El anhelo de un ciudadano

No tengo ninguna duda de que cada ciudadano mexicano, sin importar el lugar donde viva, Yucatán,  Jalisco, Nuevo León, Veracruz, Durango, Baja California o Sonora, tiene bien fincado en la mente y en el corazón un anhelo, un gran deseo, o tal vez algunos… uno o varios sueños que atesora como algo precioso, que pueden parecerles inalcanzables y lejanos, y no sabe si se podrán realizar algún día, pero a pesar de ello los conserva, los acaricia y los mantiene con vida.

 

Hablando de los sueños y de los anhelos, y conjugando todas las personas del verbo tener: los tengo yo, los tienes tú, los tiene él, aquel los tiene, nosotros los tenemos, ellos los tienen, vosotros los tenéis… todo el mundo los tiene.

 

Los seres humanos guardamos celosamente en nuestro interior alguna clase de anhelo, abrigamos algún tipo de sueño. Me atrevo a decir que eso sucede con todas las personas, sin excepción alguna.  

 

Anhelar algo con la potencia total la mente y con todas las fuerzas del corazón es absolutamente válido, y en ocasiones se vuelve un imperativo, sobre todo en un país en el que desde hace mucho tiempo, siglos sin duda, pocos, muy pocos de los deseos de los ciudadanos, incluso de los más pudientes y poderosos, se hacen realidad, empezando por el logro de la felicidad, de una vida más plena y tranquila, de que nuestras familias vivan mejor, de lograr el éxito en las cosas que realmente valen la pena…

 

Desde esa óptica se podría decir que la vida es un perpetuo anhelar, un constante desear, y que ese constante anhelar y desear termina por convertirse en el gran motor existencial que mueve la voluntad de las personas, y les brinda el impulso necesario a los esfuerzos que realizan cada día.

 

Uno de los imperativos fundamentales de todo ser humano, sin importar situación y condición, es la búsqueda de la felicidad. Es un derecho inalienable de todo ser humano, que incluso se encuentra consagrado en las constituciones de diversos países, como por ejemplo la de Estados Unidos.

 

Algunos abrigan sueños de poder, otros de riqueza, y muchos otros de poder y riqueza. Los hay que sueñan con el éxito y el reconocimiento, muchas veces sin saber con exactitud en qué consiste el éxito, y para qué sirve el reconocimiento. Todos desean ser triunfadores en cualquiera de los campos de la actividad humana: en el ambiente profesional, en el de los negocios, en los medios de comunicación, en el arte, la ciencia, el deporte… ¡Ah! Y desde luego, en la política. Muy en especial en la política; el abrevadero máximo al que acude la multitud de personajes afectados gravemente por la ambición y el deterioro moral, y que padecen alguna clase de desviación de conducta.

 

No todos los políticos son así, desde luego, por lo que resulta del todo incorrecto generalizar en este severo enjuiciamiento. Hay políticos que mantienen un comportamiento ético y una línea de conducta  correcta, tanto en su vida pública como en su vida privada. Esto es de vital importancia, porque en el mundo de la política, por más que se diga lo contrario, es imposible separar ambas. Somos lo que hacemos. Y en la política, como en ninguna otra actividad, son las acciones las que definen a los personajes que en ella se mueven, no lo que dicen y pregonan frente a auditorios masivos, impersonales e indefinidos.

 

Los sueños y los anhelos de los políticos son muy diferentes de los sueños y los anhelos de los ciudadanos. Y la razón es muy sencilla: los políticos tienen unas metas, y los ciudadanos tienen otras completamente discrepantes, por lo general diametralmente opuestas. Sin embargo, la mercadotecnia electoral y los medios modernos de comunicación, empleados de manera perversa, hacen que los sueños y los anhelos de unos, se confundan con los de los otros, generándose así un ambiente malsano en el que impera el desorden y la cacofonía, que hacen imposible distinguir entre lo que es el grano de trigo y lo que es la cascarilla, basura inservible.

 

Como cada tres y cada seis años, nos encontramos nuevamente en tiempos electorales. Tiempos de definiciones y de selecciones que, según se dice y considera, serán vitales para el futuro de nuestro país, de nuestro estado y de nuestros poblados y ciudades. En lo personal coincido en que así será en estas próximas elecciones. Y hoy, más que en ninguna otra ocasión, resultará de vital importancia no equivocarnos al tomar nuestras decisiones en el momento de encontrarnos en la soledad de las urnas, frente a las papeletas y las opciones que contendrán.

