Hoy voy a platicarle a usted un poco sobre la vieja e inolvidable ‘Casa del Pueblo’. Un nombre que sin duda tiene reminiscencias de terminología política con corte izquierdista y olor a alcanfor. ¿Quién le puso así y por qué lo hizo? Vaya usted a saber. Quienes pudieran decírnoslo ya han muerto, o están a punto de, así que podemos suponer que el gobernante que la construyó quiso hacerle al democrático, y le puso ese nombre tan sonoramente populista en la actualidad… como si estuviera visualizando un futuro aún muy distante.
Si usted es nativo de Hermosillo, o vive aquí desde los años 60’s del siglo XX hacia atrás, seguramente recordará ese lugar, que estuvo enclavado en el extremo oriente del Parque Madero. Si usted es de entonces para acá, o llegó posteriormente de algún lugar para vivir entre nosotros, entonces no sabrá qué cosa es o fue esta histórica ‘Casa del Pueblo’.
La ‘Casa del Pueblo’ fue una especie de unidad deportiva, combinada con lugar para eventos cívicos. Se localizaba donde hoy se encuentra el Parque Infantil del DIF estatal, colindando con la calle Morelia al Norte y la casa de la familia Del Razo al Sur. Por el poniente colindaba con la calle de acceso, que entonces no tenía nombre. Hacia el oriente no había calles ni casas, sólo sembradíos, rancherías y ordeñas.
Ahí hubo una cancha de frontón, precisamente en la esquina con la calle Morelia, en la que jugaron y destacaron viejos amigos que vivieron en ese barrio, como los Montoya, los De La Puente, los Moreno, y muchos otros buenos frontonistas a mano. El frontón de raqueta se practicaba poco. En la parte posterior estuvo instalado un ring, en el que el inmortal Jesús ‘Chucho’ Llánes daba clases de box a una parvada de jóvenes (jóvenes entonces, obvio) como Ricardo “Chero” Valenzuela, Bernardo “Nayo” Reyes (+), “El Cheroplas” Woolfolk (+), y muchos otros.
También había ahí una cancha de tenis -probablemente la primera que hubo en esta ciudad- con superficie de arcilla. Ahí practicaban tenis los escasos aficionados a ese deporte que había en aquellos años, como los doctores José Jiménez Cervantes, Gastón Madrid, Alfonso Durán Vázquez, el químico Alberto Torres Enríquez (todos ellos ya fallecidos) y algunos otros. Debo decir que el tenis en aquellos años era un deporte “fifí” -para utilizar un término muy de moda en la actualidad-prácticamente desconocido para los pueblerinos hermosillenses, más no para algunos de los eminentes médicos que llegaron del sur del país, para convertirse honrosamente en sonorenses por adopción.
En el edificio principal, cuyo acceso quedaba sobre la calle xxx había una especie de auditorio cívico, o salón de actos, y algunas oficinas administrativas, y en la parte de atrás había una alberca semi-olímpica, con sus correspondientes trampolines para clavados. Recuerdo muy bien que en el vestíbulo principal había unos hermosos vitrales de gran tamaño, con motivos diversos de la Revolución, cuyo destino final nadie conoce… excepto quien se los haya llevado cuando la ‘Casa del Pueblo’ pasó a mejor vida en aras de la modernidad.
En el costado Sur de este edificio estaba el inolvidable Estadio de Béisbol de la Casa del Pueblo, que así se llamó hasta que le cambiaron el nombre por el de ‘Estadio Fernando M. Ortiz’, en honor del distinguido ciudadano hermosillense, y gran aficionado a este deporte.
Ahora, déjeme hablarle un poco de este estadio, porque está lleno de recuerdos y páginas gloriosas del deporte, especialmente el deporte de los bates y las pelotas. Yo tuve el privilegio de conocer este estadio en virtud de que mi difunto abuelo materno, don Arturo Salazar Robles (nativo de San Miguel de Horcasitas) siendo yo un niño pequeño y por ser el primer nieto de la familia Salazar-Dávila, me llevaba todos los domingos a los juegos de pelota (como él y mis tíos Salazar les decían) cuando existía la vieja Liga de Sonora, en la que participaban exclusivamente equipos sonorenses: Guaymas, Empalme, Obregón y Navojoa. Años después esa liga se convirtió en la Liga de la Costa del Pacífico, y más adelante en la actual Liga del Pacífico.
Ahí, en ese viejo estadio, competí en 1950 en la prueba de los 50 metros planos, cuando cursaba sexto año en la escuela Alberto Gutiérrez, en unas competencias inter-primarias que se realizaron. Ahí presté mi juramento como conscripto del Servicio Militar Nacional en 1955.Aquel estadio era muy especial. Tenía un túnel de acceso en la parte central que permitía llegar directo al terreno de juego. Las gradas centrales, laterales y de sol eran todas de cemento, y estaban levantadas unos 2 metros sobre el terreno de juego que, como dije, era de tierra. Inicialmente el campo no tenía barda de madera, y la parte posterior, hacia el oriente, daba hasta las huertas de naranjo que alguna vez hubo ahí. Como quien dice era un estado cuasi-llanero, pero no obstante, era el estadio de beisbol de nuestro viejo y querido Hermosillo.
