Fatalismo político: algunos actores


Bulmaro Pacheco

Domingo 5 de abril de 2026

Uno se pregunta qué hubieran hecho aquellos personajes que, con sus acciones, lograron cambiar el curso de la historia, si hubieran escuchado —o de haberles hecho caso— a los fatalistas políticos que siempre han existido.

Esos que a cada rato repiten con insistencia: “¿Para qué luchar?” “¿Para qué ponerse a las patadas con Sansón?” O acudiendo a su conciencia determinista deducen: “Las cosas son como son porque así han sido siempre y no hay nada que hacer”.

¿Qué hubiera pasado si el mártir mexicano Francisco I. Madero les hubiera hecho caso? “No te metas en esa lucha”  —”¡El dictador se va a ir cuando él quiera, no hay poder que lo pueda obligar!” “No hay nada que hacer contra él” — ¿y hubiera dejado de lado la lucha contra el gobierno de Porfirio Díaz?

Madero quizá hubiera vivido más años —murió a los 40 (1873-1913)— y hubiera dejado en otras manos un proceso revolucionario que ya nadie podía detener.

Madero, perseguido, encarcelado y acosado decidió rebelarse y seguir en la lucha junto al resto de los revolucionarios, y lideró la renuncia y el exilio de Porfirio Díaz en mayo de 1911, emocionando a la gente que en noviembre de ese año votó por él para la Presidencia de la República. Solo duró 16 meses como presidente, al caer asesinado por instrucciones directas de Victoriano Huerta en febrero de 1913, en una conspiración donde participaron activamente los emisarios del pasado porfirista (Huerta, Félix Díaz, Mondragón, etc.) y el entonces embajador de los Estados Unidos, Henry Lane Wilson.

Algo especial ocurrió también con Abraham Lincoln, a quien algunos deterministas aconsejaban que abandonara la carrera política que había iniciado con grandes penalidades: no tenía dinero, procedía de lo más bajo de la escala social, ya había perdido varias elecciones, y combatía la esclavitud que, todavía a mediados del siglo XIX en los Estados Unidos, era un tema que dividía a la clase política y a una población víctima de las peores injusticias.

Lincoln, propietario de un modesto despacho jurídico, siguió en la lucha política hasta llegar a la presidencia de su país: por primera vez en 1861 y por segunda ocasión en 1865.

Mantuvo la unidad de los Estados Unidos ante la secesión de 11 estados del Sur —en una guerra civil con cientos de miles de muertos que duró cuatro años— que se negaban a abolir la esclavitud. Emitió la Proclamación de Emancipación el 1 de enero de 1863, declarando libres a los esclavos en los estados rebeldes, y promulgó la Decimotercera Enmienda Constitucional, que terminó formalmente con la esclavitud en todo el país. Fue asesinado de un balazo en la cabeza el 14 de abril de 1865, mientras asistía a una función en el Teatro Ford, en la capital Washington, y murió a la mañana siguiente. Su asesino, el actor John Wilkes Booth —simpatizante de los confederados del sur — escapó del lugar y fue capturado tres días después.

Nelson Mandela, nacido el 18 de julio de 1918 en Mvezo, Sudáfrica, fue un abogado que combatió radicalmente la política racista del apartheid y la dictadura instaurada en 1948.

Libró importantes batallas políticas y se movilizó en favor de las causas de la mayoría de color de Sudáfrica. El gobierno lo acusó de terrorismo y lo encarceló en Robben Island, donde permaneció preso durante 27 años. Se defendió como pudo, rechazó ofertas de negociación que le habrían implicado libertad a cambio de abdicar sus principios, y apeló a la presión internacional, logrando un gran impacto en la lucha por los derechos humanos. Quedó en libertad en 1990 y se dedicó a recorrer varios países como símbolo de autenticidad y convicciones de lucha. Ganó el Premio Nobel de la Paz en 1993, junto con Frederik de Klerk.

Llegó a la presidencia de su país en mayo de 1994 y concluyó su mandato en junio de 1999. Murió el 5 de diciembre de 2013 en Johannesburgo, Sudáfrica, a causa de una infección respiratoria. Tenía 95 años.

Martin Luther King nació en Atlanta, Georgia, en enero de 1929. Sociólogo y doctor en Teología, fue pastor de la iglesia bautista Dexter Avenue, en Montgomery, Alabama. Ahí inició su lucha por los derechos civiles de los afroamericanos, predicando la no violencia y las manifestaciones pacíficas. Lo que resultaba increíble para los analistas estadounidenses era que, a casi cien años del asesinato de Abraham Lincoln —quien había decretado el fin de la esclavitud—, la discriminación racial se hubiera acentuado en ese país al grado de que las personas de color estaban obligadas a ceder su asiento en el autobús a los blancos, que los niños de color no podían ingresar a escuelas de niños blancos, y que a los manifestantes se les atacara con perros y mangueras de agua en plena calle.

El presidente John F. Kennedy simpatizó con la lucha de King, pero no impúlsela nueva ley de derechos civiles por temor al voto blanco sureño para la reelección de 1964. Fue asesinado en noviembre de 1963.

Tuvo que ser el presidente Lyndon B. Johnson quien promoviera la célebre Ley de Derechos Civiles por la que luchaba King. El jurista estadounidense Bruce Ackerman ha dicho que la bala que mató a Lincoln en 1865 y la que mató a Kennedy en 1963 marcaron —a casi cien años de distancia— el ritmo del reconocimiento de los derechos civiles y el golpe definitivo para combatir la discriminación.

En 1964, a los 35 años, King recibió el Premio Nobel de la Paz.

Al viajar para apoyar una huelga de trabajadores afroamericanos del servicio de recolección de basura en Memphis, el 4 de abril de 1968 fue asesinado cuando se encontraba en la terraza del Motel Lorraine de esa ciudad. Murió a los 39 años de edad.

Ninguno de los mencionados fue mercader de la política, y todos lograron cambiar el curso de la historia, precisamente por no caer en el fatalismo —el “no hay nada que hacer”— ni en la predeterminación política —”todo tiene una razón y un porqué”— frente a las realidades. Creyeron en sus ideas y no cedieron.

Lucharon contra todos los obstáculos y terminaron por imponerse: unos al precio de sus propias vidas (Madero, Lincoln, King), y otros desafiando a la autoridad con cárcel y persecuciones permanentes, a muy altos costos (Mandela). Pudieron ceder a los cantos de las sirenas o a las tentadoras ofertas de la comodidad política, pero no lo hicieron. Con ellos se estrelló el fatalismo político, y triunfaron las ideas a pesar de las duras realidades, los obstáculos y las eternas resistencias que muy pocos en la historia han resistido.

bulmarop@gmail.com

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