 

Llevamos ya un par de años ante una realidad que no admite discusión: el país se está haciendo pedazos… lo está haciendo giras la horda de pelafustanes encabezada por López Obrador, que llegara al poder anhelado por él durante décadas, gracias a la ola de repudio y de rechazo que fue manipulada y aprovechada a la perfección por los invisibles cerebros maestros, que diseñan y ponen en práctica las estrategias que les permiten mantener el control sobre la masa humana que habita este país. Hayamos o no votado por él y por ellos, todos vamos a bordo del mismo barco, y todos somos víctimas por igual.

 

La insatisfacción, la infelicidad, la frustración, el desencanto, la desilusión, la desesperanza, la confusión, la rabia, el encono y la polarización son sentimientos que están presentes, total o parcialmente, en el ánimo de la sociedad mexicana. Los mexicanos somos una raza que de manera permanente ha permanecido presa de uno o varios de esos sentimientos negativos, de ello no hay duda, pero nunca antes como en estos tiempos aciagos que estamos viviendo.

 

Hay quien considera que desde hace un par de años en México estamos enfrentando la tormenta política perfecta. Y muy probablemente así sea, a juzgar por  los espesos nubarrones que oscurecen el firmamento nacional, los relámpagos que centellean y el retumbar de los truenos que se escuchan cada vez más fuerte. El pequeño hombre que ejerce el poder desde hace casi dos años, no tiene la menor intención de modificar sus estrategias y de ceder en propósitos, aunque se le venga el mundo encima, cosa que muchos desean pero que nadie puede garantizar. No obstante, la furiosa tormenta que azota al país se pondrá cada vez peor. Y el odio, el miedo, la confusión y las confrontaciones entre los mexicanos han subido y seguirán subiendo de tono, y en un momento dado pudieran llegar a desbordarse, acarreando consecuencias funestas que nadie quiere imaginar.

 

Se acerca a paso veloz el momento de acudir a las urnas, y cuando menos lo pensemos, el domingo 6 de junio de 2021 vamos a estar haciendo fila para cumplir con el derecho y la obligación de depositar nuestros votos en las ánforas. El voto es nuestra arma. La única que tenemos a nuestra disposición para conseguir lo que queremos, los cambios que anhelamos para nuestro país, nuestra entidad y las ciudades en que vivimos. Es ahora o nunca. Si no aprovechamos esta nueva oportunidad que se nos brinda, tal vez ya no tengamos otra, al paso que lleva la espantosa destrucción emprendida por la horda morenista.

 

Ante lo que viene, mantengo más firme que nunca mi inveterado propósito de votar por las personas, y no por los partidos. Por ninguno de ellos. Aunque tampoco pienso convertirme en parte integral de la ola de fobia irracional que se ha despertado en contra de los partidos, por más daño que nos hayan hecho. Mantendré fija la atención sobre los perfiles de todos y cada uno de los candidatos y candidatas que surjan. Y mis juicios serán duros, muy duros. No tendré compasión ni me temblarán las corvas al señalar ni los defectos ni las cualidades. Serán los antecedentes personales, las acciones previas, y los valores cívicos, éticos y morales, los que hablarán por mi boca, e influirán sobre mi voluntad a la hora de votar.

 

De hecho, ya he tomado varias decisiones electorales importantes, entre ellas la de por quién voy a votar para gobernador del estado. Ya conozco lo suficiente del probable candidato que presentará MORENA, y lo mismo puedo decir del casi seguro candidato de Movimiento Ciudadano. Y también del que todos pensamos que será el candidato del PRI en alianza probable con el PAN y el PRD. La forma como se han mostrado desde hace ya buen rato, me dice lo suficiente para sustentar la decisión que he tomado, y que difícilmente cambiaré. Considero poco probable que se modifiquen las candidaturas que se han venido manejando con insistencia desde hace varias semanas. Poco o nada podrá hacer cualquiera de ellos, una vez que inicien sus campañas formales, que me obligue a cambiar la decisión que ya he tomado en mi mente. Sus hechos hablan por ellos, claro y fuerte.

 

Hemos visto la forma como actúan todos y cada uno de ellos, y por lo tanto ya sabemos con certeza la clase de personas que son, si merecen ocupar cualquiera de los cargos electorales en disputa, y cómo se comportarían en caso de otorgarles el poder, mediante nuestros votos.

 

Hay un viejo refrán que dice: “El que se equivoca, pierde”. Y la dolorosa y cruel realidad nos demuestra que nos hemos equivocado demasiadas veces. Y hemos tenido que pagar muy caro por esas equivocaciones. Ya no podemos darnos el lujo de equivocarnos más, así que ¡MUCHO OJO! Y a poner extremo cuidado al juzgar y calificar a los y las aspirantes a los diferentes cargos de elección popular que surgirán dentro de muy poco tiempo.

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