Vivir sin enemigos, es no vivir



“Triste cosa es no tener amigos,

Pero más triste debe ser no tener enemigos,

Porque quien enemigos no tenga,

Es señal de que no tiene:

Ni talento que haga sombra,

Ni valor que le teman,

Ni honra que le murmuren,

Ni bienes que le codicien,

Ni cosa buena que le envidien”

Baltasar Gracián (1601-1658)

Si alguien sabe de amigos y de enemigos soy yo, estimado lector, así que al escribir esto lo hago, como se dice coloquialmente, “con los pelos de la burra en la mano”. “Vivir sin enemigos es no vivir” o, dicho de otra manera, “tengo enemigos, luego existo”.

Alguien muy sabio dijo por ahí que la dimensión de una persona se mide por la calidad e importancia de sus enemigos, más que la de sus amigos, lo que en mi caso resulta también muy aplicable. Amigos tengo pocos, conocidos tengo muchos y mis enemigos, la gente que no me traga ni tolera, forman legión. No sé qué tan importantes puedan ser estos últimos, por lo que ignoro realmente mi propia importancia o insignificancia.

Soy, lo reconozco y acepto públicamente, un Chapo cualquiera, y no viviría ni existiría si no fuera por mis muy queridos enemigos, y como ellos son pequeños en todos sentidos, pues doy por hecho entonces que en realidad no soy para nada importante. Lo dicho: Soy un Chapo del montón… ¡Ah, pero cómo me he divertido, y cómo me sigo divirtiendo en el toma y daca del ejercicio periodístico! ¡Si usted viera y supiera!

A mis amigos y parientes suelo decirles que prefiero mil veces ser motivo de crítica, que de alabanza. Contreras hasta el tuétano de los huesos, me fascina y complace ser ave de las pequeñas tempestades en mi tierra y entre mi gente. Aún en los tiempos actuales hay gente que sigue sin comprender quién soy y lo que hago, desde aquel lejano día de primavera de 1984 en que El Imparcial publicara mi primer escrito en la inolvidable y difunta “Columna Huésped”. Para su conocimiento e información, “Columna Huésped” fue probablemente el primer espacio periodístico formal de crítica política que hubo en Sonora, dentro de aquel Imparcial cuyo recuerdo guardo en un lugar especial de mi corazón, y que que hoy, poco más tres décadas después, se ha convertido en una mala caricatura que tiene el atrevimiento de ostentarse como “periódico”.

A cada rato me dicen o me escriben algún comentario diciendo que cómo es posible que antes fuera acérrimo antagonista del PRI y sus gobiernos, que luego lo haya sido del PAN y los suyos, y que ahora lo sea de MORENA y su 4T. Y no se dan cuenta de que en ese tipo de cuestionamientos está precisamente la respuesta. No soy y nunca he sido miembro de ningún partido. Jamás lo seré, porque el tiempo sólo ha logrado corroborar y afirmar lo que siempre he pensado acerca de los partidos.

Pocos han sido capaces de comprender que mis combates cuerpo a cuerpo no han sido contra las personas, y ni siquiera contra los partidos. Han sido contra los malos gobiernos, contra las malas acciones y las sinvergüenzadas, la corrupción y los abusos de poder, sean del partido que sea. Casi nadie lo entiende, pero mientras lo entienda mi familia y el círculo íntimo de amigos que me rodea, con eso tengo bastante.

Haciendo memoria, recuerdo que por allá al finalizar la década de los 80s y empezar la de los 90s, en medio de los desastres económicos y políticos de la supremacía tricolor y las gallardas posiciones opositoras del viejo y hoy desplazado PAN, dos buenos amigos y compañeros escritores (Tomás Gómez Montalvo y Norma Abril de Torres) insistían en que para que las cosas cambiaran en nuestro país era necesario meternos a los partidos, para luchar desde su interior. Obviamente la opción era en aquel entonces el PAN, con el que, siendo un formidable partido de oposición, coincidíamos en lo fundamental.

Mi respuesta fue siempre que personas como ellos y yo no teníamos cabida en ningún partido, siendo como éramos gente de criterio independiente que no aceptamos que nos impongan líneas ideológicas y disciplinas forzosas. Que la obediencia ciega que se exige en los partidos quizá estaría bien para otros, pero no para nosotros. Norma finalmente aceptó mis puntos de vista, y dejó de pensar en convertirse en militante de Acción Nacional, partido en el cual ya militaban algunos otros compañeros escritores de “Columna Huésped”, como por ejemplo Gerardo Aranda, Ramón Corral, Jorge Valencia, Óscar Olea, Gustavo de Unanue, Enrique Salgado y Moisés Canale, por mencionar sólo unos cuantos.

