Rescate: ¿Problema resuelto, diferido o qué?



Existe una clara tendencia en las sociedades modernas de olvidar los sucesos y los conflictos, aunque estos no se hayan resuelto y sigan vivitos y coleando, esperando el momento menos oportuno para estallar con renovada virulencia. No es sano, pero es lo que sucede en estos tiempos en que predominan los temas efímeros, sobre los asuntos trascendentes.

Siendo así, he pensado que al lector de este portal tal vez le agradaría que volviéramos a publicar artículos anteriores, en los cuales se abordaron asuntos de grave importancia para la comunidad sonorense, y que por angas o mangas no han sido resueltos, y siguen ahí latentes, madurando y creciendo peligrosamente.

Si a usted le parece bien, a este nuevo espacio dedicado a los “refritos” editoriales, lo podríamos llamar “Rescates”, porque de hecho, eso son. Ya hemos publicado dos o tres, en plan de prueba, y aquí le ofrecemos otro más de la serie, y seguiremos publicándolos con cierta regularidad… a menos de que usted nos indique lo contrario.  

> RESCATE <

* ¿Problema resuelto, diferido, o qué? *

Por Óscar Romo Salazar

[Artículo publicado el 2 de octubre de 2010]

De acuerdo con el indiferente silencio que se percibe en el ambiente hermosillense, cualquiera diría que el agudo problema del desbasto agua en la ciudad ya está resuelto. Que los fantasmas de la sed, la suciedad y la incomodidad ya desaparecieron y que de aquí en adelante otro gallo nos cantará. Sí, cualquiera lo diría… y sin embargo la difícil situación, lejos de haberse solucionado, sigue presente, sigue amenazando e inclusive creciendo. Silenciosa, constante y peligrosamente. Las engañosas apariencias sirven como rapaderea para un problema que no se ha solucionado, y desde luego, no ha desaparecido.

Como que a la gente de Hermosillo lo que le importa no es la realidad palpable, la que se vive, se siente y se sufre día con día, sino los embustes que los políticos habladores le endilguen, olvidando que la palabra de un político (sea cual sea el partido de donde provenga) tiene el mismo valor -o incluso un poco menor- que uno de aquellos efímeros bilimbiques de nuestra centenaria Revolución, que cada generalote mandaba imprimir a su capricho… y la gente los utilizaba como papel sanitario, por inservibles.

Sociedad propicia, madura para la manipulación, que se ha vuelto experta en la lisonja y los juegos de poder. Quedan por ahí vestigios de la riqueza humana que alguna vez tuvo, cuando mujeres y hombres íntegros, valerosos y valiosos marcaban los derroteros y encabezaban las luchas sociales, pero que ante el crecimiento desorbitado de la ciudad y las mutaciones que ha sufrido la estructura de la sociedad, han pasado a ser simples reliquias de un pasado honroso que poco a poco desaparece.

En la Capital de este Estado anida actualmente una amorfa amalgama de seres humanos cuya identidad hace mucho se encuentra dispersa y difusa, y sin la menor esperanza de volver a definirse y reestablecerse. A mi juicio una comunidad sin identidad, sin propósitos comunes que le den cohesión, y sin liderazgos genuinos que aporten la guía y el sentido de dirección, está perdida. Y perdida me parece la comunidad nuestra.

Faltan acá manos limpias y brazos fuertes y confiables que enarbolen las banderas de las mil luchas que han quedado pendientes porque ya nadie tiene el corazón y el coraje suficientes para emprenderlas. La desidia, el desgano, el “importamadrismo” y la complacencia acomodaticia, en suma, la inaudita cobardía ciudadana, campea a sus anchas por las calles de esta percudida y perjudicada ciudad cuyo destino se percibe incierto. Y sin embargo, la gente ahí va, con la mirada vacía y cada quien perdido en su pequeño universo de problemas, sin capacidad para percibir el inmenso peligro que acecha.

Hay muchos problemas y de muy diferente índole. Ningún rincón del Estado escapa y en todas partes se incuban los virus de las enfermedades sociales que incapacitan y emasculan a las comunidades. Antaño cuando a una comunidad o pueblo le ocurría algo así se ponía de pié y le daba solución a los problemas. En ocasiones costaba sangre, y dolor, y había costos a veces terribles, pero se luchaba al menos con gallardía, independientemente de los resultados.

Me llama grandemente la atención el fervor patriótico que se respiró hace apenas unos días con motivo del carnaval del bicentenario. Cualquiera que no nos conozca bien diría que somos el pueblo más congruente y coherente, que somos aún capaces de ir hasta el martirio por defender lo que nos es precioso y sagrado. Y la realidad es otra. Usted lo sabe y yo lo sé, pero nos gusta hacerle al tontejo fingiendo ser algo que no somos y que quizá nunca hemos sido, al menos de las generaciones de mediados del siglo pasado para acá.

