Realidad versus ficción

En una determinada escena de uno de los episodios de una serie de televisión de corte policiaco que recientemente estuvimos viendo mi esposa y yo, una mujer detective le dice a su compañero de equipo: “La mafia no es un cáncer, por cuanto el cáncer se puede curar. La mafia es un virus al que no podemos curar, y al que cuando mucho podemos aspirar a controlar”.

 

No obstante que esta afirmación proviene de una serie televisiva de ficción, tiene sin embargo mucho de verdad.

 

Si sustituimos la palabra “mafia” por el término “crimen organizado”, tendremos el escenario exacto al que podemos aplicar la afirmación de la detective, en el contecto nacional. Coincido plenamente con lo dicho por la detective: el crimen organizado, en México y en el mundo entero, no es un cáncer, sino un virus incurable, aunque controlable. Y eso bajo la condición de que exista una voluntad política a prueba de todo, especialmente de la corrupción que genera el delito organizado en todas sus formas.

 

En este país en que vivimos: envirulado, confuso, sumido en una serie de crisis políticas, económicas y sociales que se han vuelto crónicas, y permanentemente inmerso en profundos y al parecer irreparables conflictos y enfrentamientos, la realidad y la ficción con gran frecuencia se confunden, y aparentan ser lo mismo. La corrupción ha sido y sigue siendo el factor principal, el denominador común dentro de la fórmula de la amplia y profunda descomposición social que prevalece, tanto en el gobierno como en la sociedad en su conjunto.

 

Al escuchar lo que la detective le dijo a su pareja, inmediatamente lo relacioné con la situación que estamos viendo en nuestro México desde hace décadas, y que en la actualidad se ha acentuado y profundizado.

 

¿Qué es realidad y qué es ficción en nuestro país, si es que podemos hablar de realidad y de ficción en los tiempos y circunstancias actuales? ¿Cuál es una y cuál es la otra, y dónde se encuentra la tenue línea virtual que las separa?

 

Bueno, a los escasos amigos y seguidores que se toman la molestia de leer lo que escribo y de ver mis videos, les tengo una noticia. A ustedes les corresponde decidir si es buena, es mala o todo lo contrario: Desde hace más o menos 100 años, la cruel y desnuda realidad nos dice que los mexicanos hemos estado viviendo una ficción absoluta. Nada es lo que parece, y todo es parte de una mentira que no tiene paralelo en ninguna otra parte.

 

Y esa increíble, pero muy real situación se origina en dos grandes protagonistas: los sucesivos gobiernos que hemos tenido a partir de la Revolución, y los ciudadanos que habitamos este país. Los gobiernos del PRI, del PAN y actualmente de MORENA, se han encargado de crear para nosotros una realidad ficticia, y nosotros, animalitos dóciles y profundamente manipulados, hemos caído redonditos en el juego perverso de la realidad-ficción, made in México desde hace un siglo.

 

Pero el momento cumbre llegó con el triunfo de López en la elección de 2018. Este lamentable prestidigitador de ranchería se ha dedicado en cuerpo y alma al perfeccionamiento de la mentira, como herramienta de gobierno, y a diario, desde hace casi dos años, en el desayuno, la comida y la cena, le  ha hecho tragar al pueblo mexicano abundantes y variados platillos de embustas y falsedades, aderezados con una ración de narcotizante bazofia demagógica.

 

La gran bandera de campaña de López Obrador fue la lucha contra la corrupción, en todas sus manifestaciones. Una bandera de vivos y atractivos colores, lo suficientemente resplandeciente como para encandilar a la masa incapaz de analizar y discernir entre lo que es realidad y lo que es ficción. Y emulando al inmortal poeta ibérico García Lorca: “montado en potro de nácar, sin bridas y sin estribo”, se lanzó por tercera vez a la conquista del poder, la meta añorada durante toda su vida inútil y plagada de zonas de tinieblas espesas y profunda oscuridad.

 

La tercera vez fue la definitiva, y ganó por fin, arrollando materialmente a sus adversarios, al darse una extraña y sospechosa conjunción de factores, que no ha podido ser explicada a plena satisfacción y cabalidad, incluso por los pensadores y analistas más brillantes e independientes que tenemos en el país. Desde luego a esa sospecha, por más justificada que sea, le falta mucho para convertirse en certeza, así que mientras son peras o son manzanas, seguiremos sospechando que hubo mano negra, o más bien tricolor, en la elección de 2018, en la que surgió triunfante el caudillo del arrabal que se ha dedicando a destruir y a contaminar todo lo que valía la pena en este país, poderes, instituciones, organizaciones, y personas en general.

 

Este individuo, que con increíble desvergüenza y desfachatez se ostenta como un incorruptible caballero defensor de la moralidad y la decencia, ha tenido a bien rodearse de una cohorte de políticos vividores de la peor ralea, figuras indeseables y con antecedentes claramente delictuosos, que nos revelan con total claridad la profunda decadencia moral que constituye el sello distintivo de la actual administración federal.

