La mentira



Todos sabemos que mentir es un acto abominable, en cualquiera de las formas conocidas o por conocer. La mentira es como un gusano barrenador que se introduce de manera inadvertida y se apodera de los corazones, cambiando por completo las conductas y  corrompiendo poco a poco a las personas, igualmente de manera inadvertida. Hasta que es demasiado tarde para revertir los daños.

 

Recuerdo aquellos viejos tiempos en que las mamás nos amenazaban con lavarnos la boca con jabón, o con lejía, cada vez que éramos sorprendidos diciendo alguna mentira. No importaba si eran mentiritas blancas o mentirotas negras, mentiras chiquitas o mentiras grandotas, mentir era entonces, y sigue siendo en la actualidad algo terrible, por sus efectos y porque fácilmente se puede convertir en un hábito malsano, perverso y profundamente dañino.

 

En determinadas circunstancias la mentira se puede convertir un delito grave, en algo penalizable. Y es que pocas cosas hay en esta vida que sean tan corrosivas y destructivas como las mentiras.

 

Pero cuando en un país -cualquiera que éste sea- la mentira se convierte en política de Estado, la cosa adquiere tintes de auténtica tragedia. En forma por demás evidente ha estado sucediendo en Estados Unidos desde hace cuatro años, y en México ya vamos a completar dos años, inmersos en un pozo inmundo de mentiras, embustes y falsedades. Y los resultados están a la vista, allá y acá.

 

Hay informaciones que nos hablan del clima que prevalece en Estados Unidos, al finalizar el período de gobierno de Donald Trump. Me llama la atención que de aquel lado de la frontera alguien se haya dedicado a llevar una cuenta de las mentiras que Trump ha dicho desde que asumió la presidencia. Se ha dado a conocer la información de que el Pinocho gringo ha dicho más de 2 mil mentiras en los cuatro años que lleva gobernando (si se puede llamar así). Dos mil mentiras detectadas, pero que fácilmente pueden ser muchas más.

 

Del lado nuestro no estoy enterado de si hay alguien que lleve la cuenta de las mentiras que ha dicho López en los casi dos años que lleva deshaciendo a este país. Con base en las mañaneras, que son obras teatrales de completa ciencia ficción, y en las comunicaciones que se publican en todos los medios y espacios, es muy probable que en dos años haya dicho, e incluso rebasado, las mentiras que su contraparte gringa ha dicho en cuatro. El gusano barrenador ha penetrado en el corazón de México.

 

La mentira cunde, se esparce, prolifera, y puede ser tan contagiosa o más que la infección más virulenta. Primero se convierte en algo esporádico, en una práctica eventual que paulatinamente de transforma en un hábito pernicioso, imposible de ser desechado por el mentiroso infectado. El mentir es una enfermedad que puede ser incurable. Igual que sucede con los leprosos, los mentirosos no logran esconder su enfermedad, y una vez que son detectados se convierten en seres apestados, en individuos que repelen y dan asco. O así debería ser, al menos en una sociedad relativamente sana, lo cual desde luego no es el caso de la sociedad mexicana actual.

Diversos psicoanalistas le han disgnosticado a López Obrador los muy evidentes trastornos mentales que padece. Pero además López Obrador tiene lepra. Lepra de la peor clase, o sea la lepra que no se ve, la que no aparece en la piel, sino en el alma. Lepra moral, lepra mental, lepra política, lepra personal y, desde luego sus familiares en conjunto padecen el mismo tipo de lepra. Mienten por costumbre, mienten porque no pueden manejar la verdad, porque no son capaces de decir algo verdadero en ningún caso y bajo ninguna circunstancia. Y eso sucede porque han sido, y son, unas personas que han vivido demasiado tiempo inmersas en un pútrido charco cenagoso de mentiras y embustes. El hedor que despiden no se puede ocultar utilizando ningún tipo de agua de colonia. Debido a la lepra que padecen, la piel y la carne se les empieza a desprender de los huesos y a caérseles a pedazos, y no hay nada que puedan hacer para evitarlo.

 

Y así, hundidos en un ambiente de mentiras, cerramos la primera semana de septiembre, el llamado “mes de la patria”, la mayoría de cuyos festejos este año serán virtuales en gran parte del país, como resultado de la pandemia que aún no cede, ni se aplana, ni deja de causar problemas de todo tipo. No recuerdo que jamás, en mi ya larga vida, se haya dejado de realizar la fiesta conmemorativa de “El Grito” la noche del 15, y el desfile miltar el día 16. Bueno, pues hasta en esos aspectos nuestras vidas han dado una vuelta de campana.

