El reparto de la riqueza



En estos últimos días me topé en Twitter con uno de los videos de corte crítico que Milenio hace circular en las redes sociales. En dicho video “El Jefe” Diego Fernández de Cevallos destaca como algo positivo en el “Primer/Tercer” Informe que presentó Andrés López, el que se advierta su intención de repartir mejor la riqueza entre los mexicanos. Definitivamente estoy en desacuerdo con ese punto de vista del viejo y profundamente experimentado, marrullero, colmilludo y autosecuestrado político, cuya epidermis política está marcada con el indeleble tinte azul, clásico del panismo más rancio y apolillado.

Más adelante, en ese mismo video, “El Jefe” Diego expone una serie amplia de argumentos críticos sobre otros aspectos del Informe, en los que describe con irreprochable y minuciosa claridad las omisiones y las mentiras, los engaños y exageraciones en que incurrió López, con total desfachatez y desvergüenza y con cara de “no rompo un plato”. Con esos otros planteamientos de “El Jefe” sí estoy de acuerdo, y no les opongo objeción alguna.

Mi argumento, que compartí en un Tweet que posteé el sábado pasado, alrededor de las 8 a.m. es el siguiente, y lo replico de manera textual: “Repartir la riqueza es muy diferente a repartir lo que es muy escaso. Los recursos públicos lo son, y siempre lo han sido. Entonces lo que López está haciendo no es repartir la riqueza de manera más uniforme, sino la escasez en forma pareja. Riqueza es la que disfrutan los ricos” (fin del Tweet).

Pero si los viejos lobos de mar que navegan en los tormentosos océanos de la política nacional, como “El Jefe” Diego y otros especímenes por el estilo, caen redonditos en el garlito tendido por un maestro en el arte del engaño, como ha llegado a ser AMLO gracias a la práctica constante durante la mayor parte de su vida, ¿por qué nos debe extrañar entoncesque millones de mexicanos vivan hipnotizados por el ilusionista, y otros millones hayamos caído y sigamos cayendo en las tupidas redes de la mentira que a diario saca de su chistera el David Andrés Manuel Copperfield de Macusapana, y que intenta meternos en el gaznate por la fuerza en sus indigestas Mañaneras?

Aprisionados como estamos en una maraña en la que se mezclan la retórica perversa, la semántica tendeciosa, la dialéctica retrógrada, los silogismos falsos y las falacias desorientantes, somos como moscas que han caido en la tupida tela de araña tejida por el venenoso arácnido tabasqueño.

¿Qué es lo que realmente está repartiendo don Andrés entre una fracción imprecisa del pueblo mexicano?

Si México fuera realmente un país rico en el sentido amplio de la palabra, cuyas arcas públicas se estuvieran desbordando, y cuya gente tuviera constantemente un pollo asado y una caguama Tecate en sumesa, un par de zapatos con qué calzarse, y un techo decente sobre sus cabezas, entonces podríamos aceptar que López Obrador llegó para distribuir de mejor manera las riquezas y las bendiciones entre el pueblo bueno y sabio que espera justicia social desde que los aztecas fundaron y se establecieron en la Gran Tecnochtilán.

México, como país, es relativamente rico (aún), pero definitivamente no es próspero. Su masa poblacional conoce el sabor y el olor y el color de la pobreza porque siempre ha vivido hundida en ella, en unas épocas más que en otras, pero siempre en el límite que separa la simple pobreza de la ruina atroz. La abundancia de riquezas naturales con que México fue bendecido lo convirtieron en un botín sumamente apetecible, tanto para los extranjeros como para una casta dorada de connacionales que durante siglos supieron aprovechar las oportunidades que se les presentaron para depredarlo a su antojo, y hacerse de mulas Pedro. De mulas, de bueyes, de caballos, de carrozas, y más adelante delimousinas y jets privados.

Los gobiernos de México, TODOS SIN EXCEPCIÓN (incluyendo desde luego al actual), han repartido la riqueza del país, pero no lo han hecho en forma pareja, como lo podrían y deberían haber hecho, sino entre una muy reducida y selecta minoría que casi siempre se ha localizado en un sector exclusivo de la sociedad mexicana. Ellos (los muy pocos) son los de arriba, y los demás, todos los demás, somos los de en medio y los de hasta abajo. Los de hasta arriba han heredado esta tierra que tiene forma de cuerno de la abundancia, y en términos generales la transfieren de padres a hijos y de generación a generación. Esa es la regla, aunque ocasionalmente se agregan unos cuantos nuevos depredadores al cortejo de la riqueza y la abundancia.

