Héctor Rodríguez Espinoza
(Brevísimo Ensayo I)
Jueves 1 de enero de 2026
*Una simple anécdota de oficina, en una parábola sobre la condición humana.
Para cerrar el pasado año 2025, pasé a visitar al Dr. en Literatura Iván Ballesteros Rojo, eficiente Coordinador del Fondo Editorial de la Universidad de Sonora, en la planta baja sur del Museo y Biblioteca, con el propósito de verificar el comportamiento de mi reciente texto Académico “Diálogos Didácticos de Introducción al Estudio del Derecho y Nociones de Filosofía del Derecho”, en formato de Aplicación e iniciar el camino administrativo para una versión impresa en este año.
Al despedirme, me obsequió un ejemplar -colección Atemporales-, de la pequeña gran obra “Bartleby, el amanuense: una historia de Wall Street”, de Herman Melville (1819-1891), maestro indiscutible de la narrativa universal, traducción de Luis Alejandro Maciel Ortiz y Notas de Milton Aragón.
Bartlevy es copista, un amanuense de “un abogado sin ambiciones”, anónimo en Wall Street (Nueva York, siglo XIX). De pronto, y sin ninguna explicación previa, el personaje adquiere una postura de desobediencia parsimoniosa, de indisciplina, de resistencia y de rebeldía (un enigmática frase “preferiría no hacerlo”), como fuerza de trabajo de la maquinaria de producción en serie, desposeyéndola de toda humanidad, acto que no podía estar más vigente en la actualidad, de tanto consumismo capitalista, en la que los más importantes valores (la justicia, la salud, la libertad) se han convertido en una mercancía más.
Reseña crítica:
Bartleby, el escribiente: una historia de Wall Street (1853), conocida en algunas traducciones al español como El amanuense, es uno de los relatos más enigmáticos y perdurables de Herman Melville. Publicado originalmente de forma anónima en la revista Putnam’s Monthly, este cuento breve representa un punto álgido en la producción tardía del autor de Moby-Dick, tras el fracaso comercial de sus novelas anteriores.
Aunque en su época pasó desapercibido, hoy se considera una obra maestra de la literatura estadounidense, precursora del absurdo existencial y de la crítica social moderna. El relato está narrado en primera persona por un abogado anónimo, un hombre mayor, próspero y conformista que dirige un bufete en Wall Street. Para aliviar la carga de trabajo de sus empleados —los excéntricos Turkey y Nippers, más el chico de los recados Ginger Nut—, contrata a Bartleby, un amanuense pálido, silencioso y aparentemente diligente.
Al principio, Bartleby copia documentos con una productividad asombrosa, pero pronto comienza a rechazar tareas con su frase emblemática: «Preferiría no hacerlo» (I would prefer not to). Esta negativa pasiva se extiende hasta el punto de que deja de trabajar por completo, se niega a abandonar la oficina e incluso a comer, culminando en su arresto por vagancia y su muerte en prisión, acurrucado frente a una pared.
La genialidad de Melville radica en la ambigüedad deliberada del texto. Bartleby no es un personaje explicado: no conocemos su pasado (salvo un rumor final sobre su trabajo en la Oficina de Cartas Muertas), sus motivaciones ni su psicología profunda. Esta opacidad genera un enigma que ha fascinado a generaciones de críticos. ¿Es Bartleby un símbolo de la alienación capitalista, un trabajador que rechaza la mecanización deshumanizante del trabajo burocrático en la emergente Wall Street? Muchos lo interpretan así: su labor repetitiva de copista refleja la alienación marxista avant la lettre, donde el individuo se reduce a una pieza intercambiable en el engranaje productivo.
Gilles Deleuze, en su ensayo “Bartleby o la fórmula”, lo ve como una figura de resistencia radical, cuya fórmula («preferiría no») desarma el lenguaje del poder, sin confrontación directa. Otras lecturas lo acercan al existencialismo: Bartleby encarna la náusea ante la absurdidad de la existencia, un precursor de personajes como los de Kafka o Camus. Su pasividad no es rebeldía activa, sino una negación absoluta que cuestiona el sentido de la acción en un mundo vacío. Algunos críticos psicoanalíticos lo diagnostican como depresivo o autista, mientras que otros lo comparan con una figura crística, víctima de la indiferencia social.
El narrador, el abogado, no sale mejor parado: su “caridad” es calculada y egoísta («me costará poco y ganaré aprobación moral»), revelando la hipocresía burguesa. Melville critica, así, no solo el capitalismo naciente, sino la falsa filantropía que lo sustenta. El estilo es sobrio y preciso, con un humor irónico sutil que contrasta con la creciente desesperación. Las “paredes” recurrentes —ventanas tapiadas, muros en la oficina, la prisión— simbolizan el aislamiento humano en la sociedad moderna. El final, con el rumor de las cartas muertas (mensajes de esperanza quemados sin llegar a destino), es un golpe maestro: evoca la futilidad de la comunicación y la vida misma.
Críticas posibles: Algunos podrían argüir que la ambigüedad es excesiva, dejando al lector frustrado sin resolución. Sin embargo, esta es precisamente su fuerza: obliga a interpretar, a confrontar nuestras propias “preferencias” ante lo inexplicable. En un mundo actual de burnout laboral y resistencia pasiva (piénsese en el “quiet quitting”), Bartleby sigue siendo perturbadoramente actual. En definitiva, Bartleby el escribiente, es una obra magistral por su economía narrativa, su profundidad filosófica y su crítica atemporal al sistema que nos aliena. Melville transforma una simple anécdota de oficina en una parábola sobre la condición humana. Imprescindible para quien busque literatura que inquiete y perdure.
Retrato de Melville por Joseph Oriel Eaton, óleo sobre lienzo, 1870.
(Grok IA. Continúa).