Páginas negras del populismo mexicano


 

El pasado 30 de mayo, Leo Zuckermann, uno de los más férreos detractores de AMLO, señaló en su columna “¿Por qué los jóvenes adoran a AMLO?”,  publicada en Excélsior, que “El candidato de Morena ha cortejado, al parecer con éxito, a ese grupo de edad. A los llamados ninis (gente que ni estudia ni trabaja), la gran mayoría de los cuales son jóvenes, les otorgará becas de dos mil 400 pesos. A 300 mil rechazados por las universidades públicas, se les atenderá con un “proyecto educativo emergente”.

A dos millones 300 mil más que sí estudian se les inscribirá en un programa de empleo como aprendices en empresas pequeñas, medianas o grandes, tanto del sector público como del privado. A estos dos millones 300 mil, el Estado les otorgará un subsidio equivalente a 1.5 salarios mínimos (unos cuatro mil pesos por mes). En cuanto a los estudiantes de nivel medio superior, se les dará una beca mensual equivalente a medio salario mínimo (mil 343 pesos). Por si fuera eso poco, López Obrador está proponiendo eliminar los exámenes de admisión: “ningún joven será rechazado al ingresar en escuelas preparatorias y universidades públicas, es decir, habrá 100% de inscripción”.

“¿Populismo? Sin duda. El señor-presidente-de-la-república regalando dinero de los contribuyentes y quitando el criterio meritocrático para estudiar en una universidad”, remató el columnista.