 

Y llevamos ya prácticamente dos años tratando de discernir entre lo que es realidad y lo que es ficción, en lo que concierne a la actuación de este grupo de delincuentes organizados bajo las banderas deshilachadas de una transformación de cuarta, que lleva al país en volandas hacia un precipicio insondable de caos y ruina.

 

Si bien es cierto que para muchos millones de mexicanos la crisis económica representa la primera prioridad, tenemos que aceptar que para muchos otros millones la inseguridad, la violencia y el peligro de ser víctimas de ambas constituye su gran preocupación. No estoy descubriendo el hilo negro al decir que la inseguridad y la violencia se han enseñoreado en nuestro país, desde hace cuando menos quince años.

 

A partir de 2005-2006 ningún presidente ha tenido éxito en las estrategias para combatir al crimen organizado, señal inequívoca de que, efectivamente, ese mal no constituye un tumor canceroso extirpable, sino un virus infeccioso que resulta mortal… a menos de que se le controle.

 

La guerra de exterminio emprendida por el gobierno de Felipe Calderón contra la delincuencia organizada, resultó un rotundo fracaso que generó decenas de miles de muertes a lo largo y ancho del país. El gobierno de Peña Nieto no obtuvo mejores resultados, y también fracasó. Ninguno de los dos logró comprender que es imposible exterminar al crimen organizado, y que cuando mucho lo que se puede lograr es controlarlo.

 

Y aunque se me venga el mundo encima por lo que voy a decir, la única forma de controlar al crimen organizado es pactando con ellos. Estableciendo reglas claras que permitan que los delincuentes sigan haciendo su negocio, respetando los límites establecidos, de manera que la sociedad resulte lo menos afectada posible.

 

Sabemos perfectamente que eso han venido haciendo durante años en los Estados Unidos, donde los gobiernos de las ciudades pactan con los cabecillas de las organizaciones criminales que se dedican al tráfico de sustancias enervantes, estableciendo la regla de oro de no pasarse de la raya. Hay redadas y aprehensiones, y esporádicamente ruedan algunas cabezas, pero todo ese show forma parte del acuerdo establecido entre las partes.

 

El virus infeccioso se sigue esparciendo de manera incontenible, y el tráfico de estupefacientes y su descontrolado consumo siguen siendo el gran negocio que siempre ha sido, y se mantiene navegando viento en popa, gracias a una impunidad casi total, y el contubernio que toda la vida ha existido entre los capos que comandan los diferentes cárteles, y las diversas autoridades, los políticos más encumbrados, las diferentes corporaciones policiacas, y de un tiempo a la fecha, incluso los altos mandos de las fuerzas armadas.

 

En medio de esta complicada y alarmante situación, que además ha sido ampliamente diagnosticada por los expertos en la materia, llega López Obrador con su absurda y contraproducente estrategia de “abrazos, no balazos” con la que pretende hacer desaparecer a los grupos de criminales que brotan como esporas, y hacen y deshacen con total impunidad ante los ofrecimientos de amor y ternura de parte del gobierno federal.

 

Los datos y las cifras oficiales nos revelan con irrefutable claridad que el fracaso de López en materia de combate contra la inseguridad, es infinitamente peor que los fracasos de Calderón y Peña. El fracaso de López Obrador en materia de seguridad pública, corre al parejo con los fracasos en la economía y las finanzas públicas, en la salud, en la educación, en la aplicación de la justicia, y en prácticamente todos los renglones de la administración federal.

 

Ninguno de los integrantes del gabinete de inservibles floreros escapa al severo juicio público que se emite con base en el desempeño de sus responsabilidades. Desde Olga Sánchez Cordero titular de la Secretaría de Gobernación, hasta Irma Eréndira Sandoval, flamante titular en la Función Pública, pasando por Arturo Herrera, el de Hacienda y Zoé Robledo el del IMSS, y con énfasis especial en nuestro paisano Alfonso Durazo Montaño, responsable de Seguridad y Protección Ciudadana, que sin lugar a dudas ha resultado el peor fracaso de todos, en el rubro que tal vez sea el más importante, por cuanto atañe a la seguridad pública en la totalidad del país, que es un verdadero desastre.

 

Sin embargo, López Obrador revela su inaudita estulticia al insistir en no deshacerse de ninguno de esos inútiles funcionarios y lejos de ello, como acaba de suceder con Alfonso Durazo en la reciente visita que realizó a Sonora, ante la incredulidad y el escepticismo de propios y extraños, se dedica a darles un espaldarazo político, cubriéndolos de elogios y ponderando una serie de méritos públicos y virtudes personales inexistentes, excepto, claro está, en la mente desquiciada del escarabajo pelotero de Macuspana.

 

Y en el inmundo vodevil de la realidad versus ficción y de la ficción versus realidad, el dantesco espectáculo prosigue a diario y en todos los rincones de este México que no siente tanto lo duro, cuanto lo tupido.

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