AMLO y la batalla pospuesta


 

Por Alberto Vizcarra Ozuna

 

            Afecto a los simbolismos, el presidente Andrés Manuel López Obrador, se dispone a celebrar este lunes primero de julio, no los más de seis meses de su gobierno, sino la victoria electoral de hace un año, que con treinta millones de votos lo llevó a la presidencia de la república. Acaso los grandes desafíos que el ejercicio del poder le plantean, con una economía nacional estancada y con el frente de la seguridad desbordado, llevan al presidente a procurar el recreo en la  plaza pública, lugar en donde él se siente confortado y se desenvuelve con holgura.

 

            Está convocando al Zócalo de la Ciudad de México, para recordar la epopeya del primero de julio del año pasado e insistir en que haber logrado el triunfo electoral, “no fue poca cosa”. Y es verdad, el fenómeno de masas que se concretizó en la urnas, expresó el rechazo a un orden que por cerca de treinta años marginó a la mayoría de la población y expulsó a millones de mexicanos a los Estados Unidos, que huyeron del hambre y el desempleo. Las masas no teorizan, solo reaccionan frente aquello que no da resultados; tampoco procuran al líder perfecto. Cuando el hartazgo llega al punto de ruptura, es como una presa que revienta y las aguas van en busca de un nuevo cause.

 

            Pero el país no se puede sostener solo con evocaciones simbólicas. Los símbolos deben de ser referentes de inspiración para convocar a la población a la realización de grandes tareas transformadoras, que hasta el momento el presidente ha pospuesto. Su discurso en contra del neoliberalismo quedó reducido a la lucha en contra de la corrupción administrativa. En su magisterio cotidiano el neoliberalismo dejó de ser un modelo económico con sus dogmas bien definidos en materia de política comercial, financiera, presupuestal y monetaria. Para el presidente, la corrupción resultante de esa política, es causa y principio de todos los males.

 

            Esa visión reduccionista del presidente, lo ha enfrascado en una batalla perdida: creer que con el combate a la corrupción generará los excedentes presupuestarios que le permitan disponer de recursos públicos para invertir en el desarrollo nacional. La ilusión de que el país puede crecer económicamente, sin trastocar los dogmas estructurales de la política económica neoliberal que por cerca de tres décadas convirtió al país en un fondo de saqueo de los mercados especulativos, con esquemas financieros desregulados, sin capacidad nacional de crédito y con una política fiscal sujeta a la soga del llamado equilibrio presupuestal.

 

            Mientras el presidente se enfrasca en su lucha contra la corrupción, la Secretaria de Hacienda y el Banco de México se encargan de que la nación continúe por los mismos derroteros de una política económica que condenó al país a no superar el mediocre crecimiento del dos por ciento anual. Al presidente le dejaron el discurso antineoliberal, mientras su gabinete económico hace valer en la práctica la política económica neoliberal.

 

            Si el presidente continúa posponiendo las modificaciones estructurales que el país requiere en materia de política económica, para poder recuperar la capacidad nacional de crédito, vigorizar el gasto público con un manejo razonable del necesario déficit presupuestal y admite los chantajes económicos para no diversificar los mercados internacionales -particularmente aquellos acuerdos que podrían vincular a México con el sector asiático y la locomotora de la economía China- el país no podrá crecer y su presidencia se podría sumar a la mediocridad que caracterizó a los últimos seis sexenios.

 

            Sin desarrollo y crecimiento económico, el redistribucionismo presupuestal, que se esgrime como la principal arma contra la pobreza, es insostenible. Será como una rueda suelta que muy pronto perderá su vuelo.

 

Ciudad Obregón, Sonora, 27 de junio de 2019

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