Corrupción a.4T y d.4T



Hace casi un año que llegó la 4T con el compromiso de acabar con la corrupción en México…

¿Ha cumplido ese compromiso, o en todo caso, en qué medida?

La corrupción ha sido y es, sin duda alguna, el gran tema, el gran problema, el enorme cáncer de nuestro país. Ha consumido buena parte de nuestra energía vital, a lo largo de incontables años. Aunque algunos no acepten reconocerlo, ha sido también un motor que ha movido los aparatos políticos, económicos y sociales que existen en nuestro país. Parodiando las palabras con que Jesucristo contuvo la furia de la turba lapidaria, se podría decir que aquel que esté libre de culpa, y que no haya sido corrupto en determinado momento y circunstancia, o no haya corrompido a alguien alguna vez en su vida, es libre de arrojar la primera piedra.

Así como el nacimiento de Cristo establece en los tiempos históricos un a.C (antes de Cristo) y un d.C (después de cristo), así también en la historia política de nuestro país, tendremos que hablar de un a.4T y un d.4T, para referirnos a lo ocurrido antes y después del advenimiento de la Cuarta Transformación, que aún se encuentra en periodo de gestación, y que todavía es hora en que nadie sabe bien a bien en qué consiste y hacia dónde nos llevará. No nos lo dicen, y seguramente no nos lo dirán, probablemente porque ni sus propios inventores y operadores lo saben.

Como referencia histórica, recordaré a usted que en el año 2014, hace la friolera de 5 años, el Índice de Percepción de la Corrupción elaborado por Transparencia Internacional, detectaba en México un rezago significativo en la materia, y lo colocaba a la par de países con altos niveles de corrupción como Bolivia, Moldavia y Níger. El estudio anualde aquel año ubicaba a México en la posición 103 entre un total de 175 países, con una evaluación de 35 sobre 100, en una escala que va de cero (percepción de altos niveles de corrupción) a 100 (percepción de bajos niveles de corrupción).

Admito no contar en estos momentos con una evaluación reciente para establecer la comparación que sería necesaria y conveniente entre la situación de ayer y la de hoy en materia de corrupción, pero suponiendo sin conceder que haya habido una mejoría real y comprobable, sería (en todo caso y de acuerdo a mi precepción) cuando mucho marginal, y realmente poco significativa..

Dese luego, el señor de las mañaneras debe contar con otros datos, y tanto él como su aparato de difusión se encargarán de magnificar y remachar los logros que eventualmente se hayan obtenido, si es que en realidad los ha habido. Lo cual debemos poner prudentemente en tela de duda, en virtud de los informes que surgen de la operación sucia de ciertos programas insignia de la 4T, como por ejemplo “Jóvenes Construyendo Futuro”, que está dando mucho de qué hablar, en plan negativo.

La corrupción mexicana, por su naturaleza y características ha sido comparada con la mítica hidra de las mil cabezas, a la que al cortarle una de ellas inmediatamente surgía otra, convirtiéndose así en un ente invencible e inmortal… hasta que llegó Hércules para acabar con ella.Pero eso es parte de la mitología griega, y nada o muy poco tiene que ver con la realidad actual que vivimos en nuestro México.

La gran cruzada -de facto o de verbis– emprendida por Andrés Manuel (o Manuel Andrés, según algunos) López Obrador es, sin duda alguna, el combate a la corrupción. Ha sido y sigue siendo su gran bandera, y le ha servido para justificar las barbaridades enormes que ha cometido en su primer año de gobierno. Ha servido como justificante explicativo para cancelar obras prioritarias y programas benéficos, bajo el argumento, tal vez sustentado, de que en ellos existían altos niveles de corrupción. La decisión fue acabar con ellos y cancelarlos, en vez de corregir y solventar las anomalías, y luego proseguir con las obras y los programas en mejores condiciones de salud moral. Los costos y los daños han sido de incalculables proporciones, y solo a medida que transcurra el tiempo podremos conocer las repercusiones en su total dimensión.

