Un año, en retrospectiva



El primer día del último mes del año 2018, fue dedicado íntegramente a la toma de posesión de
Andrés Manuel López Obrador, convertido ya en Presidente Constitucional de México. La difusión que
recibió dicho evento fue tal vez una de las más abundantes que se hayan visto en este país lleno de
paradojas, contrasentidos y eventos de milagrería. Y mire usted que en el pasado tuvimos varios que
para qué les cuento. No hubo sorpresa alguna para mí, y supongo que para la gran mayoría, si no es
que la totalidad del pueblo mexicano.
En aquella fecha y por motivo de mi trabajo, estuve atento a lo que fue apareciendo en Twitter, mi red
social consentida. Ahí estuvieron, fieles a la cita, los principales periodistas y comunicadores
nacionales: Joaquín López Dóriga, Loret de Mola, Pablo Hiriart, Maricarmen Cortés, Macario Schettino,
Claudio X. González, Ciro Gómez Leyva, Ricardo Alemán, León Krauze, y muchísimas figuras más de
primer nivel, que no enumero en detalle porque no alcanzaría el espacio. Desde luego, también hubo
una nutrida participación de las personas que ya estaban identificadas, ya sea como voceros oficiales y
oficiosos, o como probables funcionarios de primer nivel en el nuevo gobierno. Y ni se diga de algunos
políticos descontinuados o en vías de, como por ejemplo Vicente Fox, Ricardo Anaya, Claudia Ruiz,
etcétera. Todo el mundo quiso aprovechar el enorme escenario para tratar de lucirse.
En aquel faraónico acto hubo más detalles y cosas negativas que positivas, a juzgar por los
comentarios que fluyeron como las aguas de un caudaloso río, durante aquel sábado y domingo. Y los
hechos posteriores han demostrado que siguieron fluyendo durante todo el año 2019, aunque haya
pasado rápidamente la euforia inicial, se hayan calmado los espasmos de placer, y se hayan
atemperado las fibrilaciones, los orgasmos y los paroxismos en las masas delirantes. Como bien dijo
Serrat en una de sus canciones más conocidas, cuya letra corresponde a un poema de Machado: “Todo
pasa en esta vida…”, y aquello también se empezó a atemperar, porque nada dura para siempre y
porque así es la naturaleza humana: olvida y archiva sucesos, eventos, historias, personas y lugares.
El discurso inaugural de López Obrador duró una hora y media, con lo que se convirtió en el más largo
pronunciado en México en una ceremonia de toma de posesión, en cualquier época. Dijeron los que lo
escucharon (porque admito que yo no lo hice, simplemente porque no soy masoquista) que fue una
repetición de sus compromisos y promesas de campaña, lleno de lugares comunes y de pullas para sus
enemigos, así los haya aplastado en la elección. No se tendieron los puentes de concordia y
entendimiento que hubieran sido convenientes y saludables, en momentos en que en el país ya se
advertían los signos incipientes de una muy grave confrontación e inseguridad. Las oportunidades de
oro que se desaprovechan, como lo fue aquella, se van y rara vez regresan. Pero ultimadamente en la
política, como en la mayoría de las situaciones de la vida, cada quién hace de su trasero un papalote, y
lo vuela donde quiere.
El contenido y el tono de la mayoría los tweets que fueron posteados por quienes ya se habían
destacado como críticos del nuevo presidente constitucional de los mexicanos, demostraron que estas
personas formarían, a lo largo los meses por venir, la columna vertebral de la oposición dentro del
mundo de la comunicación en todas sus variantes. Lo habían sido ya durante los cinco meses de
transición, a medida que se fueron revelando las intenciones, los dislates y, en particular, las
tendencias autoritarias de quien ha tenido en sus manos, sin discusión alguna, el poder supremo en el
país.
Del otro lado del espectro social que se podía definir, ya desde aquellos momentos iniciales como un
descompuesto, desvinculado, e incipiente bloque opositor, estaba la impresionante masa humana que
eligió en forma abrumadora a López Obrador, en julio de 2018. Esa masa de 30 millones de mexicanos
logró mantenerse durante buena parte del año 2019, si bien es cierto que ciertas encuestas realizadas
recientemente muestran desplome impresionante y constante en las simpatías y la aceptación de loas
que el presidente López gozó por un tiempo, a medida que el desencanto y el desengaño empezaron a
embargar a muchos de los fieles seguidores de Andrés Manuel. Los más recientes sondeos realizados,
estudios -en los que en lo personal no confío demasiado- muestra que López ha caído entre 30 y 35
puntos porcentuales en los últimos dos meses.
