El cambio y las expectativas limitadas

Decía Octavio Paz que cuando cayó el Muro de Berlín en 1989, los habitantes de Europa del Este pensaban que les esperaba un nuevo mundo de felicidad colectiva y de progreso, muy diferente a lo que esas naciones vivieron desde 1945 bajo el yugo de la Unión Soviética y cuando racionaban todo, desde los alimentos y el ejercicio de las libertades hasta la elección se sus gobernantes.

 

Cuando se desintegró la Unión Soviética en 1991, sus habitantes pensaron igual: por fin llegaría la era del progreso y de las libertades, entre ellas; la de elegir a sus propios gobernantes y evitar que se perpetuaran en el poder. En ninguno de los dos casos se cumplieron las expectativas.

 

Les llegó una época de divisiones, conflictos étnicos, escasez de lo elemental, y gobernantes que se eternizaron en el cargo —como Vladimir Putin, que ya va para 21 años en el poder en la actual Rusia—.

 

Cuando en México, Vicente Fox llegó al poder en el 2000: También muchas expectativas, muchas esperanzas en los cambios que prometió. Pero al poco tiempo vino el desencanto ciudadano y Fox y el PAN perdieron la mayoría en la Cámara de Diputados en el 2003. Y el PAN la presidencia en el 2012 cuando pensaban quedarse un buen tiempo.

 

El caso de México en 2018 no ha sido diferente. La llegada  de un nuevo gobierno en diciembre del 2018 también generó nuevas expectativas, aires de cambio y la esperanza en un nuevo discurso político.

 

También se esperaba el aterrizaje de nuevas reglas de entendimiento político y una mayor apertura para la sociedad de parte de un gobierno que llegaba con una enorme fuerza, tanto en la administración pública como en el Poder Legislativo.

 

A 21 meses de gobierno, dista mucho de lo que se esperaba;  México luce polarizado en lo político, con una crisis económica de grandes proporciones y una población atemorizada por la crisis sanitaria y la incertidumbre social. La cuestión es que en 2018 no llegó al poder una nueva generación o una nueva clase de políticos impregnados de proyectos de cambio y en México se siguió utilizando el esquema reciclado de compañeros de partido, paisanos o aliados de temporada para integrar el equipo de gobierno y ahí está en parte, mucho del problema que vivimos.

 

Con criterios de partido y de paisanaje —más que el de la competencia profesional— para seleccionar al equipo de gobierno les ha limitado la capacidad de generar iniciativas de cambio y el proyecto de la llamada Cuarta Transformación luce limitado y estancado.

 

A 21 meses al parecer no le han encontrado la cuadratura al círculo, porque no han logrado concretar las reformas que México requiere para el nuevo milenio. Lo único que ha presumido el presidente en su segundo Informe es la reforma Constitucional sobre los derechos sociales agregada al artículo 4 de la carta magna. Nada dijo del artículo 40 y ya no vuelve a mencionar la reforma educativa.

 

Cambio radical ha significado la relación con las organizaciones del magisterio por ejemplo; aun cuando la relación con el CEN del SNTE ha seguido un rumbo institucional, para el SNTE ya pasó lo peor, aunque el Presidente reciba cada rato en audiencia a la dirigencia de la CNTE que representa apenas al 9% de los trabajadores de la educación.

 

Se ha respetado al liderazgo nacional del SNTE elegido en el último de sus congresos —cuando menos hasta el 2024— y el fantasma que anunciaba la vuelta de  Elba Esther Gordillo a la dirigencia nacional se redujo a la organización del proyecto de partido Redes Sociales Progresistas al que se le ha negado el registro.

 

En Sonora y en 17 entidades más, el PANAL conserva el registro como partido local, será ahí donde quizá se dirima el voto de los maestros.