A López Obrador se le han ocurrido algunas sub-cruzadas, como por ejemplo la amnistía general para los malandros, la pacificación del país mediante la estrategia de besos y abrazos y no balazos, el combate contra los conservadores, el enfrentamiento con el neoliberalismo y los fifís de sangre azul, y seguramente su mente enferma y calenturienta seguirá produciendo luchas tontas y estériles por el estilo, cuyo fin no es otro que seguir embonando en los odios ancestrales que subyacen en la idiosincrasia totonaca, y promoviendo la lucha de clases, que representa el eje y corazón de su estrategia de gobierno.

Hay preguntas que es necesario y conveniente hacer, en los momentos actuales que vive nuestro país. Desde su propia y personal posición y situación ¿usted diría que la corrupción ha disminuido en forma clara y perceptible en México? ¿O usted diría que se ha mantenido en los niveles habituales que ha tenido durante décadas?

A estas alturas y ante las evidencias ¿quién puede dudar o negar que la corrupción es el cáncer que está matando a nuestro país, desde hace cuando menos 50 años, y tal vez más? Lo que es un hecho irrefutable y más que evidente, es que detrás, debajo, y en torno a todos los problemas que afectan a nuestro país (pobreza, hambre, violencia, anarquía, desestabilización, ausencia de justicia, favoritismos, tráfico de influencia, etcétera) está la corrupción, como un envolvente maléfico, como un líquido amniótico perverso y putrefacto.

Pero la corrupción no es exclusiva de México, ni de chiste. Existe en todas partes, y de la corrupción no escapa nadie, persona o país. Y para no caer en imprecisiones, digamos que la corrupción mexicana no es nada más la corrupción del PRI y sus gobiernos: es la corrupción de todos los que habitamos en este país, de todos los partidos sin distinción, de todas las instituciones públicas y privadas y de todos y cada uno de los sectores que conforman la sociedad. Es imposible llegar a los niveles de corrupción en que nos encontramos, de acuerdo a las mediciones de “Transparencia Internacional”, sin la concurrencia de todos y cada uno de los actores que participan, y entre los cuales el pueblo -la gente- ocupa un lugar destacado en la primera fila.

Un pueblo que vive esperando que alguien, o algo, le resuelva sus problemas, un pueblo se deja embrujar por las becas y los apoyos clientelares, una sociedad multiforme que abomina el trabajo y que vive pensando en los puentes vacacionales, un pueblo que no piensa más que en la llegada del viernes para dedicarse al chupe o a la holganza sin sentido, un pueblo que exige que le den todo sin dar nada a cambio, un pueblo que renuncia a su dignidad aceptando que lo manejen como vil carne de cañón en las marchas y manifestaciones callejeras por este o aquel pretexto, un pueblo que ha aceptado cambiar el amor y la compasión por el odio y la violencia… un pueblo así, exactamente como es el nuestro, no puede exigir nada, porque no se lo ha ganado, o no se lo ha ganado lo suficiente.

Cuando el apoyo -justificado o no- por un seudo líder “moral” y su movimiento político se convierte en el argumento básico para lanzar al país de cabeza a las llamas de una revolución prefabricada en los hornos del anarquismo, y surgen de ahí las movilizaciones en una sincronía perfecta que desmiente su autenticidad, algo anda mal, algo está podrido, además del corazón de la masa ciudadana. Cuando las instituciones fundamentales en las que de sustenta nuestra democracia, cuando los tres poderes constitucionales se alinean y someten a la voluntad de un solo hombre, cuando las comisiones de derechos humanos se convierten en instrumentos que pervierten su función y se ponen al servicio de las fuerzas corruptoras y destructivas, algo anda muy mal. Cuando la justicia está al servicio del mejor postor, y cuando las togas de los jueces, ministros y magistrados adquieren el color del trafique y el olor de la traición, algo anda muy mal. Cuando en un país surgen fuerzas tan formidables que luchan para que nada funcione, y luego utilizan el argumento de que nada funciona para apoyar sus marchas y protestas, algo anda realmente mal.

Y cuando la gente común y corriente, la gente de todos los días y de todos los rincones, se somete, deja de pensar y se deja arrastrar por las consignas destructivas, y acepta alinearse al lado de las turbas que viven de las dádivas presidenciales, entonces el peligro es real e inminente.

Y en este punto exacto es en el que se encuentra nuestro México, el suyo, el mío y el de todos. Y ese México es el que necesitamos salvar de la destrucción y del caos en que nos están metiendo. Así las cosas.  

En Twitter soy @ChapoRomo

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