Y al día siguiente, en el mismo medio, Francisco Grafías, otro rabioso detractor de López Obrador, señaló en su columna “El otro Meade”: “El candidato simpatizante del PRI ya se comprometió a duplicar la pensión de los adultos mayores, permitiendo que la herede la cónyuge; subir sueldos a los maestros, defender el nuevo aeropuerto para atraer empleos, respaldar a las mujeres y a los jóvenes vulnerables…” ¿Populismo? Desde luego, de acuerdo con el criterio de Zuckermann. Sin embargo, el Leo de marras sólo hizo mutis ante las promesas del abanderado del PRI porque, para que sepamos, se es populista dependiendo del cristal con que se mira: los seguidores de AMLO dirán que el populismo es otra cosa; los de Meade, que el populismo es utilizar los recursos de la nación para regalárselos a los menesterosos. Y sáquenlos de ahí. Bandwagon effect, le dicen a esto. Y entre unos y otros están los que recurren a la historia para hablar de populismo. Y entre éstos encontré al periodista Rubén Martín, quien en su columna “Populismo para ricos”, del 3 de junio pasado, se refiere a la intervención de un puñado de grandes empresarios que, en defensa de sus intereses, llamaron a no votar por López Obrador, y esgrimieron como justificación principal, el evitar que llegue un gobierno populista. De todos los empresarios que han intervenido en este debate, dice Martín, probablemente sea el presidente de Grupo México, Germán Larrea, quien mejor definió la postura de la clase capitalista. Luego de pedir a sus empleados, implícitamente, no votar a favor del abanderado de Morena porque se corre el riesgo de “retroceder” a experiencias como las de Venezuela, Cuba, e incluso la Unión Soviética, dijo que en esta elección se juegan dos proyectos: el capitalista y el populista. La postura de Larrea (un empresario beneficiado de concesiones estatales mineras, ferroviarias y carreteras) es la línea política con la que se mueven en esta coyuntura los grandes empresarios: creen que López Obrador representa un populismo que ya fracasó en el pasado y ahora en Venezuela, un populismo donde el Estado “regala sin trabajar” la riqueza, y que afectaría al modelo “capitalista de libre mercado” como “único modelo viable para generar bienestar y crecimiento”. Ahí marca este empresario los linderos del campo de batalla, subraya el periodista. En resumen, la dirección de la clase capitalista mexicana (no dirigentes de decenas de miles de empresarios) sino los que aparecen en las lista de Forbes, del CMN, o los que tienen derecho de picaporte en Los Pinos, entran con claridad y conciencia de clase a la batalla electoral. Y para ello toman como espantapájaros el populismo. La clase empresarial, la ideología conservadora y los intelectuales liberales han hecho creer que el “modelo populista” es el causante de los males sociales del capitalismo contemporáneo, de las crisis económicas y de poner en riesgo a las democracias. Un análisis serio hace insostenible este discurso. Empresarios, conservadores e intelectuales y opinadores liberales sugieren que el centro del populismo es que concentra la riqueza en el Estado, expropiando, nacionalizando, pero sobre todo, “regalando riqueza” sin trabajar, como dice en su carta Larrea. Les preocupa que el Estado distribuya recursos manejados por el Estado para políticas públicas destinadas a subsidios, y promesas de distribución de riqueza a las mayorías. Para muchos empresarios y conservadores eso implica “recompensar” al que no trabaja, al “huevón”, y quitar recursos a quienes sí trabajan y a quienes sí producen riqueza. La crítica a este populismo es, en resumen, una crítica a la riqueza socialmente producida que el Estado reparte a los pobres. Pero se le olvida a esta coalición que en realidad el capitalismo mexicano ha servido para repartir riqueza (producida por la mayoría de la sociedad) hacia las clases altas. No insistiré que la Conquista fue un violento y despiadado proceso de desposesión de tierras y bienes de la mayoría social para pasarlos a una minoría. Sí es más pertinente recordar que el régimen porfirista con la desamortización de tierras, la reforma petrolera de 1901, la entrega de infraestructuras a corporaciones privadas, se asemeja mucho al régimen neoliberal de los pasados 30 años. Una revisión más minuciosa del Estado mexicano revela que es más un “populismo para ricos” que un populismo para los pobres. Hay casos escandalosos en las décadas precedentes. Ahora que la clase empresarial de Monterrey amenaza con el riesgo del populismo, vale la pena recordar que una empresa regiomontana insignia, Grupo Alfa, fue rescatada por el Estado con 12 mil millones de dólares (dinero de todos los mexicanos) en 1981, bajo el gobierno populista de José López Portillo (Proceso, 19 abril 1986). Esta es una historia que debe conocer el presidente de Femsa, José Antonio Fernández Carbajal, quien el pasado 25 de mayo criticó las medidas “populistas” de gobiernos pasados. Todo el sexenio de Carlos Salinas de Gortari, dice Martín, se aplicó este “populismo para ricos” al privatizar empresas públicas (propiedad de toda la nación) a un puñado de empresarios que luego se convirtieron, no por casualidad, en los megamillonarios incluidos en la lista de Forbes (Slim, Bailleres, Larrea, Salinas Pliego, etc.). Fue Ernesto Zedillo, con el apoyo del PRI y PAN, el que decidió aprobar el mayor rescate de la empresa privada de toda la historia de México, mediante el Fobaproa, convirtiendo cerca de 800 mil millones de pesos (mdp) de pasivos privados en pasivos públicos que pagaremos todos los mexicanos hasta el año 2062. Según los ricos, es populismo negativo dar una beca a un joven para que estudie bachillerato, pero está bien que paguemos pasivos de los banqueros durante 80 años. El hablador de Vicente Fox critica el populismo, pero salió al rescate de empresarios de los ingenios azucareros el 3 de septiembre de 2001, con 3 mil mdp. Cinco años después el “rescate” de los ingenios nos había costado a los mexicanos 15,591 mdp, cuatro veces más de lo anunciado. Felipe Calderón, por su parte, es otro crítico del populismo, pero eso no le impidió entregar 12 por ciento del territorio del país en concesiones mineras, muchas de ellas a algunos de los empresarios que hoy se espantan de que pueda llegar el populismo. Fue Calderón el que promovió un régimen fiscal donde las mineras apenas pagaron 1 por ciento de impuestos de todos sus ingresos. Otro ejemplar del “populismo para ricos” es el actual presidente Enrique Peña Nieto, quien con el avance de la agroindustria ha convertido 3.2 por ciento de la propiedad social de la tierra nacional a manos privadas. Los modernos invernaderos son las haciendas porfiristas del pasado. Además, la reforma energética supone la privatización de 20 por ciento del territorio nacional para explotaciones energéticas. Este alegato, concluye Rubén Martín, no es una defensa de López Obrador (no votaré por él ni por ningún candidato), sino una crítica a la coalición integrada por la dirección de la clase capitalista, los conservadores y los liberales que critican el “populismo” que se dirige a los pobres sin cuestionar que en realidad el Estado mexicano, como principal operador del capitalismo en este país, ha sido una larga historia de “populismo para ricos”. ¿Y entonces —pregunto—, de qué populismo hablamos cuando hablamos de populismo? Que conteste la ciencia.    

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