Como simple referencia histórica, consigno los resultados de un sondeo que recibí el sábado previo a
la toma de posesión de López, y que indicaba que entre el 1º de julio y el 1º de diciciembre de 2018, el
39.4% de sus votantes desaprobaba ya sus contradictorias declaraciones y cambios de planes. Y
mostraban que si las elecciones hubieran sido el primer domingo de diciembre de 2018, AMLO
hubiera vuelto a ganar, pero solamente con 44.8% de los votos (-8.5%). Al parecer había perdido ya
2.6 milones de votantes en tan solo cinco meses… Vale preguntarnos ¿cómo irá a estar la situación
dentro de dos o tres años, cuando estallen en el aire las pompas de jabón del populismo?
El barco en que viajamos los 126 millones de mexicanos que somos; crédulos e incrédulos, sometidos
y rebeldes, zarpó hace un año con apenas las reparaciones mínimas en su casco y su arboladura, en
medio de los vítores, los aplausos y el delirio general de los que se encaramaron a bordo del buque de
la esperanza, las dádivas, las becas y las promesas quiméricas, y en contraste con la actitud de quienes
nos hemos quedado en tierra, con las manos convertidas en puños y con los ojos opacos por la
frustración y la desesperanza.
Conforme fueron transcurriendo las semanas y los meses, los índices y los pronósticos empezaron a
caer y tornarse negativos, y profundamente preocupantes. La expectativas empezaron a descender.
Los analistas más centrados y los expertos más consistentes coincidieron, y empezaron a pronosticar
fuertes tormentas y vientos huracanados en los mares que ha navegado el barco del populismo, desde
el primer minuto del día 1º de diciembre de 2018.
El presidente López se prepara para su segundo año de gobierno. Si algo se puede decir del primero es
que fue sin duda un año interesante, dentro de la constante zozobra en que vivimos. Podemos poner
grandes signos de interrogación a los resultados del combate a la corrupción, que fue la bandera que
llevó al triunfo a López. No habiendo forma de medirlos y de comprobarlos, solo queda la palabra del
presidente y sus corifeos, que no merecen mucha confianza que digamos. Mucha propaganda, mucha
saliva y nada concreto, nada sustancioso.
El abatimiento de la pobreza y la pretendida felicidad en que vive el pueblo bueno y sabio, al finalizar
el primer año, también quedan en calidad de cuento chino, aunque hay que decirlo en voz alta para
que se escuche bien, ese cuento chino se está llevando la parte gruesa de los recursos presupuestales,
en un viraje catastrófico en las políticas de equilibrio y sensatez financiera.
La inseguridad no desaparece, la violencia y el derramamiento de sangre se han convertido en parte
de la anormalidad social, las estrategias con sentido y consistencia para contener y controlar a los
criminales, se esfuman dentro de una política insana de ofrecer perdón y abrazos a quienes como
respuesta siguen desparramando fuego, balazos y muerte por doquier. Se renuncia al ejercicio estricto
y exacto de la autoridad, y se claudica a favor de los amos del inframundo.
La economía nacional ha llegado al punto más bajo, y los organismos especializados confirman que
nos encontramos en una indeseable y peligrosa situación de recesión. La política de estado se enfoca
en el abandono de las entidades federativas más productivas, para dar a poyo a las menos productivas
y rezagadas, pero sin mediar un proceso previo de capacitación y de mentalización en los habitantes
de una zona completamente atrasada en esos campos… serán entonces recursos muy probablemente
desperdiciados, porque la estrategia simplemente está tergiversada.
La salud y la educación, la ciencia y la tecnología, el arte y la cultura… todo a un segundo o un tercer
sitio dentro de las prioridades nacionales, o de plano al cesto de los desperdicios. Y como cereza en la
punta del pastel, el brutal recorte en las participaciones estatales y municipales cae como la cuchilla
de una guillotina sobre el cuello, no de los gobernadores y de los alcaldes, sino de los pobladores de
las entidades, las ciudades y los poblados de todos los rincones. Seres humanos de carne y hueso, con
necesidades y exigencias, que tienen sueños e ilusiones de una vida de mejor calidad.
México navega en la barca de una 4T que ni siquiera atina a definir sus propósitos y mecanismos. Un
galimatías de desorden, confusión, inquietud y desconfianza. A bordo de esa maltrecha y mal
conducida nave, el pueblo mexicano zarpó hace un año, sí, pero… ¿hacia dónde? Y ¿con qué destino?
En Twitter soy @ChapoRomo
Mi dirección de correo es [email protected]

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