¿Y para qué sirven los debates, apá?


 

¿Sirven de algo los debates en México? La pregunta parece retórica pero no lo es.  

Los debates sólo son un requisito para maquillarnos de democracia, y en los hechos son también una pasarela que se aprovecha para denostar al puntero, según las encuestas, o al candidato oficial, que no siempre presenta esa dualidad.

Y no hablo de esta elección, ha sido así desde que se organizó el primer debate presidencial en la historia mexicana, aquel 12 de mayo de 1994: Diego Fernández de Cevallos (PAN), Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano (PRD) y Ernesto Zedillo (PRI) debatieron durante 98 minutos en el Museo Tecnológico de la Comisión Federal de Electricidad, en el Bosque de Chapultepec, y se transmitió en vivo por televisión. La moderadora aquella noche fue la periodista y poeta Mayté Noriega, conductora en aquel entonces del Noticiero Enlace, de Canal 11.

Muchos columnistas o periodistas u opinadores se quejan de que en los debates los candidatos no ofrecen propuestas sólidas, y que por lo tanto la ciudadanía no puede formarse una opinión cierta de lo que le ofrecen los aspirantes. Pero no hay que rasgarse las vestiduras por eso, pues las plataformas de cada campaña, con todo y propuestas, están debidamente registradas en el INE y, además, en los sitios electrónicos de los abanderados puede uno fácilmente encontrar la información. El que uno espere que en un debate los candidatos nos den detalles de lo que van a hacer es más un signo de ingenuidad nuestra que de perversidad de los políticos.

Los debates le sirven a los académicos, a los analistas, a los conductores de noticieros y a los columnistas para tener material y nadar de muertito durante algunos días refiriéndose al evento: fácilmente puede dedicarle un día a cada candidato, y al final hacer un resumen, como si fuera una fiesta de futbolistas de la selección nacional, involucrando a los políticos, sus representantes y una que otra scort disfrazada de simpatizante.

A la gente de a pie, a los que sobreviven el día a día, a los que salen temprano de casa a trabajar de sol a sol y regresan al anochecer, a las madres de familia con niños pequeños que cuidar, a los jóvenes que estudian y trabajan, a los que sólo estudian y a los que no estudian, los debates simple y sencillamente no les interesan porque no se ven reflejados en los rollos macroeconómicos ni en el parafraseo de una realidad en la que cien millones de mexicanos no somos testigos frente al televisor, sino los protagonistas de los frutos podridos de aquello que los candidatos llaman vagamente “corrupción”.

En los debates no hay ganadores porque no son exámenes académicos ni concursos de talento. El debate es un evento en el que cada candidato expone, de acuerdo a sus habilidades y conveniencias, lo que le da la gana compartir al auditorio. Aun teniendo a los moderadores restregándoles preguntas que a muy pocos interesan, los candidatos se pasan la pregunta por el arco del triunfo y de manera políticamente correcta ofrece una respuesta llana, lisa y vaga, como la mirada de un buey enamorado, y los moderadores quedan conformes después de dos o tres restregadas. Y a lo que sigue.

El debate es como una charla alrededor de un barril de cerveza, donde todos los bebedores tienen la razón aunque hablen de temas distintos, y nadie la tiene. Y a medida que pasa el tiempo, la borrachera va llegando y empiezan los pleitos de cantina y las vaguedades suelen volverse verdaderas odas homéricas con cifras que al final del día nadie entiende.

Y sin embargo, los medios y los conductores de noticieros insisten en preguntar: ¡Para usted, quién fue el ganador del debate? Y la respuesta puede ser tan subjetiva como la pregunta misma: “Para mí el ganador fue Fulanito porque no perdió, aguantó vara o se rio de todo lo que le dijeron” o “El ganador fue Menganito porque se portó muy matón y nadie le respondió si eran corruptos o no”.

Dice el académico Ramón Morales Izaguirre que aunque un candidato a la Presidencia de la República tenga una buena participación en un debate electoral, difícilmente puede ayudarle a remontar la ventaja que le llevan sus competidores, pues esos ejercicios no tienen un impacto real en las preferencias de los votantes. Y añade que quien ve un debate, generalmente ya tiene definido por quién va a votar, por lo que esos ejercicios sólo sirven para que refuerce su preferencia por cierta opción política.

El INE podría hacer un debate cada semana de la campaña, pero eso no cambiaría la intención del voto. A estas alturas, los votantes ya tienen definido por quién van a votar. Que lo digan o no ante los encuestadores es otro asunto. Y que de ello se valgan los conductores de noticias para machacar a su público para intentar cambiar la preferencia de su voto, es una inmoralidad.

Quien tiene el tiempo y la paciencia de presenciar un debate (en este caso, yo vi los tres), lo hace para ver cómo se conduce su candidato y buscar los errores de los contrincantes, no para que una luz divina salga de la pantalla del televisor y le haga cambiar su intención del voto. Eso no pasa. Y los debates contribuyen a que eso no suceda, porque por más esfuerzos que hizo el INE para cambiar el formato aburrido, lo único que logró fue darles mayor protagonismo a los moderadores, quienes en no pocas ocasiones se mostraron incluso hasta groseros con tres de los cuatro abanderados que siguen en la contienda.

“La campaña es poesía, el gobierno es prosa” dijo alguien. Esto es: en la campaña pueden los candidatos ofrecer el cielo, la tierra y todo lo que está en medio con tal de cautivar a los votantes, y ya después, pasadas las elecciones, ya cuando el ganador se vuelve gobierno, entonces sí hay que endurecer la postura porque enfrente está la realidad, esa que no encuentra uno en los mítines, y mucho menos cuando el 80% de los asistentes son acarreados. Así que no esperemos que un debate venga alguien a decirnos en tres minutos qué va a  hacer en seis años.

Lo que podrían aportan los debates, y que queda como materia de estudio, es verificar por qué salen tan caros y por qué el INE accede a pagar esas cantidades estratosféricas: el primero costó más de 12.6 millones pesos, de los 20 millones presupuestados para los tres. Es decir, aquí también se han contagiado con los extraños manejos de dinero, como si estuvieran construyendo un aeropuerto nuevo.

Quizá el INE lo que debería de hacer es un encuentro de estudiosos para que nos expliquen por qué en este proceso electoral han sido asesinados 113 políticos hasta hoy, y otros 127 han recibido amenazas y actos de intimidación, lo que ha provocado la renuncia de más de 1,000 aspirantes a algún cargo de elección popular. Ese es el México que necesitamos conocer a fondo. Y aquí no hay ganadores porque es producto de un sistema podrido que no se arregla con debates de 20 millones de pesos.


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