Los demás mexicanos, los de las actuales y las anteriores generaciones que se remontan hasta tiempos inmemoriales, hemos heredado las historias, las fantasías, las mentiras, las promesas, y los ofrecimientos de un resurgimiento que jamás ha llegado, y que probablemente jamás llegará. De hecho, la dureza de los hechos y la inmisericorde realidad nos indican que no hay motivo para esperar que algún día habrá de llegar.

De acuerdo con los diccionarios, el término “riqueza” significa abundancia de bienes; opulencia, lujo. También se interpreta como fertilidad y fecundidad. En ninguno de los diccionarios que consulté, y tampoco en Wikipedia o en Gooogle, el término riqueza se refiere a los recursos públicos de los países. En los países, incluyendo el nuestro, se puede hablar de riqueza en términos de recursos naturales, e incluso de recursos humanos, luego entonces lo que supestamente está “repartiendo equitativamente” AMLO entre los pobres de México no son ríos, o minas, o bosques maderables, sino dinero que extrae de las arcas públicas, que cada día están más exhaustas.

Durante varios sexenios la forma acostumbrada de distribuir los apoyos y los diversos tipos de ayuda oficial, fue por medio de las instituciones y los programas diseñados para ello. Con el tiempo y las deformaciones, de ahí se derivó un creciente nivel de corrupción. A partir de su llegada al poder, el apóstol San Andrés ha decidido que los apoyos, las becas y toda clase de ayuda a los empobrecidos y desplazados, sea en forma directa, mano a mano y sin intermediarios, lo cual rompe con los moldes tradicionales.

Pero ¡mucho ojo!: No se conocen los criterios en que se sustentan las entregas de los apoyos, no se realizan estudios socioeconómicos que sirvan de soporte, se deconocen los padrones de necesitados, y su situación económica real. Por consiguiente, de ninguna manera se puede garantizar que la corrupción, en sus diferentes modalidades, se haya eliminado, o se vaya a eliminar. El peor enemigo sigue ahí, vivito y coleando.

Así pues ¿el que López Obrador esté entregando por su propia mano, o por medio de sospechosas tarjetas bancarias, centenares de millones de pesos a ciertos segmentos de población, autoriza a decir que está cambiando DE MANERA CORRECTA Y TRANSPARENTE la forma de repartir la riqueza entre los mexicanos? ¿De qué mexicanos se está hablando? ¿De qué riqueza se está hablando? Si de verdad se está repartiendo la riqueza de manera diferente entre todos los mexicanos ¿cómo es entonces que los niveles de pobreza no descienden en el país y, antes bien, permanecen o se incrementan?

Riqueza, lo que se llama riqueza, en moneda contante y sonante, bienes inmuebles, bonos y acciones, es la que pueden presumir individuos como:

1. Jeff Bezos, 131,000 millones de dólares. 

2. Bill Gates,  96,500 millones de dólares. 

3. Warren Buffett, 82,500 millones de dólares. 

4. Bernard Arnault, 76,000 millones de dólares. 

5. Carlos Slim, 64,000 millones de dólares.

6. Amancio Ortega, 62,700 millones de dólares. 

7. Larry Ellison,  62,500 millones de dólares. 

8. Mark Zuckerberg, 62,300 millones de dólares. 

9. Michael Bloomberg, 55,500 millones de dólares 

10. Larry Page, 50,800 millones de dólares.

Ahí, en esa selecta lista de los diez hombres más ricos del planeta, encontramos a “nuestro” Carlos Slim Heliú, instalado en el quinto lugar, a media tabla, y con amplias posibilidades de escalar de nuevo a la cúspide, donde no hace mucho estuvo. Puede lograrlo, si aprovecha las facilidades y oportunidades que le está obsequiando don Andrés “El Magnánimo”. Le acaban de abir de par en par las puertas al banquete palaciego en que se reparte la riqueza nacional, el festín privado que se ha dado siempre entre los miembros distinguidos de la realeza totonaca.

Desde muy lejos y desde muy abajo, observa Juan Pueblo con cara de azoro y lágrimas en los ojos. Mientras que a los viejos y a los enfermos, a los nini-ninis y a los desocupados que no tienen intenciones de ocuparse, les llegan las dádivas y las becas miserables que no mitigan su pobreza y solo la alivian por un instante, a los señores del gran dinero y de la alta influencia se les otorgan los contratos de las gigantescas obras de infraestructura para que se surtan a placer.

Y da inicio la danza sexenal de los millonarios, que se realiza en los recintos más privados y elegantes a los que, desde luego, al pueblo bueno, sabio y sobreexplotado no se le permite asomarse ni siquiera por una ventanuca del corral de atrás.

En Twitter soy @ChapoRomo

Mi dirección de correo es [email protected]

Comentarios

Comenta ésta nota

Su correo no será publicado, son obligatorios los campos marcados con: *