QueeEl agua es vida, se ha dicho hasta la saciedad, y a fe mía que hay pocas verdades tan claras y rotundas como esa. Prácticamente terminó la temporada de lluvias veraniegas de este año y cabe la pregunta ¿Y mañana? ¿El próximo verano volverá a llover y las presas a captar agua? Ante los desconcertantes cambios climáticos que está experimentando el planeta ¿Alguien lo sabe de cierto? ¿De cuándo a acá dejó de ser preferible prevenir que lamentar?

El gobernador Guillermo Padrés cruzó su Rubicón privado al anunciar a los cuatro o a los cien vientos que su opción era el acueducto El Novillo-Hermosillo. Una vez hecho el anuncio todo el mundo entendió que no habría marcha atrás. “Alea jacta est”, o sea “La suerte está echada”, y en verdad que la “solución” de un problema que afecta a más de 800 mil personas [en Hermosillo] y a más de 400 mil [en Cajeme] se ha dejado a la suerte, al acaso, al “quizá llueva o quizá no”. Cuando no existen otras opciones se puede entender y justificar un comportamiento así, mas no cuando hay otras alternativas que se han hecho a un lado sin una explicación convincente.

No viene al caso hablar en este momento del conflicto social y político que la decisión del novel mandatario ha generado, sobre todo entre el sur y el nortede la entidad. Ese es otro aspecto del problema que, independientemente de su magnitud e importancia, tiene connotaciones muy diferentes. Hablemos de los aspectos que, siendo trascendentes, parecen haber sido borrados de un plumazo por el capricho estúpido de quienes se supone tienen la obligación de ver todos los ángulos y todos los aspectos del peliagudo problema. Pero bueno, ciertamente no están donde están para eso, sino para algo completamente diferente ¿no?

Uno de esos aspectos que evidentemente se han vuelto taboo, es la urgente, impostergable renovación de la red de distribución urbana de Hermosillo. Según datos extraoficiales, casi un 40% del agua que entra a la red se desperdicia, en parte por las interminables fugas y en parte por el irresponsable manejo domiciliario del precioso recurso. Así pues, se calcula que de cada mil litros que se producen y envían, se tiran cuatrocientos litros, o sea poco menos de la mitad. Terrible, en verdad.

Y lo peor del asunto es que los del gobierno lo saben perfectamente bien, pero se hacen tontejos. Nadie se atreve a tomar el toro por los cuernos y hablar de este aspecto del enorme problema, ya no digamos a enfrentarlo para darle solución. El costo de la obra de renovación de la red urbana de la ciudad se estima entre 800 y 1,000 millones de pesos, y probablemente se llevaría todo un trienio –si no es que más- el terminarla al 100%. En el ínter la ciudad se vería hecha pedazos y el costo político derivado de una situación así resulta impagable para los politiquillos nylon que se lanzan a la aventura de gobernar esta ciudad que se tambalea, sin tener la más leve idea de lo que implica.

Hay expertos que sostienen que incrementando la eficiencia técnica del organismo operador (Aguah) mediante la renovación de la red y otros recursos, se podría llegar a recuperar un volumen de agua suficiente para proveer a los hermosillenses sin necesidad de racionamientos ni medidas de emergencia como las que se han adoptado. Eso sin menoscabo de seguir buscando la fuente de abasto definitiva.

Pero como nadie tiene los suficientes aguacates para entrarle a esa obra, se ha decidido gastar casi 4 mil millones de pesos para traer agua a la capital, de la cual se va a tirar el 40%… la verdad no se entiende, y si no se entiende, ha lugar a numerosas preguntas, las cuales nadie en absoluto está haciendo, y menos que nadie los medios escritos o electrónicos que siguen padeciendo sordera, mutismo y estulticia agudos.

Pregunto: ¿Qué no sería mejor, más lógico y sensato invertir primero -o al menos simultáneamente, partiendo el presupuesto- en las obras de infraestructura básica antes de acometer las obras monstruosas que tienen más de propaganda que de “solución integral”? ¿Qué clase de visión estratégica es esa que impulsa a un gobierno a embarcarse en una costosísima aventura cuyo resultado es incierto desde el punto de vista humano, y totalmente predecible desde el político y técnico?

Digo… Si usted tiene una explicación convincente gustosamente le cedo el espacio para que nos la comparta.

Para finalizar, dejaré sobre la mesa el tema de la licitación del acueducto para ser tratado un poco más adelante. La tal licitación despide fétidos olores y hay ahí sobrados motivos para abrigar innumerables dudas y suspicacias ya que, según los entendidos, contiene tantas y tan grandes ilegalidades que se convertirá en un regio banquete al que en su debido momento acudirán las bandadas de desplazados resentidos a merendarse los despojos del padrecismo. Un tema sin duda sumamente delicado que requiere investigación a fondo.

Pero, como dije, ya habrá tiempo para asomarnos al basurero.

Agradeceré su comentario a continuación, o envíelo a oscar.romo@casadelasideas.com

En Twitter soy @ChapoRomo

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