EDUARDO GARCÍA MÁYNEZ (1908-1993)


Héctor Rodríguez Espinoza

El Profesor es para el alumno la persona que cumple, con mayor o menor acierto, su función académica específica y nada más; el maestro, en cambio, no únicamente enseña, también educa.

                                                                                     Eduardo García Máynez

Un día como hoy 2 de septiembre de 1993 falleció, apaciblemente, a los 85 años, DON EDUARDO GARCÍA MÁYNEZ.
Nació en la ciudad de México el 11 de enero de 1908. Ingresó a la Facultad de Química de la Universidad Nacional. Después de la búsqueda de su verdadera vocación profesional, como todo adolescente, tuvo la fortuna de encontrarla en las primeras cátedras que tuvo con Don Antonio y Don Alfonso Caso, en la Facultad de Filosofía, habiendo tenido, al término de sus estudios jurídicos, al primero como presidente del Jurado de su Examen Profesional, el 26 de junio de 1930, con los ilustres Profesores Francisco Consentini, Mario de la Cueva, Francisco de Paul Herrasti y José Zapata Vela, con una Tesis sobre “Relación entre Derecho y Moral”, una de sus pasiones intelectuales.
A don Antonio Caso le tuvo especial respeto y aprecio; coleccionó sus artículos periodísticos y entre sus documentos personales guardó páginas de diversos periódicos que narran el sepelio de tan distinguido pensador. Animado por él, se dirigió a Europa en donde asistió a varios cursos de filosofía.
En aquellos años era muy difícil tener la oportunidad de proseguir estudios de posgrado en el extranjero. No existían becas ni organismos que los apoyaran. Antes de su viaje y después de su recibimiento profesional trabajó en Monterrey, como defensor de oficio federal.
Su madre vendió una propiedad para que pudiera trasladarse a Berlín y a Viena en 1932. En la primera se encontró con otro gigante del pensamiento jurídico y también humanista, don Mario de la Cueva.
En ocasión del homenaje que le brindó la Dirección de la Escuela de Derecho de la Universidad de Sonora, en el año de 1973, con motivo de su primera visita de las dos con las que honró a esta Alma Máter, hizo –entre otras evocaciones dignas de rescatarse y divulgarse- algunas reflexiones sobre la importancia que reviste, para los jóvenes, ese llamado que denominamos vocación; la idea de que no hay ningún mérito en acatar su mandato, ya que lo que esa voz interior nos ordena, coincide con nuestros deseos más íntimos y suele ser fuente de dicha, o al menos de contento.
Su naturaleza descubrió su vocación tardíamente o cuando menos lo esperaba, pues después de abandonar los recién iniciados estudios de Química y de inscribirse en la Escuela Nacional de Jurisprudencia, creyendo que una vez terminada la carrera iba a dedicarse al ejercicio de la abogacía comprendió, al escuchar al más venerado de sus maestros, que su actividad futura “no sería la de litigante inquieto y luchador, sino la del contemplativo que prefiere a la brega diaria en oficinas y tribunales, los serenos goces que dan al hombre de estudio el contacto con los libros y las tareas de investigación.”
En esas palabras inéditas dedicó un breve recuerdo al maestro que despertó su vocación filosófica y su amor a la docencia: Don Antonio Caso, de quienes fueron discípulos no pocos de los que en el México de entonces se dedicaban profesionalmente al cultivo de la Filosofía.
De él expuso “los fundamentos de una añeja convicción: la de que Caso -como había dicho Emerson- era una figura representativa, en él concurrían, armonizándose de modo perfecto, las virtudes o atributos que nos parecen definitorios de la idea -o si a ustedes les place más- del ideal del Maestro.
No vaciló en decir, seguro de no equivocarse, que lo que más les admiró siempre y lo que siempre recordaban, no es el aspecto teórico de su magisterio, sino la impecable congruencia entre pensamiento y acción, de que dio tantas pruebas durante su fecunda vida.
Justipreció a Don Antonio como uno de esos seres privilegiados en quienes las virtudes éticas se hallan felizmente hermanadas con las dianoéticas, lo que da origen a una no menos feliz concordancia de las bondades de la obra con las de su creador. 
Luego rindió un tributo a su preceptor en un párrafo que debiéramos imprimir y tener siempre visible y presente quienes profesamos la docencia:
“QUIENES FRECUENTAMOS, ENTRE 1925 Y 1950, LAS FACULTADES DE JURISPRUDENCIA Y DE FILOSOFÍA, TUVIMOS MUCHOS BUENOS PROFESORES Y DOS GRANDES MAESTROS, EN LA MÁS NOBLE ACEPCIÓN DE ESTA PALABRA: ANTONIO Y ALFONSO CASO. LA DIFERENCIA QUE ENTRE ELLOS Y LA MAYORÍA DE NUESTROS CATEDRÁTICOS ERA, PRECISAMENTE, LA QUE SEPARA A ESTOS DOS TÉRMINOS: MAESTRO Y PROFESOR. EL PROFESOR ES PARA EL ALUMNO LA PERSONA QUE CUMPLE, CON MAYOR O MENOR ACIERTO, SU FUNCIÓN ACADÉMICA ESPECÍFICA Y NADA MÁS; EL MAESTRO, EN CAMBIO, NO ÚNICAMENTE ENSEÑA, TAMBIÉN EDUCA. LA ACCIÓN DE AQUÉL SE DESENVUELVE Y CONCLUYE DENTRO DEL MARCO ESTRECHO DE LA ASIGNATURA Y EL AULA: LA DE ÉSTE REBASA TALES LÍMITES Y PROYECTA SU INFLUENCIA FORMADORA SOBRE EL HORIZONTE TOTAL DE LA EXISTENCIA DEL DISCÍPULO. EL PROFESOR TRANSMITE CONOCIMIENTOS, EL MAESTRO HACER PENSAR, ES GUÍA PARA LA VIDA Y SUSCITA VOCACIONES Y ENTUSIASMO. DE AQUÍ QUE, A LA DIFERENCIA ENTRE PROFESORES Y MAESTROS CORRESPONDA, EN EL POLO OPUESTO, UNA DISTINCIÓN PARALELA ENTRE ALUMNOS Y DISCÍPULOS, PUES EL PROFESOR TIENE ALUMNOS, EN TANTO QUE EL MAESTRO, QUIÉRALO O NO, PRONTO SE VE RODEADO POR UN GRUPO MÁS O MENOS GRANDE, DE FIELES SEGUIDORES.”

Ostentó el doble y honroso merecimiento de Profesor e Investigador Emérito de la UNAM. Debe destacarse su obra en lo relativo a los estudios que hizo sobre Ética y sobre todo la Lógica Jurídica, respecto de lo que el mismo Jefe de la Escuela vienesa, Hans Kelsen, reconoció lo había superado. En otras palabras, debe decirse que lo anterior lo convierte, definitivamente, en el más completo filósofo mexicano del Derecho. 

Comentarios

Comenta ésta nota

Su correo no será publicado, son obligatorios los campos marcados con: *