 

El dirigente nacional de la FSTSE Joel Ayala Almeida (cinco veces legislador; tres diputado y dos senador por el PRI) anunció su renuncia y la de su organización al partido y se abocó a formar una asociación política nacional. El PRI ya no le fue útil al dirigente de los burócratas federales y se deslindó esperando un mejor trato del Ejecutivo federal. No lo ha habido y con toda seguridad no lo habrá.

 

Con la CTM ha existido una relación normal del Ejecutivo. El dirigente nacional Carlos Aceves del Olmo ha actuado con prudencia, igual que los otros dirigentes de sindicatos nacionales como el de electricistas, ferrocarrileros, telefonistas  y petroleros.

 

A algunos de ellos también les ha tocado la ofensiva de que desde el gobierno se impulse el crecimiento de figuras alternas en el movimiento obrero como Pedro Haces, a través de la llamada CATEM (Confederación Autónoma de Trabajadores de México) y de Napoleón Gómez Urrutia, al que regresaron al control de una parte del Sindicato Nacional de Mineros.

 

Con las organizaciones campesinas la relación ha sido normal. Les siguen atendiendo sus demandas a través de la estructura de gobierno. Le han pegado duro a la tradicional paramilitar y controvertida "Antorcha Campesina", que por años ha mostrado poder en el centro de la República (Puebla, Estado de México y CdMx), y como grupo de presión nunca militó directamente en partido o central campesina alguna, pero para propósitos de sus acciones se la achacaron siempre al PRI.

 

El problema de la relación con los gobernadores de los Estados, con los presidentes municipales, con las dirigencias partidistas y con una parte importante de los liderazgos empresariales sigue vigente. Ahí no hay iniciativas ni diálogos consistentes, solo retórica y agresiones.

 

A 21 meses de gobierno se sigue observando la arraigada tendencia de culpar al pasado  de todos los problemas y no asumir responsabilidades propias —a pesar de que ya casi cumplen dos años en el gobierno—, y la felicidad colectiva ofrecida por el presidente sigue sin llegar, con indicadores en franco retroceso como el del PIB, el empleo, la pobreza y los índices de medición de la desigualdad. "Que él tiene otros datos" ha sido una expresión recurrente del Presidente para evadir problemas.

 

En México y desde los sesenta del siglo XX no habíamos visto un estilo de gobierno intolerante con sus críticos. Y no solo intolerante también persecutor. El ejemplo de lo que le hicieron a la revista "Nexos" y a otros comunicadores sociales, no se le ocurrió ni siquiera a los presidentes panistas de principios del siglo XXI. Nos recuerda la época de Díaz Ordaz.

 

También sorprende el fanatismo de los seguidores de Morena y de la llamada Cuarta Transformación. Imposible debatir seriamente con ellos.

 

Se sienten dueños de una verdad absoluta. Para ellos, el pasado ha sido la fuente de los peores males de México, y quien insista en defender las aportaciones de gobiernos anteriores o está fuera de lugar, o totalmente descalificado para el debate. Así piensan.

 

La historia falsificada y adaptada al nuevo estilo. Insisten en argumentar que la Cuarta Transformación empieza con ellos, soslayando que fue en el 2000 con la victoria del PAN cuando se interrumpió un gobierno que llevaba ya 71 años y que es en el 68 y en el 2000 donde pueden encontrar las bases de los nuevos cambios experimentados en México incluyendo la victoria del Presidente López Obrador y Morena en 2018.

 

Al igual que en Europa del Este en 1989 y en la Unión Soviética de 1991, que no sucedió lo que muchos esperaban, tampoco aquí ha sucedido lo que se esperaba con el triunfo de Morena en materia de expectativas cumplidas y no solo para los del grupo que llegó al poder y sus clientelas.

 

Tenía razón Octavio Paz cuando pasó lo que nadie esperaba con los cambios en Europa y en Rusia y dijo; "La historia sigue siendo una verdadera caja de sorpresas". Y pensar que algún despistado; ¡habían decretado su Fin! Cuando cayó el muro de Berlín!

 

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