Mi padre, “El Chapo” Romo





 “Texto original tomado de la revista “Opinión” (sección deportes) edición de enero 1987, con algunos toques propios para darle más sabor y color a la entrevista”

Hablar con Óscar “El Chapo” Romo es siempre una experiencia imborrable. Equivale a sumergirse en las aguas nebulosas del pasado y soñar con que se están contemplando los soberbios combates que escenificó la crema y nata del pugilismo sonorense, aquella pléyade de magníficos boxeadores que dieron brillo a este viril deporte, estremeciendo a las multitudes en aquellas viejas arenas de Box.

La emoción lo embarga al recordar los 53 años dedicados a lo que él llama “el amor de su vida”: el Box. A sus ochenta años de edad (cumplidos el pasado día 15 de diciembre), conserva intactos sus recuerdos. Tantos y tan variados son, que al hurgar en ellos se atropella en la plática, bañándola de nostalgia mientras fluyen en torrente.

Sobre un mueble de la sala, en su apacible hogar, se observa una dedicatoria de sus hijos Óscar, Leticia, Gloria, Yolanda, Miguel, Marco Antonio, Irma y Luis Carlos, para “El Zorro del Norte” por sus 50 años de matrimonio con su esposa, la señora Lily Salazar de Romo.

“El Zorro del Norte” está herido. Convalece de una delicada intervención quirúrgica, pero ni esta operación, ni los dolores derivados, son suficientes para mermar su ánimo, ni su apasionada elocuencia, tan propias de este hombre cuya vida raya en la leyenda.

Incluso hasta la historia marcó el nacimiento de Óscar Romo Kraft: vino al mundo en 1907, mismo año en que Jesús García salvó a Nacozari de su destrucción. Óscar Romo, conocido también con el mote de “El Chapo”, tuvo por cuna el barrio de El Mariachi, en Hermosillo, de donde años más tarde surgiría el portentoso boxeador Paulino Montes, “El Menudero”, una de las grandes glorias del boxeo hermosillense.

La vida de “El Chapo” Romo es de permanente aventura, y de un continuo andar errante: Su padre Miguel F. Romo tuvo que salir desterrado de Sonora por sus ideas revolucionarias y su filiación maderista, que difundía mediante un periódico que se imprimía en una imprenta que desapareció a causa de un atentado sufrido en aquellos turbulentos años. Miguel F. Romo, ya exonerado por la revolución triunfante, fue electo diputado local, pero esa es otra historia.

“Huímos toda la familia a Nogales, Arizona, de donde volvió mi padre al llegar Calles a la Presidencia. Era amigo suyo, y lo nombró director de aduanas. Mientras, nosotros nos fuimos a radicar a Los Ángeles, California, donde permanecí por más de 20 años”, narra “El Chapo”. En ese tiempo, Romo sólo cursó dos años de primaria. Lo demás, incluído el idioma ingés, lo aprendió en la escuela de la calle.

UN NOVATO ENTRE NOSOTROS

A los 17 años de edad, Óscar Romo se integró al ambiente apasionante del boxeo, donde a la larga se ganaría a pulso el mote de “El Zorro del Norte”, en reconocimiento a su astucia, sagacidad y habilidad.

“Me inscribí en un club de boxeo en Los Ángeles, ubicado por las calles Tercera y Spring. Como amateur llegué a ganar seis peleas consecutivas por nocaut, en la división de peso pluma (56 kilos)”, recuerda. Eso fue en 1924, cuando peleadores de la talla de Bert Colima, Tony Fuentes, Baby Sal Soria y Joe Silva despuntaban como los monstruos del pugilismo en California. “Ahí me tocó codearme con “El Papelero” Brown, que fuera campeón mundial, Fidel La Barba, campeón olímpico, Jack Fields y otros tantos que ahora, de volver a los cuadriláteros, volverían loca a la gente”.

Atraído por el imán, Romo pensó dedicarse definitivamente al boxeo, pero lo inesperado truncó su deseo: Se enamoró de Dorys Mashek en Los Ángeles, donde entabló un noviazgo que fue mal visto por sus padres, “que me enviaron a Laredo, Texas, para que no me casara con ella. Después me regresé a Los Ángeles, pero solo para encontrarla muerta, tendida en un féretro”. “Eso afectó profundamente mi vida. Incluso llegué a pensar en suicidarme, pero un amigo sacerdote me ayudó a salir de la depresión. Fue muy duro”.

Y LLEGÓ A HERMOSILLO

Fue en 1933 cuando Hermosillo, su ciudad natal, volvió a recibir a Óscar “El Chapo” Romo, con todas sus correrías a cuestas: llegaba con 200 dólares en el bolsillo, y cargando un costal de sueños en la espalda. En Los Ángeles también había sido campeón de baile en los “ball rooms” de la época en fox trot, vals y charleston, y había trabajado para el famoso Al Capone, al frente de 17 bares… ¿Realidad o fantasía?… “El Chapo” muestra fotografías de aquellos tiempos y una traviesa sonrisa baila en su rostro cuando se ufana: “tenía un gran pegue entre las muchachas… hubieras visto”.

Declara que su intención al venir a Hermosillo fue la de visitar a su hermano Miguel, que había instalado una fábrica de dulces en esta ciudad, y luego de unas vacaciones regresar a Estados Unidos, pero de nuevo el destino había dispuesto otra cosa para él, y gracias a ello se escribieron las páginas más brillantes en la historia del pugilismo sonorense.