La historia de la vieja ‘Liga de Sonora’, como se le denominaba oficialmente, está llena a rebosar de anécdotas y episodios inolvidables,y desde luego ese estadio se encuentra ligado a enormes peloteros del equipo local, que por cierto en un tiempo se llamó “Queliteros”. La gran mayoría de aquellos jugadores eran locales y regionales, y como es obvio, todos ellos ya descansan en paz. Por mencionar a unos cuantos, y simplemente como referencia, tenemos al zurdo Jesús Astrain, al “Negro” Cota, al “Pichelito” Ortiz, al “Cabezón” Uriarte, al “Güero” Torres, al “Sordo” Solano, a Miguelito Valdez, el “Chuli” Valenzuela, y una lista larga e interminable de estrellas de aquellos años maravillosos en que el beisbol se jugaba únicamente de día y en campos de tierra. Un día legó un conjunto de pintorescos jugadores cubanos, entre los cuales recuerdo al pitcher Félix Zulueta, al cátcher Carlos Colás, y al jardinero Spike Valdez.
Cuando la Liga de Sonora se convirtió en Liga de la Costa del Pacífico, el estadio de ‘La Casa del Pueblo’ se convirtió en ‘Estadio Fernando M. Ortíz’, y sufrió su primera gran remodelación. Las gradas de cemento centrales y laterales fueron cambiadas por butacas, y bajaron hasta el nivel del terreno de juego. Aparecieron las torres de alumbrado y la pizarra elécrica. Y se le puso un techo de lámina que cubría la zona central y lateral. Y la ‘Liga de Sonora’ se convirtió en ‘Liga de la Costa’, y el equipo local pasó a ser “Naranjeros” de Hermosillo, como se le conoce hasta la fecha.
La historia de la Liga de La Costa está ligada a una de las épocas más brillantes que ha tenido el beisbol profesional en nuestra región. La lista de peloteros nacionales y extranjeros que desfilaron por los viejos equipos Ostioneros de Guaymas, Arroceros de Obregón, Mayos de Navojoa, Venados de Mazatlán y Tacuarineros de Culiacán, es brillante e interminable, y va desde Manolo Echeverría, La Mala Torres y Herman Reich, hasta Cochihuila Valenzuela, Memo Luna y Ángel Castro, pasando por Dick Greco, Jim Lemon, Jerry Hairston, “Papelero” Valenzuela, Joe Brovia, Mamerto Dandrige, Lonnie Sommers, Daniel Ríos, Leo Rodríguez, Rubén González, Vicente Romo, “Chanquilón” Díaz, el “Grillo” Serrell, el “Huevito” Álvarez, Earl Averill, RonnieCamacho, Luke Easter, Don Larsen, el “Natas” García, Virgilio Arteaga, Elliott Wills, Pepe Bache, Art Lilly, “Burbuja” Vázquez, y un etcétera más largo que un tren de carga. Un enjambre de jugadores cuyas hazañas aún viven en la memoria de los viejos aficionados, como quien esto escribe.
Imposible olvidar aquellos trepidantes y apasionantes juegos entre las selecciones de la Liga Invernal Veracruzana y la Liga de la Costa del Pacífico. Los grandes duelos de pitcheo, las increíbles atrapadas, los costosos errores, los inmensos batazos, los robos de base, y los gritos de los fanáticos que disfrutaban y sufrían por igual. Triunfos y derrotas, gritos de euforia y lágrimas amargas, en un deporte que forma parte del ADN de la gente de nuestra región.
Y el más grande de todos, de acuerdo a los números y los records que dejó: Don Héctor Espino, en cuyo honor fue bautizado el estadio que vino a sustituir al Fernando M. Ortiz-Casa del Pueblo. El estadio Héctor Espino, como escenario, por si solo representa un capítulo aparte, que daría lugar a un grueso libro para poder contener todas las historias y todas las proezas que ahí se escenificaron.
Seguramente los aficionados al beisbol de Tijuana, Mexicali, Guaymas, Cd. Obregón, Navojoa, Los Mochis, Guasave, Mazatlán y Culiacán podrán relatar sus propias vivencias de lo que ha sucedido a lo largo de los años con sus equipos locales, y los jugadores que en ellos han participado.
Algún día, espero, alguien escribirá la historia completa del beisbol que hemos el privilegio de disfrutar durante décadas, a lo largo la costa del Pacífico, desde que el llamado ‘rey de los deportes’ estaba en pañales,hasta su situación actual… ¿Lo verán mis ojos?
En Tweeter soy @ChapoRomo
e-mail: schapporomo@gmail.com