Tomás, terco como una mula, se mantuvo forme en su idea y se registró como miembro del PAN, y ocupó un alto cargo en el equipo de Jorge Valencia (1997-2000). Recuerdo que cuando recibió el nombramiento le dije: “Mi estimado Tomás, te doy un año para que renuncies a tu cargo”… y así fue. Tomás empezó a tener problemas casi desde al principio con las estructuras de aquel singular gobierno municipal. En aquel entonces yo estaba metido de lleno en la lucha contra el Cytrar, y Tomás y yo manteníamos frecuentes discusiones, hasta que un día me dijo: “Chapo, te conozco bien y me conozco mejor aún, ni yo te voy  convencer, ni tú me vas a convencer. La única forma de seguir siendo amigos es no volver a tocar este tema”. Así lo hicimos y gracias a ello pudimos mantener nuestra amistad a salvo.

Cuando presentó su renuncia me dijo: “Me enkborona tener que admitirlo, pero tenías toda la razón. Estoy decepcionado del PAN y de la forma como gobierna”. Pocos años más tarde se mudó a Mexicali con su familia donde aún radica. Supongo que Tomás sigue siendo panista de corazón, aunque no del PAN que más tarde llegó para demostrarnos cómo es posible perder todo de un golpe. No quiero ni imaginar lo que dirá al ver lo que sucedió en Hermosillo y en Sonora con los gobiernos padrés-istas, y en Baja California con los últimos gobiernos panistas en aquella entidad.

Tomás y Norma sintieron en carne propia lo que es tener enemigos. Tomás y yo fuimos luchadores, hombro con hombro, en aquel sonado asunto de la Carretera de 4 Carriles que logramos mantener durante poco más de un año en los medios locales, algo realmente insólito. El entonces gobernador de Sonora, Manlio Fabio Beltrones, nunca nos brindó la información que solicitábamos, y en cambio lo que hizo fue despedir a Héctor Pesqueira Ochoa de la presidencia del Patronato, lo cual jamás había sido nuestro propósito, porque las cosas siguieron incluso peor después de su salida.

Muchos años, muchas luchas, muchas tristezas y una gran acumulación de enemistades e incomprensiones. He perdido muchos amigos, o relaciones con personas que llegué a considerar amigos. Pero a cambio he ganado otros, la mayoría de los cuales no he visto nunca y ni siquiera conozco su nombre, pero andan por ahí y leen de vez en cuando lo que sigo escribiendo, y a veces, cuando se tropiezan conmigo en el súpermercado o en la calle, me hacen algún comentario positivo. Son de todas maneras mis amigos, y los siento cerca con esa intuición de un escritor que se ha hecho a base de rozones y raspones, necio, irreductible y fiel a sus ideas.

Como un Quijote maltratado por la vida y malherido en los múltiples combates, hoy me encuentro frente a los nuevos molinos de viento que se levantan por todos los rumbos el país, y sus aspas al girar me han tumbado el poco cabello que me quedaba después de las otras batallas libradas. Ya no tengo cabello, es cierto, pero el ánimo no disminuye, y la pasión por lo que hago tampoco. Me dicen las personas con las que me encuentro que me veo muy bien, y yo les respondo que me veo mejor de lo que estoy, pero que aún queda Chapo para rato, y que mientras aliente en mí una brizna de espíritu de lucha, seguiré en la trinchera, en esta que ocupo en la actualidad, o en otra cualquiera.

Pasará lo que siempre ha pasado: Se irán los que ahora gobiernan y llegarán otros nuevos, pero en realidad no muy diferentes. Quedarán los efectos de las tropelías cometidas, y las pestilencias de los despojos y depredaciones. Es el círculo eterno formado por la decadencia moral de los políticos, y la apatía crónica de las sociedades que no entienden que el poder está en nuestras manos, en las de usted y las mías, y que lo único que necesitamos es hacer lo que nos toca hacer para que, entonces sí, las cosas empiecen a cambiar en nosotros, en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestro país y en el mundo entero.  

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Twitter: @ChapoRomo

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