A los cinco meses de haber llegado a Hermosillo, “El Chapo” vio un anuncio publicado en inglés por un norteamericano, solicitando a los interesados en el boxeo que acudieran a verlo al Hotel Kino. Ahí Romo se encontró con Mr. Knight, un pensionado gringo que tenía interés en promover box en Hermosillo. A los pocos días instalaron el primer gimnasio, a un costado de la calle No Reelección, muy cerca de la Rosales, donde “El Chapo” empezó a tejer una historia de altibajos, golpes de audacia, y no pocas triquiñuelas.

¡BANDIDOS…! ¡ES EL NARANJERO!

Los primeros elementos de su cuadra fueron Roberto Salazar (que luego se convertiría en su cuñado), Benny Díaz, y otro al que solo apodaban “El Cifú”, como material de una primera función de box.

Cierto día -narra Romo- llegó ante mí un tipo diciendo que quería pelear; que tenía experiencia porque había boxeado en Fullerton, California. Pues para pronto aquel tipo fue bautizado como “Kid Fullerton”, a quien de inmediato le encontraron rival en la figura de Art Taylor, un buen boxeador negro con carrera en los enlonados de California, a quien apodaban “La Pantera Negra”.

Cuando la función llegó, y ya estando ambos boxeadores sobre el ring, “Kid Fullerton” se quitó el gorro que llevaba puesto y en medio de una monumental rechifla se oyó: ¡Bandidos! ¡Ese es don Lupe, el naranjero de Pueblo de Seris! Pero la cosa no quedó ahí, sino que cuando el falso Kid Fullerton dio un brinco, se hundió uno de los tablones de la tarima del ring, y hubo que llamar a un carpintero para poder sacarle la pierna, en medio de la carcajada general. “Yo ya estaba en el hotel con el dinero de las entradas (680 pesos)” dice Romo sonriente, asegurando que él había sido el primer engañado por el fugaz peleador (¿?).

SURGEN LAS ESTRELLAS

De historias como esa, y como aquella de “El Vaquero de Caborca”, de quien Romo dice que “ni era vaquero, ni era de Caborca, ni era boxeador”, está llena a reventar la vida de “El Chapo” en Sonora, pero también de gloria y momentos de esplendor.

Romo descubre a Tony “El Chino” Mar cuando este tenía apenas 14 años. “Algo me decía que aquel muchacho tenía cualidades para destacar. Lo estuve invitando a entrenar, pero no quería… hasta que aceptó”. Y el colmillo no le falló: el 5 de mayo de 1937 -seis meses antes del nacimiento de su primer hijo con doña Lily- cuando la estrella de Rodolfo “El Chango” Casanova brillaba en todo lo alto, el ídolo le dio la oportunidad al chamaco sonorense, que se alzó con el triunfo ganando por decisión en medio del furor de los aficionados.

Este triunfo resonante tuvo ecos en la capital del país, de donde pedían al “Chino” Mar para enfrentarlo a una serie de rivales de primera línea. Junto con “El Chino” formó un paquete con Kid Hermosillo y Memo Llanez, otras dos fuertes promesas sonorenses. Con ellos “El Zorro” se lanzó a conquistar el box en la ciudad de México, donde las mandaba cantar el Zar del boxeo de entonces, don Salvador Lutteroth, pero había otros huesos muy duros de roer: al “Chino” lo enfrentaron con Joe Conde (con 500 pesos de paga); Ventura Arana (segundo welter nacional) iba contra Kid Hermosillo (por 200 pesos) y Memo Llanez contra “Torito” Saldívar (por 125 pesos)… ¡Vaya bolsas fabulosas las de entonces!

Entonces el boxeo sonorense se empezó a cubrir de gloria. Claro, con un poco de maña de parte del “Zorro del Norte”: Kid Hermosillo se quería bajar del ring en el mismo primer round, pero lo inflamó saber que en la Arena Coliseo estaba el gobernador Román Yocupicio (un astuto albur de Romo, que luego resultó ser cierto) lo que bastó para que el Kid saliera avante en la pelea. Por su parte, al “Chino” Mar le bastaron para imponerse a Conde un retrato de su madre y la promesa que le había hecho de convertirse en campeón algún día, y aunque Memo Llanez (una verdadera fiera sobre el ring) perdió su pelea lo hizo “dando un peleón”, y medio México reconoció la supremacía del sonorense por la elegancia de su boxeo y su contundente pegada.

Otro nombre grandioso, de los muchos que están estrechamente ligados al “Chapo” Romo, es el de Jesús Porfirio López, al que después se le conocería como Paulino Montes, “El Menudero”. “Le puse Paulino Montes porque así se llamaba su padrino, y lo de “Menudero”, pues porque vendía menudo por las calles de aquel Hermosillo. Fue enorme, tenía un gancho al hígado brutal. Llegó incluso a quebrar las costillas de sus rivales buscándoles el hígado”, recuerda Romo. A los 18 años de edad, Paulino estaba clasificado cuarto entre los mejores ligeros del mundo, y el “Chino” Mar, tercero, en una época durísima en que aparecer clasificado entre los diez mejores era una auténtica proeza, por la calidad de los boxeadores de entonces.

¿Quién fue mejor: Tony Mar o Paulino Montes?

“Eso no te lo voy a decir. Era una pelea que todo el mundo quería ver, pero nunca quise hacerla. Se hubieran destrozado mutuamente; eran enormes los dos, cada quien en su estilo”.

Solo en miles de cuartillas cabría la historia de Óscar “El Chapo” Romo. Estas que ha leído usted, apenas trazan una imagen abreviada de aquel hombre recio, de carácter fiero, apasionado, enemigo de los políticos corruptos, irreductible y tenaz, que nació para convertirse en leyenda.

Agradeceré su comentario a continuación, o envíelo a oscar.romo@casadelasideas.com

En Twitter soy @ChapoRomo

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