 

El martes pasado, día 1º de septiembre el inquilino de Palacio Nacional presentó su segundo informe de gobierno, que en realidad es uno más entre la infinidad de informes que ha presentado con cualquier pretexto, e incluso sin pretexto. Oficialmente fue el segundo acto de la obra teatral denominada “Las Mentiras de la Cuarta Transformación”, en el cual López se soltó la greña repitiendo la sarta de embustes que ha venido diciendo todos los días, en cada oportunidad, desde que asumió la presidencia e inició la demolición del país. Única labor en la que ha sido extraordinariamente exitoso.

 

A lo largo de todo el martes pasado, y durante todos los días subsiguientes hasta llegar a este momento, los múltiples comentarios que he escuchado y leído han sido absolutamente negativos, algunos francamente lapidarios. Los analistas más prestigiados, y la opinión pública nacional en general, se han decantado en expresiones reprobatorias que van de lo atemperado a lo incendiario. Y la lluvia de críticas no ha amainado con el correr de los días, sino que más bien ha arreciado, a medida que López insiste en las mentiras que configuran y determinan el mundo fantasioso en el que se ha refugiado, y en el que sigue imaginando cosas y situaciones que solo existen en su mente enfermiza. Y así, el país sigue al garete, con el rumbo totalmente perdido y sin la menor esperanza de recuperarlo.

 

En lo personal, por alguna razón siempre he sentido que con la llegada de septiembre se acelera la llegada del final del año. Octubre y noviembre se van volando, y diciembre, con sus festividades y celebraciones tradicionales, es tan solo un paso breve hacia el siguiente año.

 

Pero claro, este diciembre también será completamente diferente a cualquier otro que hayamos vivido con anterioridad, en todas las familias y en cualquier otra época. La gran mayoría de nosotros hemos perdido algo o a alguien. Hemos sufrido algún tipo de efecto, en lo económico, en lo moral, en la salud, o de cualquier naturaleza, derivado del Covid-19, y muchos aún no hemos alcanzado a recuperarnos. Para muchos de nosotros la alegría y el optimismo se han convertido en algo que se aleja cada vez más. Aislados y sin el calor de la cercanía de nuestros seres amado y nuestros amigos cercanos, vemos llegar el fin de un año que nos ha dejado heridas muy profundas, heridas que quizá jamás sanen del todo.

 

Con dolor en el corazón debo decir a ustedes que si este 20-20 ha sido terrible en todos los aspectos, el 20-21 será todavía peor. Lo percibo con claridad en mi mente, y lo siento en mis huesos envejecidos. Por más que busco, no encuentro algún elemento que me haga sentir optimista con respecto a los tiempos que vienen.

 

En numerosos rengones la pandemia está cambiando el mundo en que vivimos. Hace ya seis meses que este intenso y confuso proceso de cambio está en marcha, y no se detiene. Y por otro lado el actual gobierno de López, con sus dislates, sus errores, sus delirios y estupideces, está destruyendo al país. Un mundo y un país presos de una vorágine incomprensible y profundamente intranquilizadora. Ese es el panorama deprimente que tengo ante mis ojos, que me roba la calma, e intenta arrebatarme una esperanza que no puedo y no debo dejar ir, por ningún motivo.

 

La pandemia se declaró oficialmente  en México a finales del mes de febrero del presente año, y los efectos negativos sobre el país se empiezan a producir a partir de marzo o abril.

 

El estrepitoso derrumbe de México no se debe a la pandemia. Al menos no enteramente. La debacle dió inicio hace 21 meses, a partir del 1º de diciembre de 2018 en que asume el poder el gran destructor del país, y a partir de ese día los indicadores en los principales rubros empiezan a decaer rápida e incesantemente, hasta convertirse en el dramático derrumbe general que hoy estamos padeciendo. Y no lo digo yo; así lo revelan las entidades responsables de evaluar la marcha del país, como por ejemplo el INEGI. Así pues, no se sustenta la frase ridícula de que tenemos “el mejor presidente, en el peor momento”, que se sacó de la manga López durante el remedo de informe que ofreció el martes ante una reducida audiencia de incondicionales. López ha sido, por mucho, el peor presidente en la historia del México moderno. Punto.

 

Podemos afirmar entonces que las perspectivas que se avizoran no son buenas, ni los escenarios esperanzadores… ¡Que Dios tenga misericordia de nosotros los mexicanos, y nos agarre confesados!

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