes mágicos y maravillosos nos hacen más felices? Si se llevan consigo y consumen la mayor parte de nuestro precioso tiempo -ese que una vez que se va ya no vuelve- ¿valdrán realmente la pena?

En alguna ocasión le platiqué a usted lo que son los domingos en nuestra familia. Día de reunión familiar, de convivencia, de risas y comentarios en un amoroso entorno. Dije con cierto filo venenoso que los domingos mis hijos y nietos no vienen a visitarnos y a comer… sino que vienen a acampar, porque llegan antes del medio día y se van casi al anochecer. No es que mi mujer y yo nos quejemos, para nada, nosotros encantados, pero la verdad es que nos dejan pa’l arrastre… cansados, pero felices, y deseosos de que llegue el siguiente fin de semana para repetir el feliz momento.

Pues bien, de un tiempo a la fecha ese día feliz, esos momentos de hermosa e intensa convivencia han empezado a perder su encanto. ¿Y sabe usted por qué? Porque cuando estamos sentados alrededor de la mesa familiar ya casi nadie platica, ya casi nadie comenta, y todos están absortos, encorvados sobre esos aparatejos que se están apoderando de nuestros momentos de compartir, de nuestros momentos de ser familia, y lo único que veo son los dedos de mis nietos, y también por momentos de mis hijos, moviéndose a ritmo frenético enviando textos a alguien seguramente más importante que los viejos que esperan con tanta ilusión la visita de la prole.

Así pues, he tomado la trascendente decisión de, a partir del próximo domingo, poner una canastita a la entrada de nuestra casa para que al llegar todos sin excepción vayan dejando sus celulares. O vienen a vernos a nosotros, o se dedican a “textear”, pero en otro lado. Nadie tiene derecho a robarse el tiempo familiar que nos corresponde, y menos que nadie un chisme que, por muy elegante, caro y sofisticado que sea, no vale lo que cinco minutos de convivencia familiar.

El riesgo que voy a correr es que, una vez que la regla se ponga en efecto, ya nadie venga a vernos los domingos. Tal vez estoy sobrevalorando el indudable amor que nos tenemos, y al hacerlo puedo incurrir en el error de pensar que volveremos a recuperar la cordura, y con ella los momentos sencillos y felices que hemos disfrutado durante tantos años… sin iPhones y demás tarugadas por el estilo, porque ya los Blackberrys son cadáveres que ocupan un lugar en el cementerio de los celulares que murieron en la guerra inacabable de la tecnología moderna.

En fin, ya veremos, y una vez que haya puesto en práctica mi siniestro plan de confiscar los celulares de mi familia los siguientes domingos de convivencia, ya le comentaré a usted los resultados.

Espero su comentario en oscar.romo@casadelasideas.com
En Tweeter soy @ChapoRomo

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